El Buen Pastor

Los Evangelios de la liturgia de las misas de estos tres días (26, 27 y 28 de abril), tratan de esta imagen potente del Pastor y las ovejas en el capítulo 10  (vv. 1-10; 11-18; 22-30) de san Juan.

Jesús es dado para hacerse entender habla con parábolas e imágenes concretas, sencillas, de cada día, y no en conceptos, que además de no ser tan comprensible por todo el mundo tampoco tienen la misma fuerza representativa e impactante y fácil de recordar y repasar meditativamente. En esta ocasión el Señor elige esta figura del pastor.

Jesús se identifica con el pastor, el buen pastor, que cuida, guía, alimenta, protege y salva a sus ovejas, aun a costa de poner en riesgo su vida… (Lo cual habría de suceder): «yo doy mi vida por las ovejas».

Seamos fieles miembros de su grey, de su Iglesia. Siendo ovejas de su rebaño, siguiéndole fielmente, pase lo que pase: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna», «yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante». 

Lectura del santo evangelio según san Juan 10,11-18:

En aquel tiempo, dijo Jesús: «Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir el lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas.
Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que al Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor. Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre.»
 

Lectura del santo evangelio según san Juan 10,1-10:

En aquel tiempo, dijo Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».
 

Lectura del evangelio según san Juan 10,22-30:

Se celebraba en Jerusalén la fiesta de la Dedicación del templo. Era invierno, y Jesús se paseaba en el templo por el pórtico de Salomón.
Los judíos, rodeándolo, le preguntaban:
«¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente».
Jesús les respondió:
«Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Lo que mi Padre me ha dado es más que todas las cosas, y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno».

  

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        Al final de una cena en un castillo inglés, un famoso actor de teatro entretenía a los huéspedes declamando textos de Shakespeare. Después se ofreció a que le pidieran algún bis. Un tímido sacerdote preguntó al actor si conocía el salmo 22. El actor respondió:

        —Sí, lo conozco, pero estoy dispuesto a recitarlo solo con una condición: que después también lo recite usted.

         El sacerdote se sintió algo incómodo, pero accedió. El actor hizo una bella interpretación con una dicción perfecta:

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas.
Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan.
Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. 

         Los huéspedes aplaudieron vivamente. Llegó el turno al sacerdote, que se levantó y recitó las mismas palabras. Esta vez, cuando terminó, no hubo aplausos, solo un profundo silencio y el inicio de lágrimas en algún rostro. El actor se mantuvo en silencio unos instantes, después se levantó y dijo:

       Señoras y señores, espero que se hayan dado cuenta de lo que ha sucedido esta noche. Yo conocía el salmo, pero este hombre conoce al Pastor.

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Palabras del papa León XIV

(Regina Caeli, 26 de abril de 2026. El Buen Pastor. IV Domingo de Pascua)

Al continuar nuestro camino por el tiempo pascual, el Evangelio de hoy nos presenta las palabras de Jesús, que se compara con un pastor y luego con la puerta del redil (cf. Jn 10,1-10).

Jesús contrasta al pastor con el ladrón. De hecho, afirma: «Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino que salta por otro lado, es un ladrón y un asaltante» (v. 1). Y más adelante, de modo aún más claro: «El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia» (v. 10). La diferencia es clara: el pastor tiene un vínculo especial con sus ovejas y, por lo tanto, puede entrar por la puerta del redil; si alguien, en cambio, necesita saltar la cerca, entonces sin duda es un ladrón que quiere robar las ovejas.

Jesús nos dice que está unido a nosotros por una relación de amistad: nos conoce, nos llama por nuestro nombre, nos guía y, como hace un pastor con sus ovejas, viene a buscarnos cuando estamos perdidos y venda nuestras heridas cuando estamos enfermos (cf. Ez 34,16). Jesús no viene como un ladrón para robarnos la vida y la libertad, sino para guiarnos por el camino correcto. No viene a secuestrar ni a engañar nuestra conciencia, sino a iluminarla con la luz de su sabiduría. No viene como si fuera a contaminar nuestras alegrías terrenales, sino a abrirlas a una felicidad más plena y duradera. Quienes confían en Él no tienen nada que temer; Él no menosprecia nuestra vida, sino que viene a dárnosla en abundancia (cf. v. 10).

Hermanos y hermanas, estamos invitados a reflexionar y, sobre todo, a vigilar nuestros corazones y nuestras vidas, porque quienes entran en ellos pueden multiplicar la alegría o, como un ladrón, pueden robárnosla. Los “ladrones” pueden adoptar muchos rostros: son aquellos que, a pesar de las apariencias, coartan nuestra libertad o no respetan nuestra dignidad; son creencias y prejuicios que nos impiden tener una visión clara de los demás y de la vida; son ideas erróneas que pueden llevarnos a tomar decisiones negativas; son estilos de vida superficiales o consumistas que nos vacían interiormente y nos impulsan a vivir siempre fuera de nosotros mismos. Y no olvidemos tampoco a esos “ladrones” que, saqueando los recursos de la tierra, librando guerras sangrientas o alimentando el mal en cualquiera de sus formas, no hacen más que arrebatarnos a todos la posibilidad de un futuro de paz y serenidad.

Podemos preguntarnos: ¿quién queremos que guíe nuestras vidas? ¿Quiénes son los “ladrones” que han intentado entrar en nuestro interior? ¿Lo han logrado, o hemos podido rechazarlos?

Hoy el Evangelio nos invita a confiar en el Señor: Él no viene a robarnos nada; al contrario, es el Buen Pastor, que multiplica la vida y nos la ofrece en abundancia. Que la Virgen María nos acompañe siempre en nuestro camino e interceda por nosotros y por el mundo entero.

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Palabras del papa Francisco

 (Regina Caeli. 21-04-2024. IV Domingo de Pascua)

Este domingo está dedicado a Jesús Buen Pastor. En el Evangelio de hoy (cf. Jn 10,11-18) Jesús dice: «El buen pastor da su vida por las ovejas» (v. 11) e insiste en este aspecto, tanto que lo repite tres veces (cf. vv. 11.15.17). Pero, ¿en qué sentido, me pregunto, el pastor da la vida por las ovejas?

Ser pastor, especialmente en tiempos de Cristo, no era solo un oficio, era toda una vida: no se trataba de tener una ocupación determinada, sino de compartir los días enteros, e incluso las noches, con las ovejas, de vivir – quisiera decir – en simbiosis con ellas. Jesús, de hecho, explica que no es un mercenario, al que no le importan las ovejas (cf. v. 13), sino el que las conoce (cf. v. 14). Él conoce a las ovejas. Así es, Él, el Señor, pastor de todos nosotros, nos conoce, a cada uno de nosotros, nos llama por nuestro nombre y cuando nos descarriamos, nos busca hasta que nos encuentra (cf. Lc 15,4-5). Es más: Jesús no es solo un pastor bueno que comparte la vida del rebaño; Jesús es el Buen Pastor, que por nosotros sacrificó la vida y, resucitado, nos dio su Espíritu.

He aquí lo que quiere decirnos el Señor con la imagen del Buen Pastor: no solo que Él es la guía, el Cabeza del rebaño, sino sobre todo que piensa en cada uno de nosotros, y nos considera como en el amor de su vida. Pensemos en esto: yo para Cristo soy importante, Él piensa en mí, soy insustituible, valgo el precio infinito de su vida. Y esto no es una forma de hablar: Él dio realmente su vida por mí, murió y resucitó por mí. ¿Por qué? Porque me ama y encuentra en mí una belleza que yo a menudo no veo.

Hermanos y hermanas, ¡cuántas personas hoy se consideran inadecuadas o incluso equivocadas! ¡Cuántas veces se piensa que nuestro valor depende de los objetivos que seamos capaces de alcanzar, del éxito a ojos del mundo, de los juicios de los demás! ¡Y cuántas veces acabamos desperdiciándonos por pequeñeces! Hoy Jesús nos dice que nosotros para Él valemos mucho y siempre. Y entonces, para encontrarnos a nosotros mismos, lo primero que hay que hacer es situarnos en su presencia, dejarnos acoger y aliviar los por brazos amorosos de nuestro Buen Pastor.

Hermanos, hermanas, preguntémonos, por lo tanto: ¿Sé encontrar cada día un momento para abrazar la certeza que da valor a mi vida? ¿Sé encontrar un momento de oración, de adoración, de alabanza, para estar en presencia de Cristo y dejarme acariciar por Él? Hermano, hermana, el Buen Pastor nos dice que si lo haces, descubrirás el secreto de la vida: recordarás que Él dio la vida por ti, por mí, por todos nosotros. Y que para Él somos todos importantes, cada uno de nosotros y todos.

Que la Virgen nos ayude a encontrar en Jesús lo esencial para vivir.

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Homilía del papa Francisco en la misa del domingo 30 de abril de 2023, en Budapest (Hungría),  dedicada al Buen Pastor. 

Las últimas palabras que Jesús pronuncia, en el Evangelio que hemos escuchado, resumen el sentido de su misión: «Yo he venido para que tengan Vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Esto es lo que hace un buen pastor: da la vida por sus ovejas. Así Jesús, como un pastor que va en busca de su rebaño, vino a buscarnos cuando estábamos perdidos; como un pastor, vino a arrancarnos de la muerte; como un pastor, que conoce a cada una de sus ovejas y las ama con ternura infinita, nos ha hecho entrar en el redil del Padre, haciéndonos hijos suyos.

Contemplemos entonces la imagen del buen Pastor, y detengámonos en dos acciones que, como narra el Evangelio, Él realiza por sus ovejas: primero las llama, después las hace salir.

En primer lugar, “llama a sus ovejas” (cf. v. 3). Al comienzo de nuestra historia de salvación no estamos nosotros con nuestros méritos, nuestras capacidades, nuestras estructuras; en el origen está la llamada de Dios, su deseo de alcanzarnos, su preocupación por cada uno de nosotros, la abundancia de su misericordia que quiere salvarnos del pecado y de la muerte, para darnos la vida en abundancia y la alegría sin fin. Jesús vino como buen Pastor de la humanidad para llamarnos y llevarnos a casa. Nosotros entonces, con memoria agradecida, podemos recordar su amor por nosotros; por nosotros que estábamos alejados de Él. Sí, mientras «todos andábamos errantes como ovejas» y «siguiendo cada uno su propio camino» (Is53,6), Él soportó nuestras iniquidades y cargó con nuestras culpas, conduciéndonos nuevamente al corazón del Padre. Así lo hemos escuchado del apóstol Pedro en la segunda Lectura: «Porque antes andaban como ovejas perdidas, pero ahora han vuelto al Pastor y Guardián de ustedes» (1 P2,25). Y, aún hoy, en cada situación de la vida, en aquello que llevamos en el corazón, en nuestros extravíos, en nuestros miedos, en el sentido de derrota que a veces nos asalta, en la prisión de la tristeza que amenaza con encerrarnos, Él nos llama. Viene como buen Pastor y nos llama por nuestro nombre, para decirnos lo valiosos que somos a sus ojos, para curar nuestras heridas y cargar sobre sí nuestras debilidades, para reunirnos en su grey y hacernos familia con el Padre y entre nosotros.  

Hermanos y hermanas, mientras estamos aquí esta mañana, sentimos la alegría de ser pueblo santo de Dios. Todos nosotros nacemos de su llamada; Él es quien nos ha convocado y por eso somos su pueblo, su rebaño, su Iglesia. Nos ha reunido aquí para que, aun siendo diferentes entre nosotros y perteneciendo a comunidades distintas, la grandeza de su amor nos congregue a todos en un único abrazo. Es hermoso estar juntos: los obispos y los sacerdotes, los religiosos y los fieles laicos; y es hermoso compartir esta alegría junto con las Delegaciones ecuménicas, los jefes de la Comunidad judía, los representantes de las Instituciones civiles y del Cuerpo diplomático. Esto es catolicidad: todos nosotros, llamados por nuestro nombre por el buen Pastor, estamos invitados a acoger y difundir su amor, a hacer que su redil sea inclusivo y nunca excluyente. Y, por eso, todos estamos llamados a cultivar relaciones de fraternidad y colaboración, sin dividirnos entre nosotros, sin considerar nuestra comunidad como un ambiente reservado, sin dejarnos arrastrar por la preocupación de defender cada uno el propio espacio, sino abriéndonos al amor mutuo.

Después de haber llamado a las ovejas, el Pastor «las hace salir» (Jn10,3). Primero, llamándolas, las hizo entrar en el rebaño, luego las conduce hacia afuera. Primero somos reunidos en la familia de Dios para ser constituidos su pueblo, pero después somos enviados al mundo para que, con valentía y sin miedo, seamos anunciadores de la Buena Noticia, testigos del amor que nos ha regenerado. Este movimiento —entrarsalir— podemos comprenderlo con otra imagen que usa Jesús; la de la puerta. Él dice: «Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento» (v. 9). Volvamos a escuchar bien esto: entrará y saldrá. Por una parte, Jesús es la puerta que se abre de par en par para hacernos entrar en la comunión del Padre y experimentar su misericordia; pero, como todos saben, una puerta abierta sirve tanto para entrar como para salir del lugar en el que se encuentra. Y entonces Jesús, después de habernos conducido nuevamente al abrazo de Dios y al redil de la Iglesia, es la puerta que nos hace salir al mundo. Él nos impulsa a ir al encuentro de los hermanos. Y recordémoslo bien: todos, sin excepción, estamos llamados a esto, a salir de nuestras comodidades y tener la valentía de llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio (cf. Exhort. ap.Evangelii gaudium, 20).

Hermanos y hermanas, estar “en salida” significa para cada uno de nosotros convertirse, como Jesús, en una puerta abierta. Es triste y hace daño ver puertas cerradas: las puertas cerradas de nuestro egoísmo hacia quien camina con nosotros cada día, las puertas cerradas de nuestro individualismo en una sociedad que corre el riesgo de atrofiarse en la soledad; las puertas cerradas de nuestra indiferencia ante quien está sumido en el sufrimiento y en la pobreza; las puertas cerradas al extranjero, al que es diferente, al migrante, al pobre. E incluso las puertas cerradas de nuestras comunidades eclesiales: cerradas entre nosotros, cerradas al mundo, cerradas al que “no está en regla”, cerradas al que anhela al perdón de Dios. Hermanos y hermanas, por favor, por favor, ¡abramos las puertas! También nosotros intentemos —con las palabras, los gestos, las actividades cotidianas— ser como Jesús, una puerta abierta, una puerta que nunca se le cierra en la cara a nadie, una puerta que permite entrar a experimentar la belleza del amor y del perdón del Señor.

Repito esto sobre todo a mí mismo, a los hermanos obispos y sacerdotes; a nosotros pastores. Porque el pastor, dice Jesús, no es un asaltante o un ladrón (cf. Jn 10,8); no se aprovecha de su cargo, es decir, no oprime al rebaño que le ha sido confiado; no “roba” el espacio de los hermanos laicos; no ejercita una autoridad rígida. Hermanos, animémonos a ser puertas cada vez más abiertas; “facilitadores” de la gracia de Dios, expertos en cercanía, dispuestos a ofrecer la vida, así como Jesucristo, nuestro Señor y nuestro todo, nos lo enseña con los brazos abiertos desde la cátedra de la cruz y nos lo muestra cada vez en el altar, Pan vivo que se parte por nosotros. Lo digo también a los hermanos y a las hermanas laicos, a los catequistas, a los agentes pastorales, a quienes tienen responsabilidades políticas y sociales, a aquellos que sencillamente llevan adelante su vida cotidiana, a veces con dificultad: sean puertas abiertas. Dejemos entrar en el corazón al Señor de la vida, su Palabra que consuela y sana, para luego salir y ser, nosotros mismos, puertas abiertas en la sociedad. Ser abiertos e inclusivos unos con otros, para ayudar a Hungría a crecer en la fraternidad, camino de la paz.

Queridos hermanos y hermanas, Jesús buen Pastor nos llama por nuestro nombre y nos cuida con ternura infinita. Él es la puerta y quien entra por Él tiene la vida eterna. Él es nuestro futuro, un futuro de «Vida en abundancia» (Jn 10,10). Por eso, no nos desanimemos nunca, no nos dejemos robar nunca la alegría y la paz que Él nos ha dado; no nos encerremos en los problemas o en la apatía. Dejémonos acompañar por nuestro Pastor; con Él, nuestra vida, nuestras familias, nuestras comunidades cristianas y toda Hungría resplandezcan de vida nueva.

 

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Catena Aurea

Evangelio según san Juan 10,11-18:

 

San Agustín, in Joanem tract 46 et 47

El Señor nos descubre dos cosas, que nos había propuesto en cierto modo encubiertas. Nosotros sabemos desde un principio que El mismo es la puerta; ahora nos enseña que es pastor, por estas palabras: «Yo soy el buen pastor». Más arriba nos había dicho que el pastor entraba por la puerta. Si, pues, El mismo es la puerta, ¿cómo entra por sí mismo? Así como El por sí mismo conoce al Padre y nosotros le conocemos por El, de la misma manera El entra en el redil por sí mismo y nosotros entramos allí por El. Nosotros, porque predicamos a Cristo entramos por la puerta. Pero Cristo se predica a sí mismo; porque su predicación le muestra a El mismo, muestra la luz y otras muchas cosas. Si aquellos que presiden la Iglesia, que son sus hijos, son pastores, ¿cómo es que no hay más que un solo pastor sino porque todos aquellos son miembros de un solo pastor? Y en verdad el ser pastor lo concedió a sus miembros; pues Pedro es pastor, y los demás Apóstoles son pastores, y todos los buenos obispos son pastores. Pero la prerrogativa de ser puerta no la concedió a ninguno de nosotros; la reservó para sí solo. No habría añadido a la palabra pastor la cualidad de bueno, si no hubiera pastores malos; ellos son ladrones y salteadores, o por lo menos mercenarios.
 

San Gregorio, in Evang hom 14

El añade la manera de ser del pastor bueno, para que nosotros le imitemos. «El buen pastor da su vida por sus ovejas». Hizo lo que aconsejó, manifestó lo que mandó, dio su vida por sus ovejas, para hacer de su cuerpo y de su sangre un sacramento para nosotros y para poder saciar con el alimento de su carne a las ovejas que había rescatado. Se nos puso delante el camino del desprecio de la muerte, que debemos seguir, y la forma divina a la que debemos adaptarnos. Lo primero que debemos hacer es repartir generosamente nuestros bienes entre sus ovejas, y lo último dar, si fuera necesario, hasta nuestra misma vida por estas ovejas. Pero el que no da sus bienes por las ovejas, ¿cómo ha de dar por ellas su propia vida?
 

San Agustín, in Joanem tract 47

Mas esto no lo hizo sólo Cristo; y sin embargo, si aquellos que lo hicieron son miembros de su redil, El fue el único que hizo estas cosas, porque El lo pudo hacer sin ellos, pero ellos no pudieron hacerlo sin El.
 

San Agustín, De verb dom. Serm 50

Sin embargo, todos los pastores fueron buenos, no solamente porque derramaron su sangre, sino porque la derramaron por las ovejas; pues no la derramaron por orgullo, sino por caridad. Los mismos herejes que por sus iniquidades y sus errores sufrieron algunos trabajos, se jactan con el nombre del martirio, cubriéndose con esta capa para robar más fácilmente, porque son lobos. No de todos aquellos que entregaron sus cuerpos al martirio debe decirse que derramaron su sangre por las ovejas, sino más bien contra las ovejas, pues dice el Apóstol: «Si entregare mi cuerpo para ser quemado y no tuviere caridad, nada me aprovecha» ( 1Cor 13,3). ¿Cómo ha de tener siquiera sea una centella de caridad, aquel que formando parte de la comunión cristiana no ama la unidad? Recomendando el Señor esta unidad, no quiso nombrar muchos pastores, sino uno solo, diciendo: «Yo soy el buen Pastor».
 

Crisóstomo, in Joanem hom 59

Hablaba además el Señor de su pasión, enseñando que había venido al mundo por la salvación del hombre y no contra su voluntad. Después vuelve a indicar las señales que distinguen al pastor del mercenario: «Mas el asalariado y que no es el pastor, del que no son propias las ovejas, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye».
 

San Gregorio, ut supra

Hay muchos que con razón no merecen el nombre de pastor, porque prefieren la recompensa terrestre a las ovejas. No puede llamarse pastor, sino mercenario, aquel que apacienta las ovejas del Señor por una recompensa pasajera y no por un amor íntimo; es mercenario el que ocupa el lugar del pastor, pero no busca el bien de las almas, desea con ansia las comodidades de la tierra, y se alegra con los honores de la prelacía.
 

San Agustín, De verb Dom. Serm 49

Busca otra cosa en la Iglesia, no busca a Dios; pues si buscase a Dios sería casto, porque el esposo legítimo del alma es Dios. El que busca en Dios otra cosa fuera de Dios, no busca a Dios castamente.
 

San Gregorio, ut supra

Si es pastor o mercenario, no puede conocerse con verdad si falta ocasión; porque en tiempo de tranquilidad, lo mismo el verdadero pastor que el mercenario están solícitos vigilando su rebaño; pero cuando viene el lobo demuestra cada uno con qué espíritu velaba sobre el rebaño.
 

San Agustín, ut supra

El lobo es el diablo y los que le siguen; porque dicho está ( Mt 7,15) que vestidos de piel de ovejas, son por dentro lobos rapaces.
 

San Agustín, in Joanem tract 46

He aquí que el lobo coge a la oveja por la garganta; el diablo induce al adulterio al alma fiel; debe rechazársele, pero rechazado, será enemigo, pondrá asechanzas, hará tanto mal cuanto pudiere. Te callas, no le increpas; has visto venir al lobo y has huido; permaneciste con el cuerpo, huiste con el ánimo, porque el alma se mueve por los sentimientos, ensanchándose con la alegría, constriñéndose por la tristeza, marchando por el deseo y huyendo por el temor.
 

San Gregorio, ut supra

El lobo se arroja también sobre las ovejas cuando un hombre injusto y ladrón oprime a los fieles y humildes; pero el que parecía pastor y no lo era, abandona las ovejas y huye, no atreviéndose a resistir a la injusticia en el momento en que ve el peligro, y huye, no mudando de lugar, sino dejando de acudir con el socorro. El mercenario no presta su auxilio en ninguno de estos peligros, y mientras busca sus comodidades exteriores, deja que por abandono el rebaño sufra pérdidas interiores. «Pero el mercenario huye», etc. Una sola razón hay para que el asalariado huya: porque es asalariado; como si dijera: no puede mantenerse firme cuando están en peligro las ovejas el que gobierna las ovejas, no por amor a ellas, sino por una ganancia terrenal, y por tanto, tiembla si se expone al peligro de perder lo único que ama.
 

San Agustín, ut supra

Si los Apóstoles fueron pastores y no mercenarios, ¿cómo es que huían cuando se veían perseguidos? Siguiendo el consejo del Señor ( Mt 10,23): «Si os persiguieren, huid». Llamemos, que no faltará quien abra.
 

San Agustín, Ad Honoratum epist 180

Huyan, pues, de ciudad en ciudad, todos los siervos de Cristo, los ministros de su palabra y de su sacramento, cuando alguno de ellos en particular es buscado por sus perseguidores, a fin de que la Iglesia no sea abandonada por los que no son perseguidos del mismo modo. Pero cuando el peligro es común a todos, a obispos, a clérigos y seglares, los que están necesitados del auxilio de otros no sean abandonados por aquellos cuyos auxilios necesitan, o que todos pasen a sitios seguros, o que aquellos que tienen el deber de permanecer no sean abandonados por los que tienen el sagrado ministerio de la Iglesia. Entonces es cuando los ministros de Cristo, a la vista de la persecución, deben huir de los lugares en donde no han dejado un pueblo que tenga necesidad de un ministerio, o cuando ese mismo ministerio, tan necesario, puede ser desempeñado por otros que no tienen el mismo motivo para huir. Pero cuando el pueblo permanece y los ministros huyen, ¿no es ésta una huida inexcusable de pastores mercenarios que no tienen cuidado alguno de las ovejas?
 

San Agustín, in Joanem tract 46

Los pastores buenos se llaman puerta, portero, pastor y ovejas; y los malos, ladrones y salteadores, asalariados, lobo.
 

San Agustín, De verb Dom. serm. 49

Debemos amar al pastor, precavernos del ladrón y tolerar al mercenario. El mercenario es útil en tanto no vea al lobo, al ladrón o al salteador, pues apenas le ve, huye.
 

San Agustín, in Joanem tract 46

Ni se llamaría mercenario si no recibiese la paga de aquel a quien sirve. Los hijos esperan con paciencia la herencia del padre; el mercenario desea con ansia y con presteza la retribución temporal de su trabajo. Y sin embargo, por sus palabras unos y otros difaman la divina gloria de Cristo; su palabra es dañosa haciendo el mal, no predicando el bien. Coged el racimo, huid de las espinas; porque a veces el racimo que nace de la vid está pendiente de las espinas. Así, muchos buscando en la Iglesia bienes temporales, predican a Cristo y por ellos es oída la voz de Cristo, y la siguen las ovejas, pero no al mercenario, sino a la voz del pastor por medio del mercenario.

Crisóstomo, in Joanem hom 59

Más arriba el Señor dio a conocer dos clases de amos malos: uno que roba, mata y saquea; otro que no impide el mal, dando a conocer en el uno a los sediciosos, y confundiendo con el otro a los maestros de los judíos, que no tenían celo alguno por las ovejas que les estaban encomendadas. Pero Cristo se distingue de unos y de otros; de los que habían venido para hacer daño, se distingue por estas palabras ( Jn 10,10): «Yo he venido para que tengan vida», y de los que desprecian las rapiñas de los lobos se diferencia diciendo, «que da su vida por sus ovejas». Y como conclusión de todo, añade ( Jn 10,11): «Yo soy el buen Pastor», pero como que ya había dicho que las ovejas oyen la voz del pastor y le siguen, para que nadie pueda preguntarle: ¿Qué dices, pues, de los que no creen en ti? El añade: «Y conozco a mis ovejas», etc. Que es lo mismo que San Pablo dijo por estas palabras ( Rom 11,2): «El Señor no rechazó a su pueblo, que había predestinado».
 

San Gregorio, in Evang. Hom 14

Como si dijera claramente: Yo amo a mis ovejas, y ellas, obedeciéndome, me aman, porque el que no ama la verdad, todavía no conoce.
 

Teófilacto

De aquí puedes deducir y conocer la diferencia entre el asalariado y el pastor; pues el asalariado no conoce a las ovejas porque las visita raras veces; mas el pastor conoce sus propias ovejas por la solicitud y cuidado que tiene por ellas.
 

Crisóstomo, ut supra

Por otra parte, para que no creas que es igual el conocimiento de Cristo y el de las ovejas, añade en seguida: «Como el Padre me conoce, así conozco yo al Padre», como si dijera: le conozco tan íntimamente como El me conoce a mí. Aquí hay paridad de conocimiento; allí no. Y añade: «Y pongo mi vida por mis ovejas».
 

San Gregorio, ut supra

Como si dijera claramente: Esta es prueba de que conozco al Padre y de que soy conocido por el Padre; que pongo mi vida por mis ovejas, esto es, esa misma caridad con que muero por mis ovejas es un testimonio del amor con que amo al Padre.
 

Crisóstomo, ut supra

Dice esto también para enseñarnos que no es un impostor, porque también el Apóstol cuando quiso probar contra los falsos apóstoles que él era el verdadero maestro, sacó argumentos de los mismos peligros y de las muertes que le habían amenazado.
 

Teófilacto

Los seductores, en efecto, no expusieron su vida por las ovejas, sino que, como mercenarios, abandonaron a aquellas que les seguían. Mas el Señor, para que no fueran presos, dijo ( Jn 18,8): «Dejad ir a éstos».
 

San Gregorio, ut supra

Como que El había venido no solamente para rescatar a Judea, sino también a la gentilidad, añade: «Tengo también otras ovejas que no son de este aprisco».
 

San Agustín, De verb Dom. serm. 50

Se dirigía al primer rebaño, que era, por la sangre, de la raza de Israel, pero había otros rebaños que pertenecían por la fe a ese mismo Israel. Estaban fuera, diseminados en medio de las naciones; estaban predestinados, pero aún no estaban congregados. No son, pues, de este rebaño, porque no son por la sangre de la raza de Israel. Pero más tarde pertenecerán a este redil: «Es necesario que yo las traiga», etc.
 

Crisóstomo, ut supra

El muestra dispersos a los unos y a los otros y sin tener pastor: «Y oirán mi voz». ¿Por qué os admiráis cuando digo que éstos han de seguirme y han de oír mi voz cuando veis que otros me siguen y la oyen? Después predice la unión futura de unos y otros, diciendo: «Y será hecho un solo aprisco», etc.
 

San Gregorio, ut supra

El ha hecho de dos rebaños un solo redil, reuniendo en su fe al pueblo judío y al gentil.
 

Teófilacto

Porque todos tienen una misma señal, el bautismo; un solo pastor, el Verbo de Dios. Sépanlo los maniqueos: que el Nuevo y el Antiguo Testamento no tienen más que un solo pastor y un solo redil.
 

San Agustín, in Joanem tract 47

¿Qué significan, pues, las palabras «Yo no he sido enviado sino a las ovejas que perecieron de la casa de Israel» ( Mt 15,24), sino que no manifestó su presencia corporal más que al pueblo de Israel, no habiendo ido El mismo a los gentiles, sino que envió?
 

Crisóstomo, ut supra

Esta palabra es necesario 1 no está puesta aquí como signo de fatalidad; expresa lo que ha de suceder. Mas como ellos decían que El era distinto del Padre, añade: «Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi alma para volverla a tomar».
 

San Agustín, in Joanem tract 37

Esto es: porque muero para resucitar. Gran importancia se da a estas palabras: Yo pongo. Que los judíos no se gloríen. Ellos han podido enfurecerse; si yo no hubiera querido poner mi alma, ¿qué habían de haber hecho enfureciéndose?
 

Teófilacto

El Padre ama al Hijo, no con un amor que será como el precio de la muerte que debe sufrir por nosotros, sino porque contempla en este Hijo, engendrado por El, su propia naturaleza, en virtud de la cual quiso morir por nosotros.
 

Crisóstomo, in Joanem hom 59

O es palabra de condescendencia, como queriendo decir: aun cuando no hubiese otro motivo, lo que me llevó a amaros es que vosotros de tal manera sois amados por mi Padre, que El me amaría porque doy mi vida por vosotros. Sin embargo, no es cierto que El no fuese antes amado por su Padre, ni que nosotros seamos la causa de este amor. El quiere demostrar que no subió al calvario contra su voluntad. Por eso añade: «No me la quita ninguno, mas yo la pongo por mí mismo».

…..

Evangelio según san Juan 10,1-10:

Crisóstomo, in Joanem hom 58

Como el Señor había sostenido una disputa sobre la ceguedad de los judíos, a fin de que ellos no dijesen: no es por nuestra ceguedad por lo que no nos acercamos a ti, sino que nos apartamos como huyendo del error, quiere probar que El no es un impostor, sino que es el verdadero pastor, fijando las señales que distinguen al ladrón del pastor. Y en primer lugar enseña quién es el impostor y el ladrón, diciendo: «En verdad, en verdad os digo: que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, mas sube por otra parte, aquel es ladrón y salteador». El se refiere de una manera tácita a todos aquellos que vinieron antes que El y a los que vendrían después, al anticristo y a los falsos cristos. Llama puerta a las Escrituras, porque éstas enseñan el conocimiento de Dios; ellas son las que guardan las ovejas y no dejan que se acerquen los lobos, cerrando la entrada a los herejes. Así, pues, el que no usa de las Escrituras, sino que sube por otra parte, esto es, adopta otra vía distinta y no legítima, éste es un ladrón. Dice sube y no dice entra, a la manera del ladrón que trata de escalar el muro y hace todas las cosas rodeado de peligros. Dice por otra parte designando de una manera tácita a los escribas, que enseñaban las máximas y las doctrinas humanas, y al mismo tiempo violaban la Ley. No debe extrañarnos que El se llame a sí mismo puerta, porque se presenta a sí mismo también como pastor y como rebaño. El se llama puerta por ser el que nos conduce al Padre, y se llama pastor por ser el que nos guía.
 

San Agustín, in Joanem tract 45

O de otro modo: Hay muchos que por la manera ordinaria que tienen de obrar se llaman hombres buenos, que al parecer observan lo que en la Ley se manda; sin embargo, no son cristianos y las más de las veces se jactan como los fariseos: «Pues qué, ¿nosotros somos también ciegos?» ( Jn 9,40). Como que ignorando a qué fin dirigir sus acciones, obran inútilmente; pero el Señor, bajo la figura de rebaño y de puerta por la que se entra al redil, les dice: «En verdad, en verdad os digo: que el que no entra por la puerta», etc. Digan en hora buena los paganos, digan los judíos o los herejes, nuestra vida es buena; si no entran por la puerta ¿de qué les sirve? La buena vida debe proporcionar a cada uno la vida eterna, y no puede decirse que viven bien los que ignoran por ceguedad el fin del bien vivir, o por orgullo lo menosprecian. Nadie puede tener esperanza de vivir siempre, si no conoce la vida (que es Cristo) y entra por esta puerta en el redil. Todo aquel que quiere entrar en el redil, entre por la puerta; y no solamente predique a Cristo, sino busque su gloria y no la gloria propia. Pero Cristo es una puerta humilde; el que entra por esta puerta debe bajar su cabeza para que pueda entrar con ella sana. Mas aquel que no se humilla sino que se ensalza, ése quiere escalar el muro; por tanto, se eleva para caer. Muchas veces tales hombres pretenden persuadir a los demás a que vivan bien sin ser cristianos; éstos quieren subir por otra parte, robar y matar. Son, pues, ladrones, porque se apropian lo ajeno; son salteadores, porque matan lo que roban.
 

Crisóstomo, ut supra

Has visto cómo describe al ladrón; mira ahora la definición del pastor: «Mas el que entra por la puerta, pastor es de las ovejas».
 

San Agustín, De verb Dom. Serm 49

Entra por la puerta el que entra por Cristo, el que imita la pasión de Cristo, el que conoce la humildad de Cristo, que siendo Dios se ha hecho hombre por nosotros. Conozca el hombre que no es Dios, sino hombre, porque el que quiere parecer Dios siendo hombre, no imita a Aquel que siendo Dios se hizo hombre. Porque no se te ha dicho: seas algo menos de lo que eres; sino, reconoce lo que eres.

«A éste abre el portero».
 

Crisóstomo, ut supra

Nada impide llamar portero a Moisés, porque a él fue confiado el depósito de las palabras de Dios.
 

Teófilacto

O bien el Espíritu Santo es el portero que, abriéndonos las Sagradas Escrituras, nos muestra a Cristo.
 

San Agustín, in Joanem tract 46

O de otra manera: Por este portero debemos entender al mismo Señor. En las cosas humanas hay más diferencia entre un pastor y una puerta, que entre un portero y una puerta, y sin embargo, el Señor se llama a sí mismo pastor y puerta. ¿Por qué no hemos de ver en El al portero? El que se manifiesta a sí mismo, es el mismo que se abre. Si buscas que otro sea el portero, puedes reconocer, sin duda, bajo este nombre al Espíritu Santo, de quien el Señor dice: «El mismo os enseñará toda la verdad» ( Jn 16,13). La puerta es Cristo, que es la verdad. ¿Quién abre la puerta sino el que enseña la verdad? Debemos cuidar, sin embargo, de no estimar más al portero que a la puerta, porque en las casas de los hombres el portero es más que la puerta, y no la puerta más que el portero.
 

Crisóstomo, ut supra

Como que ellos le habían tenido por un impostor y se empeñaban en probarlo por su misma infidelidad diciendo ( Jn 7,48): «Quién de los príncipes creyó en El», enseña ahora que, puesto que no le escuchan, son excluidos de la condición de ovejas: «Las ovejas oyen su voz». Y si es propio del pastor entrar por la puerta verdadera, por la que El mismo entró, síguese que se separan del rebaño las ovejas que no oyen su voz.

«Y a las ovejas propias llama por su nombre».
 

San Agustín, in Joanem tract 45

Porque El conoce el nombre de los predestinados. Por eso ha dicho a sus discípulos ( Lc 10,20): «Alegraos, porque vuestros nombres están escritos en el cielo». «Y las saca».
 

Crisóstomo, in Joanem hom 58

Sacaba a sus ovejas cuando las enviaba, no ya lejos de los lobos, sino en medio de ellos. Estas palabras parece que se dirigen al ciego de una manera indirecta, porque le sacó llamándole de en medio de los judíos.
 

San Agustín, ut supra

¿Y quién es el que saca las ovejas sino Aquel que perdona los pecados, para que desembarazados de sus duras cadenas puedan seguirle? «Y cuando ha sacado fuera sus ovejas, va delante de ellas».
 

Glosa

En verdad, las saca de las tinieblas de la ignorancia a la luz, cuando va delante de ellas como en columna de nube y de fuego.
 

Crisóstomo, ut supra

Los pastores hacen lo contrario, siguiendo ellos mismos a las ovejas; mas El dice de sí mismo lo contrario, conduciendo las ovejas a la verdad.
 

San Agustín, ut supra

¿Y quién es el que va delante de las ovejas sino Aquel que resucitando de entre los muertos no muere ya más ( Rom 6,9), y dijo al Padre ( Jn 17,24): «Quiero que aquellos que tú me diste estén conmigo en donde yo estoy».

«Y las ovejas le siguen, porque ellas conocen su voz. Mas al extraño no le siguen», etc.
 

Crisóstomo, ut supra

Llama extraños a Judas y a Teudas 1 y a los demás falsos apóstoles que debían venir después de ellos. Para no confundirse con ellos, se distingue en muchas cosas. En primer lugar por la doctrina de las Sagradas Escrituras, por las cuales Cristo atraía a sí a los hombres, mientras que ellos separaban a los hombres de esas mismas Escrituras. En segundo lugar, por la obediencia de las ovejas, pues los hombres creyeron en El no sólo durante su vida, mas a ellos los abandonaron inmediatamente
 

Teófilacto

Significa también el anticristo, que después de haber engañado un tanto a los hombres, no hará prosélitos después de su muerte.
 

San Agustín, ut supra

¿Pero cómo resolver esta cuestión? Algunas veces las que no son ovejas oyen la voz del pastor; tal aconteció a Judas, que aunque era lobo, oyó esta voz, y las ovejas no la oyen; porque algunos de los que crucificaron a Cristo eran ovejas, y sin embargo, no oyeron su voz. Podrá decir alguno que aquellas no eran ovejas cuando no oían su voz; mas una vez que fue oída esta voz, fueron cambiados, de lobos que eran, en ovejas. Aún me asusta lo que el Señor, por boca de Ezequiel, reprende a los pastores, diciéndoles, entre otras cosas, acerca de las ovejas ( Jn 34,6): «No llamaste a la que andaba errante». El le dice errante y la llama oveja; no andaría errante, si oyera la voz del pastor; por eso anda errante, porque oyó la voz del extraño. He aquí lo que yo digo: el Señor conoce los que son suyos, por presciencia ( 2Tim 2,19); conoce a los predestinados; éstos son las ovejas. Algunas veces no se conocen ellas mismas, pero el pastor las conoce; porque hay muchas ovejas fuera del redil, y muchos lobos están dentro. De los predestinados es de quien habla. Hay una cierta voz de pastor que las ovejas reconocen; no la del extraño; y en la que las que no son ovejas no oyen a Cristo. ¿Qué voz es ésta? «El que perseverare hasta el fin, éste será salvo» ( Mt 10,22). Esta voz no la desprecia el hijo; no la oye el extraño. «Este proverbio les dijo Jesús. Mas ellos no entendieron lo que les decía», porque el Señor apacienta con palabras claras y ejercita con palabras oscuras. Cuando dos oyen las palabras del Evangelio, el uno piadoso y el otro impío, y lo que oyen es de tal naturaleza que ambos no lo entienden, el uno exclama: es verdad lo que dijo, es bueno lo que dijo, pero nosotros no lo entendemos. Este ya llama, porque cree; es digno de que se le abra si insiste en llamar. El otro dice: nada dijo; que oiga aun esta palabra: «Si no creyereis, no entenderéis» ( Is 7,9).
 

Notas

  1. Entre los falsos mesías, a que hace referencia Gamaliel en su discurso de Hech5,36-37, están, Judas el Galileo, hijo de Ezquías, quien se sublevó hacia el 6 a.C.; y un tal Teudas, sobre cuya identidad hay cierta incertidumbre.

 

 

Crisóstomo, in Joanem hom 58

Queriendo el Señor que se fijaran más los judíos, les explica lo que más arriba les había dicho: «Y Jesús les dijo otra vez: En verdad, en verdad os digo que yo soy la puerta de las ovejas».
 

San Agustín, in Joanem tract 45

He aquí que abre lo que estaba cerrado. El es la puerta; entremos, pues, y nos alegraremos de haber entrado.

«Todos cuantos vinieron, ladrones son y salteadores».
 

Crisóstomo, ut supra

No dijo esto de los Profetas, como pretenden los herejes, sino de los sediciosos. Por lo cual añade, alabando a las ovejas: «Pero no los oyeron las ovejas». En ningún lugar se observa que haya hecho elogios de aquellos que no obedecieron a los Profetas; antes, por el contrario, los vitupera severamente.
 

San Agustín, ut supra

Entiéndase en este sentido: Todos los que vinieron sin mí; porque no vinieron sin El los Profetas, porque vinieron con El los que vinieron con la palabra de Dios, y los que vinieron con El fueron veraces, porque El es la palabra y la verdad. El que había de venir enviaba sus heraldos, poseyendo los corazones de aquellos que enviaba. El que existe siempre, tomó carne en el tiempo. ¿Qué quiere decir siempre ? «En el principio era el Verbo» ( Jn 1,1). Los justos precedieron su venida en carne; creyeron que había de venir del mismo modo que nosotros creemos que vino. Los tiempos son diversos, no la fe; la misma fe une a los unos y a los otros, a aquellos que creyeron que vendría, y a los que creen que vino. Luego todos los que vinieron sin El fueron ladrones y salteadores; esto es, vinieron para robar y para matar. «Pero no los oyeron las ovejas», esto es, aquellos de quienes se ha dicho ( 2Tim 2,19): «El Señor conoce los que son de El». Las ovejas no oyeron a aquellos en quienes no estaba la voz de Cristo; a los que andan errando, a los mentirosos, a los seductores de infelices.

Por qué se llama a sí mismo puerta, lo manifiesta cuando añade: «Yo soy la puerta; quien por mi entrare será salvo».
 

Alcuino

Como si dijera: Las ovejas no les oyen; pero me oyen a mí, porque yo soy la puerta, y todo hombre verdadero, no hipócrita, que entrare por mí y perseverare, será salvo.
 

Teófilacto

El Señor conduce a las ovejas a los pastos por la puerta; por eso dice: «Y entrará, y saldrá, y hallará pastos». ¿Cuáles son estos pastos, sino el placer y el descanso futuro en que el Señor nos introduce?
 

San Agustín, ut supra

Pero ¿qué quiere decir «Entrará y saldrá»? Entrar en la Iglesia por la puerta misma es muy bueno; pero salir de la Iglesia, no lo es. Podemos, pues, decir que nosotros entramos cuando pensamos interiormente alguna cosa, y que salimos cuando hacemos alguna acción exterior, según aquello del Profeta ( Sal 103,23): «Saldrá el hombre a su obra»
 

Teófilacto

O bien la palabra entrar se aplica a aquel que se ocupa del hombre interior, y la palabra salir a aquel que mortifica en Cristo al hombre exterior, esto es, a sus miembros, que están sobre la tierra ( Col 3), porque éste es el que encontrará pastos en la vida futura.
 

Crisóstomo, ut supra

O bien estas palabras deben entenderse de los Apóstoles, que entraron y salieron con intrepidez, como señores de todo el mundo, y nadie pudo arrojarlos, y tuvieron alimentos.
 

San Agustín, ut supra

Pero más me complace el consejo que en cierta manera nos da cuando dice después: «El ladrón no viene sino para hurtar».
 

Alcuino

Como si dijera: Con razón las ovejas no oyen la voz del ladrón, porque el ladrón no viene sino para hurtar, apropiándose a sí lo que es de otro; no instruyendo a sus secuaces en los preceptos de Cristo, sino persuadiéndoles a que vivan siguiendo el ejemplo de ellos. Por eso añade el Evangelista: «Y para matar» (separando de la fe con doctrina engañosa), «y para destruir» (en la eterna condenación). Esos son, pues, los que hurtan y matan. «Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en más abundancia».
 

San Agustín, ut supra

Me parece que debe entenderse: para que tengan vida, los que entran, esto es, que reciban la vida de la fe que obra por la caridad ( Gál 5); fe que abre la puerta del redil en que está la vida, porque el justo vive de la fe ( Rom 1,17). «Y para que la tengan en más abundancia» los que salen, esto es, cuando mueren los verdaderos fieles y tienen una vida más abundante, en donde después no vuelven a morir. Aunque en esta vida no falten pastos, encontrarán pastos donde puedan saciarse, como los que encontró aquel a quien se dijo ( Lc 23,43): «Hoy estarás conmigo en el paraíso».
 

San Gregorio, Super Ezech. hom 13

Entrará, pues, en la fe y saldrá a la visión de la naturaleza misma, y encontrará pastos en la eterna hartura.
 

Crisóstomo, ut supra

Cuando dice «El ladrón no viene sino para hurtar, y para matar, y para destruir», se refiere a los sediciosos, y esto se cumple a la letra en todos aquellos hombres muertos y perdidos que les seguían, privándolos de este modo de la vida eterna. «Yo he venido por la salvación de todos, para que tengan vida y para que la tengan en más abundancia en el reino de los cielos»; y ésta es la tercera diferencia por la que se distingue de los falsos profetas.
 

Teófilacto

En sentido místico, el ladrón es el diablo que con la tentación viene para robar por medio de malos pensamientos, mata por el consentimiento y destruye por las obras.

…..

Evangelio según san Juan 10,22-30:

Alcuino

Hemos presenciado la paciencia de Dios y su predicación de salvación en medio de los oprobios de los judíos; pero éstos, endurecidos, más bien querían tentarlo que obedecerlo. «Y se celebraba en Jerusalén la fiesta de la Dedicación».
 

San Agustín, in Joanem tract 48

La palabra encaenia 1 está formada de la palabra griega kai n o n , nuevo, y se designa por ella toda dedicación de alguna cosa nueva.
 

Crisóstomo, in Joanem hom 60

Esta palabra significa el día de la dedicación del Templo, o la vuelta de los judíos de la cautividad de Babilonia.
 

Teófilacto

Celebraban los judíos esta fiesta con esplendor, como recobrando la ciudad su propio brillo después de tan largo cautiverio.
 

Alcuino

O esta dedicación era en memoria de la celebración que hizo Judas Macabeo. La primera dedicación fue celebrada por Salomón en el otoño; la segunda por Zorobabel y por el sacerdote Jesús en la primavera, y ésta en invierno 2: «Y era invierno».
 

Beda

Leemos que Judas Macabeo estableció que esta dedicación se celebrase en recuerdo con solemnes ceremonias.
 

Teofilacto

El Evangelista expone que era la estación del invierno, para dar a entender que se acercaba el tiempo de la pasión, porque en la primavera siguiente tuvo lugar la pasión del Señor, y por eso se hallaba entonces en Jerusalén.
 

San Gregorio, Moralium 1, 2

O bien tiene cuidado de expresar la estación del invierno para indicar los fríos sentimientos que existían en el corazón de los judíos.
 

Crisóstomo, ut supra

Cristo asistía a esta solemnidad con mucho empeño; por lo demás, iba a menudo a Judea, porque estaba próxima la pasión. «Y Jesús se paseaba en el Templo por el pórtico de Salomón».
 

Alcuino

Se llamaba pórtico de Salomón el lugar en que este rey se ponía para orar. Los pórticos que rodeaban el Templo solían tomar el nombre del Templo. Si, pues, el Hijo de Dios quiso pasearse en el Templo en que se le hacían ofrendas de animales irracionales, ¡con cuánta mayor razón se alegrará de venir a nuestra casa de oración, en la cual se consagra su carne y su sangre!
 

Teófilacto

Mientras dura el crudo invierno, es decir, la vida presente, azotada por las tormentas de la iniquidad, esfuérzate en celebrar las encaenias espirituales de tu templo, renovándote siempre a ti mismo, y preparando ascensiones en tu corazón. Entonces Jesús estará propicio a ti en el pórtico de Salomón, concediéndote una vida tranquila y pacífica bajo su propio techo, porque en la vida futura nadie podrá celebrar la solemnidad de una renovación.
 

San Agustín, in Joanem tract 48

Como el sentimiento de la caridad se había resfriado en el corazón de los judíos, y el afán de hacer mal se había despertado en su alma, no se acercaban tocados de la fe, sino que perseguían movidos por la rabia: «Y los judíos le cercaron y le dijeron: ¿hasta cuándo nos acabas el alma? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente». Hablaban así los judíos, no por el deseo de saber la verdad, sino para preparar el camino a la calumnia.
 

Crisóstomo, ut supra

No pudiendo recriminar en nada sus acciones, andaban en acecho para cogerlo en las palabras. Y mira su perversidad. Cuando El les instruye con palabras, le dicen: «¿Qué milagro nos muestras?» Y cuando El se lo manifiesta con las obras, le dicen: «Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente», estando siempre en continua contradicción. Llenas de odio estaban las palabras que le dirigían: «Dínoslo abiertamente», y sin embargo, El lo decía todo en público, hallándose presente siempre a las solemnidades, y jamás hablaba nada en secreto. Mas con estas palabras intentan adularle, diciéndole después: «Hasta cuándo nos acabas el alma», provocándolo de este modo para ver si podían hacerle caer en algún lazo.
 

Alcuino

Alegan que les tiene los ánimos en suspenso y en la incertidumbre el que había venido para salvar las almas.
 

San Agustín, ut supra

Pretendían oír de los labios del Salvador estas palabras: «Yo soy el Cristo», y tal vez conocían a Cristo en cuanto hombre, pero no entendían su divinidad en los Profetas. Por esto, si El decía: «Yo soy el Cristo», según lo que ellos sabían de la descendencia de David, lo habrían calumniado de que se apropiaba el poder real.
 

Alcuino

Y así pensaban entregarlo a la potestad del gobernador para que lo castigara, como a usurpador del trono de Augusto; por lo cual el Señor templa su respuesta de tal modo que cierra los labios de los calumniadores, enseña a los fieles que El es Cristo, y descubre los misterios de su divinidad a los que preguntaban sobre su humanidad. Jesús les respondió: «Os lo digo y no me creéis», etc.
 

Crisóstomo, ut supra

Les echa en cara su malicia, porque fingían bastarles una sola palabra para persuadirse, los que no se habían persuadido con tantas obras; como si les dijera: ¿si no creéis en las obras, cómo habéis de creer en las palabras? Y cuál sea el motivo de su incredulidad lo dice al punto: «Mas vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas».
 

San Agustín, ut supra

Esto les dijo porque los veía predestinados a la muerte eterna, y no a la vida eterna que El les había conquistado con su sangre. Lo que hacen las ovejas es creer al pastor y seguirlo.
 

Teófilacto

Después de haberles dicho: «No sois de mis ovejas», les exhorta al punto para que se hagan sus ovejas, diciendo: «Mis ovejas oyen mi voz».
 

Alcuino

Esto es, siguen de corazón mis preceptos. «Y yo las conozco», es decir, yo las elijo. «Y ellas me siguen» aquí abajo, yendo delante de ellas por el camino de la mansedumbre y de la inocencia, y después entrando en los goces de la vida eterna: «Y yo les doy vida eterna».
 

San Agustín, ut supra

Estos son los pastos de que poco antes había dicho ( Jn 10,9): «Y encontrará pastos». Buen pasto se dice de la vida eterna, en donde ninguna yerba se marchita; todo allí está verde. Mas vosotros echáis mano de la calumnia, porque sólo pensáis en la vida presente. «Y no perecerán jamás». Puedes sobreentender: Vosotros pereceréis para siempre, porque no sois de mis ovejas.
 

Teófilacto

Pero ¿cómo vemos a Judas perecer? Porque no perseveró hasta el fin. Empero, Cristo sólo había hablado de los que perseveraren, porque si alguno se separa del rebaño de las ovejas y deja de seguir al pastor, al punto cae en peligro.
 

San Agustín, ut supra

El añade por qué no han de perecer: «Y ninguno las arrebatará de mis manos». Habla de las ovejas, de las que se dice: El Señor conoce a aquellos que le pertenecen ( 2Tim 2,19); ni el lobo los arrebata, ni el ladrón los roba, ni el salteador los mata; seguro está del número de aquellos, el que sabe lo que ha dado por ellos.
 

San Hilario, De Trin 1, 7

Esta palabra es el testimonio de un poder, del cual tiene conciencia. Aunque estando en la naturaleza de Dios, debe ser considerado como naciendo de Dios, y por eso añade: «Lo que me dio mi Padre, es sobre todas las cosas». No oculta que El ha nacido del Padre y lo que recibió del Padre lo recibió al nacer, no después.
 

San Agustín, in Joanem tract 48

No por su crecimiento y desarrollo, sino por su nacimiento, es igual al Padre el que desde la eternidad nació Hijo del Padre, Dios de Dios. «Esto es lo que me dio el Padre», lo que es sobre todas las cosas, a saber: que yo soy su Verbo, que yo soy su Hijo único, que yo soy el brillo de su luz. «Y ninguno puede arrebatar las ovejas de mi mano», porque tampoco nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre: «Y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre». Si por mano entendemos el poder, uno es el poder del Padre y del Hijo, porque es una la Divinidad. Si por mano entendemos al Hijo, la mano del Padre es el Hijo mismo; lo que no decimos porque Dios tenga miembros corporales, sino porque Dios ha hecho todas las cosas por su Hijo. Así los hombres suelen decir también que sus manos son otros hombres por los cuales hacen lo que quieren. Alguna vez también suele llamarse la mano del hombre a la misma obra del hombre, porque se hace mediante la mano; a la manera que decimos que un hombre reconoce su mano cuando reconoce lo que ha escrito. En este lugar, por la mano del Padre y del Hijo, debemos entender su poder; no sea que después de haber tomado al Hijo por la mano del Padre, nuestro pensamiento carnal empiece a buscar al hijo del Hijo.
 

San Hilario, ut supra

A fin de que puedas comprender por una comparación material un poder de la misma naturaleza, se ha llamado a la mano del Hijo mano del Padre, porque la naturaleza y el poder del Padre se encuentran también en el Hijo.
 

Crisóstomo, in Joanem hom 60

Después, para que no pienses que El es débil, y que sólo por el poder del Padre es por lo que las ovejas están seguras, añade: «Yo y el Padre somos una misma cosa».
 

San Agustín, in Joanem tract 35

Escucha estas dos palabras, somos y una cosa, y te librarás de Escila y de Caribdis 3. La palabra una cosa te libra de Arrio; la palabra somos te libra de Sabelio. Si una cosa, luego no es diferente; si somos, luego Padre e Hijo.
 

San Agustín, De Trin. 6, 2

Una cosa somos, se ha dicho: lo que El es, yo lo soy por esencia, no por relación.
 

San Hilario, de Trin. 1, 8

Como los herejes no pueden negar estas cosas, las tratan de corromper con las tremendas mentiras de su impiedad. Pretenden referir esto a la unidad de consentimiento, de manera que haya en ellos sólo la unidad de voluntad, mas no de naturaleza. Esto es, que el Padre y el Hijo son uno, no porque ellos son, sino porque quieren lo mismo. Pero son uno por unidad de generación, en la que Dios no pierde nada de sí por efecto de esta generación. Son uno, en tanto que no se quitan de la mano del Hijo las cosas que no se quitan de la mano del Padre. Mientras el Padre es obrado en su obrante, mientras El está en el Padre y el Padre permanece en El. Esto no es efecto de la creación, sino del nacimiento; no lo hace la voluntad, sino el poder; no la unanimidad que habla, sino la naturaleza. No negamos, pues, la unanimidad entre el Padre y el Hijo, como nos atribuyen los herejes, afirmando que nosotros admitimos solamente la concordia para la unanimidad. Pero oigan qué unanimidad es la que nosotros no negamos: El Padre y el Hijo son uno por naturaleza en honor y en poder, y siendo la misma la naturaleza, no pueden tener dos voluntades diversas.
 

Notas

  1. Dedicación, en griego egkainia. Sustantivo derivado del verbo egkainizw : renovar. Los LXX se valen del sustantivo para designar la fiesta que recuerda la nueva dedicación del Templo en el año 165.
  2. La fiesta de la dedicación del Templo, en hebreo hanukka, consagración, celebra la renovada dedicación del Templo por Judas Macabeo, después de la victoria sobre los sirios, en el año 165 a.C. La primera consagración fue durante el reinado de Salomón (970-930 a.C.). Durante el gobierno Zorobabel, que fue gobernador de Judá bajo soberanía persa, siendo sumo sacerdote Josué, en el año 516 a.C. se dedicó nuevamente el Templo reconstruido tras el destierro.
  3. Escila y Caribdis, respectivamente escollo y remolino del estrecho de Mesina, Italia. Eran temidos por los navegantes antiguos. En Homero aparecen como habitados por sendos monstruos.

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