El Evangelio de la liturgia de hoy, 25 de abril, es del ciclo B, corresponde a san Marcos (16,15-20), en que Jesús en el momento en que se aproxima su despedida de sus discípulos previamente a su ascensión al cielo y les encomienda la misión de predicar el Evangelio a toda la Humanidad.
Todos los creyentes, como discípulos, estamos somos llamados a anunciar en la medida de nuestras posibilidades, de palabra y testimonio, la Buena Nueva del Reino de Dios a quienes nos rodean. Dice el papa Francisco: «Todos estamos llamados a ser escritores vivos del Evangelio, portadores de la Buena Noticia a todo hombre y mujer de hoy».
Sin predicación, sin el anuncio que da a conocer a Cristo, no hay posible creencia. Al igual que no se ama lo que no se conoce, tampoco se tiene fe. Y sabemos, porque Jesucristo a lo largo de todo el Evangelio, como denominador común, lo repitió constantemente: lo fundamental de creer, de tener fe. De modo, que incluso muchos de sus milagros, venían acompañados de gesto de fe del receptor de los mismos, y a los que tras ser curados, añadía: «tu fe te ha salvado«.
Lectura del santo evangelio según san Marcos 16,15-20:
En aquel tiempo, Jesús se apareció a los once y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien».
Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban.
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Palabras del papa Francisco
(Regina Caeli, 13 de mayo de 2018)
Jesús resucitado ha subido al cielo y manda a sus discípulos a difundir el Evangelio en todo el mundo. Por lo tanto, la Ascensión nos exhorta a levantar la mirada al cielo, para después dirigirla inmediatamente a la tierra, llevando adelante las tareas que el Señor resucitado nos confía.
Es lo que nos invita a hacer la página del día del Evangelio, en la que el evento de la Ascensión viene inmediatamente después de la misión que Jesús confía a sus discípulos. Una misión sin confines, —es decir, literalmente sin límites— que supera las fuerzas humanas. Jesús, de hecho dice: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Marcos 16, 15). Parece de verdad demasiado audaz el encargo que Jesús confía a un pequeño grupo de hombres sencillos y sin grandes capacidades intelectuales. Sin embargo, esta reducida compañía, irrelevante frente a las grandes potencias del mundo, es invitada a llevar el mensaje de amor y de misericordia de Jesús a cada rincón de la tierra. Pero este proyecto de Dios puede ser realizado solo con la fuerza que Dios mismo concede a los apóstoles. En ese sentido, Jesús les asegura que su misión será sostenida por el Espíritu Santo. Y dice así: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria y hasta los confines de la tierra» (Hechos de los apóstoles 1, 8). Así que esta misión pudo realizarse y los apóstoles iniciaron esta obra, que después fue continuada por sus sucesores.
La misión confiada por Jesús a los apóstoles ha proseguido a través de los siglos, y prosigue todavía hoy: requiere la colaboración de todos nosotros. Cada uno, en efecto, por el bautismo que ha recibido está habilitado por su parte para anunciar el Evangelio La Ascensión del Señor al cielo, mientras inaugura una nueva forma de presencia de Jesús en medio de nosotros, nos pide que tengamos ojos y corazón para encontrarlo, para servirlo y para testimoniarlo a los demás. Se trata de ser hombres y mujeres de la Ascensión, es decir, buscadores de Cristo a lo largo de los caminos de nuestro tiempo, llevando su palabra de salvación hasta los confines de la tierra. En este itinerario encontramos a Cristo mismo en nuestros hermanos, especialmente en los más pobres, en aquellos que sufren en carne propia la dura y mortificante experiencia de las viejas y nuevas pobrezas. Como al inicio Cristo Resucitado envió a sus discípulos con la fuerza del Espíritu Santo, así hoy Él nos envía a todos nosotros, con la misma fuerza, para poner signos concretos y visibles de esperanza. Porque Jesús nos da la esperanza, se fue al cielo y abrió las puertas del cielo y la esperanza de que lleguemos allí.
Que la Virgen María, que como Madre del Señor muerto y Resucitado animó la fe de la primera comunidad de discípulos, nos ayude también a nosotros a mantener «nuestros corazones en alto», así como nos exhorta a hacer la Liturgia. Y que al mismo tiempo nos ayude a tener «los pies en la tierra» y a sembrar con coraje el Evangelio en las situaciones concretas de la vida y la historia.
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Catena Aurea
Pseudo Jerónimo
Se apareció a los once cuando estaban reunidos, para que todos fuesen testigos, y refiriesen a todo el mundo lo que habían visto y oído.
«Y les dio en rostro su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado».
San Agustín, de consensu evangelistarum, 3,25
¿Cómo, pues, pasó esto en el último día? El último día fue aquel en que vieron los Apóstoles al Señor por última vez en la tierra, que fue el cuadragésimo después de la resurrección. ¿Cómo, pues, se les tacha de no haber creído a los que vieron su resurrección, siendo así que ellos mismos le habían visto tantas veces después de ella? Debemos entender por tanto que, por abreviar, dijo San Marcos el último día, porque en él, a la entrada de la noche, tuvo lugar el último hecho, después que volvieron los discípulos del campo a Jerusalén, y encontraron, como dice San Lucas, a los once y a los que con ellos estaban hablando de la resurrección del Señor. Pero se encontraban allí también otros que no creían. En medio de los que estaban a la mesa, como dice San Marcos, y de los que hablaban del asunto, según nota San Lucas, se presentó el Señor y les dijo: «La paz sea con vosotros», palabras citadas por San Lucas (24,36) y San Juan (20,19). Y bien: entre las palabras que, según estos Evangelistas, dirigió el Señor a sus discípulos, se interpone el reproche del que habla San Marcos. Pero aquí se presenta otra dificultad, y es que no podrían estar comiendo juntos los once. Dice San Marcos que se apareció, a la entrada de la noche del día del Señor, siendo así que San Juan dice en términos precisos que no estaba con ellos Tomás, el cual debió salir de allí antes que entrara el Señor, y después que se unieron a los once los dos que volvieron del campo, como hallamos en San Lucas. Pero este Evangelista da lugar en su narración a suponer que había salido ya Tomás cuando hablaron del asunto, y que después entró el Señor. Y como San Marcos dice que se apareció a los once Apóstoles cuando estaban a la mesa, nos obliga a pensar que estaba Tomás allí, a menos que se refiriera a todos los Apóstoles, aunque estuviera uno ausente, puesto que con el número once se designaba a todo el colegio apostólico antes de que Matías ocupase el lugar de Judas. Y si esto es inadmisible, convengamos en que, después de haberles dado tantas pruebas de su resurrección, se apareció a los once reunidos en la mesa el día cuadragésimo. Y antes de subir al cielo, quiso reprocharles más en aquel día el que no hubiesen creído a los que habían visto su resurrección antes de verla ellos mismos, tanto más, cuanto que después de la ascensión habían de predicar el Evangelio a gentes que debían creer sin haber visto. Después de citar este reproche, dice San Marcos: «Por último, les dijo: Id por todo el mundo», y más adelante: «Pero el que no creyere será condenado». Y ¿acaso no era preciso que los que habían de predicar el Evangelio fueran reprendidos antes fuertemente porque, no viéndolo, no habían querido creer que se hubiese aparecido a otros el Señor?
San Gregorio Magno, homilia in Evangelia, 29
Increpó también el Señor a sus discípulos cuando iba a dejarlos corporalmente, para que sus palabras quedasen impresas más profundamente en sus corazones.
Pseudo Jerónimo
Reprueba la incredulidad, para que la reemplace la fe; reprueba la dureza del corazón de piedra, para que le reemplace otro de carne lleno de caridad.
San Gregorio Magno, homilia in Evangelia, 29
Increpa, pues, su dureza, para que oigamos nosotros sus avisos. «Por último, les dijo: Id por todo el mundo; predicad el Evangelio a todas las criaturas». Con el nombre de toda criatura señala al hombre, puesto que tiene algo de todas ellas, como el ser con las piedras, el vivir con los árboles, el sentir con los animales, el entender con los ángeles. Así que se predica el Evangelio a toda criatura cuando se predica para el hombre solo. Porque sólo él es enseñado, y para él ha sido creado todo, no siéndole extraño nada por cierta semejanza que tiene con todo. También se puede entender por todas las criaturas a todas las naciones. Antes había sido dicho: «No vayáis ahora a tierra de gentiles » ( Mt 10,5); ahora se dice: «Predicad el Evangelio a todas las criaturas»; para que la predicación apostólica, que antes fue rechazada por los judíos, venga en nuestro auxilio cuando, por haberla rechazado éstos en su soberbia, sea un testimonio de su condenación.
Teofilacto
O bien: a todas las criaturas, esto es, creyentes e incrédulos. «El que creyere, prosigue, y se bautizare», etc. Porque no basta creer; que el que cree y no está bautizado todavía, el catecúmeno, no ha alcanzado aún la salvación, sino imperfectamente.
San Gregorio Magno, homilia in Evangelia, 29
Pero se dirá tal vez cada cual a sí mismo: Yo seré salvo porque he creído. Y así será en efecto, si une las obras a la fe; porque la verdadera fe consiste en que no contradiga la obra lo que dice la palabra.
«Pero el que no creyere será condenado».
Beda, in Marcum, 4,45
¿Y qué podremos decir de los niños que por su edad no pueden todavía creer? Que en cuanto a los mayores no hay nada que decir. Porque en la Iglesia de Jesucristo los niños creen por la fe de los otros, así como por los otros contrajeron los pecados que les son borrados en el bautismo.
«A los que creyeren, continúa, acompañarán estos milagros: en mi nombre lanzarán los demonios».
Teofilacto
Esto es, dispersarán las potencias sensibles e intelectuales, conforme al sentido de estas palabras: «Hollaréis con vuestros pies a las serpientes y los escorpiones» ( Lc 10,19). Puede entenderse también de las serpientes ordinarias, como la víbora que mordió a Pablo sin causarle daño. «Y, si algún licor venenoso bebieren, no les hará daño». Muchos hechos semejantes encontramos en las historias de hombres a quienes, defendidos bajo el estandarte de Cristo, no ha podido causar daño el veneno que habían bebido.
«Pondrán las manos sobre los enfermos», etc.
San Gregorio Magno, homilia in Evangelia, 29
¿Pero es que, porque no hacemos estos milagros, creemos menos nosotros? Mas estas cosas fueron necesarias en los principios de la Iglesia. Ha sido preciso, para que creciera la fe de los creyentes, que fuese nutrida por los milagros. Porque cuando plantamos un arbusto lo regamos hasta que crece suficientemente, y suspendemos el riego cuando conocemos que ha arraigado bien. Pero nos es preciso considerar más atentamente otros milagros especiales, que hace todos los días ahora la santa Iglesia, y que hacía entonces corporalmente por medio de los Apóstoles. Cuando los sacerdotes imponen sus manos sobre los creyentes, y se oponen, con la gracia que se les ha dado de exorcizar, a la permanencia del espíritu maligno en el corazón de aquéllos, no hacen otra cosa que lanzar de ellos a los demonios. Y el fiel que abandona el espíritu mundano y canta los santos misterios, hablará nuevas lenguas; dominará las serpientes, si con sus buenas exhortaciones quita la malicia del corazón de su prójimo; beberá licor venenoso y no le hará daño, si oye malos consejos y no se deja llevar al mal por ellos; pondrá, en fin, las manos sobre los enfermos, y quedarán éstos curados, todas las veces que, viendo vacilar a su prójimo en el camino del bien, le fortifica con el ejemplo de sus buenas obras. Y sus milagros, son tanto mayores, cuanto que son espirituales, y cuanto que por ellos despiertan de su sueño, no los cuerpos, sino las almas.
Pseudo Jerónimo
Es Jesucristo, Señor nuestro, quien sube a los cielos, habiendo bajado de ellos para curar de su enfermedad a nuestra naturaleza. «Así el Señor Jesús, después de haberles hablado, fue elevado al cielo», etc.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 3,16
Aquí se ve ostensiblemente que ésta fue la última vez que les habló el Señor en la tierra, aunque parezca que no estamos obligados absolutamente a creerlo así, puesto que dice el Evangelista: «Después de haber hablado así». Si fuere necesario, podemos suponer pues que no fue aquélla la última vez que les habló, sino que pueden referirse a todo lo que les dijo en aquellos días las palabras: «Después de haberles hablado fue elevado al cielo». Pero como lo expuesto ya hace ver más claro que aquél fue el último día de Jesús sobre la tierra, es preciso creer que después de las palabras que cita San Marcos, junto con las referidas en los Hechos de los Apóstoles, se realizó la ascensión del Señor al cielo.
San Gregorio Magno, homilia in Evangelia, 29
En el Antiguo Testamento vemos que Elías fue arrebatado al cielo ( 2Re 2). Pero el cielo etéreo no es el cielo aéreo, porque éste se halla próximo a la tierra. Elías, pues, fue elevado al cielo aéreo para ser conducido súbitamente a cierta región desconocida de la tierra, en donde vivirá en un gran reposo de cuerpo y espíritu, hasta que al fin del mundo vuelva a pagar su tributo a la muerte. Es de notar también que Elías fue arrebatado en un carro de fuego, para demostrar abiertamente que, aún siendo puro, necesitaba como hombre de la ayuda de otro. Pero nuestro Redentor se elevó sin necesidad de un carro de fuego ni del auxilio de los ángeles, porque el que todo lo hizo podía elevarse sobre todo por su propia virtud. Es de observar que añade San Marcos: «Y está sentado a la diestra de Dios», mientras que San Esteban dice: «Estoy viendo ahora los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la diestra de Dios» ( Hch 7,55). Pero el estar sentado corresponde al juez, y el estar de pie al combatiente o al que ayuda en el combate. San Esteban ve de pie en el combate a Cristo que le ayuda, y San Marcos dice que está sentado, después de la ascensión, porque después de la gloria de ella se verá al fin como Juez.
San Agustín, de symbolo ad catechumenos, 7
No debemos considerar esta postura como la que toma el cuerpo humano, ni que el Padre estaba sentado a la izquierda ni el Hijo a la derecha. Se debe entender por la derecha la potestad que recibió de Dios aquel hombre para juzgar cuando venga, después de haber venido para ser juzgado. Estar sentado es lo mismo en latín que habitar, y por eso se dice de un hombre que ha pasado tres años en un país: In illa patria sedit per tres annos. De este modo, pues, debemos creer que está Cristo a la derecha de Dios Padre; porque es bienaventurado y habita en la bienaventuranza, que es la derecha del Padre, con quien todo es derecha, porque no hay nada allí que sea miserable.
«Y sus discípulos, concluye, fueron y predicaron en todas partes», etc.
Beda, in Marcum, 4,45
Observemos que San Marcos extiende su Evangelio hasta un tiempo tan avanzado, cuanto más tardío es aquel anuncio con que le dio principio. Porque lo comenzó desde el principio de la predicación evangélica hecha por San Juan, y le terminó al llegar el tiempo en que los mismos Apóstoles sembraron por todo el orbe la palabra del Evangelio.
San Gregorio Magno, homilia in Evangelia, 29
¿Qué es de considerar, pues, en esto, sino que la obediencia siguió al precepto, y los milagros a la obediencia? Había mandado el Señor: «Id por todo el mundo; predicad el Evangelio a todas las criaturas», y en los Hechos de los Apóstoles, se lee: «Me serviréis de testigos hasta el cabo del mundo» ( Hch 1,8).
San Agustín, Ad Hesych., epís. 80
¿Por qué decir que esta predicación ha sido cumplida por los Apóstoles, cuando hay naciones en las que empieza ahora y otras en las que aún no ha empezado? Pero este precepto no fue dado a los Apóstoles, como si fueran los únicos que debieran cumplirle; porque así como las palabras que les dirigió a ellos solos: «Estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos» ( Mt 28,20), son una promesa hecha a la Iglesia, siempre viva en las generaciones que se suceden unas a otras, ¿cómo es posible dejar de entender que alcanza esta promesa hasta la consumación del tiempo?
Teofilacto
Pero debemos tener presente que la palabra se confirma con la obra, como en los Apóstoles, cuyas palabras confirmaban los milagros que las acompañaban. ¡Oh Jesús! Dignaos hacer que las palabras de santidad que pronunciamos, sean confirmadas por nuestras obras y actos, para que, con vuestra cooperación, seamos perfectos en todas nuestras palabras y obras, porque vuestra es la gloria de las palabras y de las obras.
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