Mártires de la guerra civil española (II)

A las horas del comienzo de la Guerra Civil Española (18 de julio de 1936), los milicianos -individuos provenientes de los sindicatos y partidos políticos de izquierdas o anarquistas, generalmente- se dedicaron a detener y asesinar a todo el que no comulgara con las ideas revolucionarias y a saquear y destruir iglesias, conventos y propiedades particulares. Fue una destrucción espantosa, llevada a cabo con odio y ferocidad. La persecución premeditada contra la Iglesia, el clero y los creyentes piadosos fue especialmente cruelísima, inhumana y bárbara. Se dieron episodios tremendos, de auténtico sadismo: en muchos casos las víctimas fueron sometidas salvajemente a torturas y vejadas con todo tipo de humillaciones, previamente a ser asesinadas. Algunas fueron horriblemente mutiladas antes de acabar con sus vidas: se les cortaron algunos de sus miembros, la lengua o los testículos; se les vaciaron los ojos; se les abrió en canal; se les mató a hachazos; se les golpeo con mazas o descuartizó con cuchillos y machetes; se les ahorcó; se les quemó vivas; se les ató a vehículos y arrastró hasta morir; otras fueron enterrados vivos…

La crueldad máxima se ejercicio con los ministros de la Iglesia católica. Sólo si los curas hubiesen planeado con toda frialdad un eliminación masivo de ateos y comunistas y lo hubiesen empezado a cometer, se hubiera tenido alguna razón para tan cruel y sistemática persecución y exterminio. Sin embargo, ninguno de los casi ocho mil consagrados ni de los tres mil seglares martirizados empuñó un arma contra nadie. La persecución de la Iglesia católica fue la mayor jamás vista; no se conoce un fenómeno igual de vesania y sadismo. En ninguna época de la historia de la Humanidad se ha manifestado un odio tan brutal contra la religión y cuanto con ella se hallaba relacionado. En pocos meses, o sería mejor decir semanas, la Iglesia fue totalmente exterminada en medía España; José Díaz, secretario general del Partido Comunista, así lo afirmaba en Valencia el 5 de marzo de 1937: “en las provincias que dominamos, la Iglesia ya no existe. España ha sobrepasado en mucho la obra de los soviets, porque la Iglesia, en España, está hoy día aniquilada”. Algo diabólico les poseyó, generando esa locura de odió mortal. No cabe otra explicación a todo aquello.

Sacerdotes, religiosos, catequistas, cristianos manifiestos… Vidas de personas indefensas, de buenas personas, que por su fe en Cristo fueron asesinadas; muchas en la soledad y en silencio, sin público y en ningún circo, en una noche oscura o en una cuneta de un camino abandonado, y de cualquier manera, pero sobre toda cruel:

Al cura de Santos de la Humosa, después de tirotearle, y aún vivió, le habían arrastrado atado a un coche. A otro cura le introdujeron en un saco y, una vez atado éste, le pincharon con horcas y cuchillos hasta producirle la muerte. A otro le obligaron a  cavar la fosa donde se le había de enterrar y, herido por un disparo, fue arrojado con vida al fondo de la sepultura; volviendole a disparar sin producirle tampoco la muerte, le arrojaron entonces una esportilla de cal y lo enterraron, y al quedarsele la cabeza fuera de tierra, le remataron a puntapiés. A otro le enterraron todavía vivo, y que desde la improvisada fosa donde le echaron sin rematar, cuando le cubrían con paletadas de tierra, tuvo fuerzas para sacar la mano y dar la bendición a sus verdugos, y uno de ellos se la cortó de un machetazo. A otro cura que descubrieron por la calle vestido de paisano, y al acusarle de tal y el negarlo,  entonces uno le dijo que lo demostrará blasfemando; como callara, le rasgaron la camisa y le arrancaron el crucifijo que llevaba colgado al cuello y lo tiraron a tierra diciéndole que lo pisara; le ataron con alambre las manos y le quitaron los zapatos y le ordenaron caminar y, a unos metros, le dispararon por la espalda; mientras caía, aún tuvo fuerzas y espíritu para clamar: “¡Yo os perdono! ¡Viva Cristo Rey”! A otro cura por negarse a blasfemar le mataron con un mazo, y mientras el miliciano le golpeaba, le  decía: “no te odio como persona te odio porque eres cura…” A otro cura  que, aunque tuvo la oportunidad de escaparse, no se quiso ir del pueblo porque decía que “¿Por qué habría de irme? No tengo enemigos en el pueblo, no hecho mal a nadie”, le echaron mano y le pasearon por todo el pueblo, dándole patadas, golpes y diciéndole todo tipo de insultos. No tendría enemigos, pero nadie  salió a defenderle. Luego le amputamos las dos orejas, ¡pidiéndole que se realizase el milagro de volverlas a juntar! Aun pensaron que le humillarían más al provocarle la castración y así lo dejaron en su casa, desangrándose, en estado agónico. Otro contó: entramos en el convento buscando dineros, joyas y armas, pero al no encontrarlas, encorajinados, decidimos trajinarnos a las monjas; hasta ese día no creí que las monjas fueran vírgenes; después acabar con ellas, las quitamos las medallas y los anillos de profesión perpetua que tenían puestos; a una de ellas con las manos hinchadas no podían sacárselo y, para lograrlo, le cortaron el dedo.

Fue estremecedora la crueldad del martirio en muchos casos, porque el martirio más sencillo es un disparo, pero con cierta frecuencia se dio un brutal ensañamiento, algo que es indescriptible, verdaderamente inhumano y diabólico; que solo se explica si está Satanás por medio.

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