Sin moralidad

La responsabilidad moral, el comportamiento ético, el respeto a la conciencia, etc. (sin mencionar ya: sentimiento de culpa, arrepentimiento, pecado…) son nociones que la gente «joven» hoy día no entiende. Ante cualquier hecho o comportamiento inmoral como piratear, defraudar, etc., nadie lo cataloga bajo una perspectiva de conciencia ética, a lo sumo de legalidad. Si te atreves y haces alguna alusión referente a su inmoralidad, la gente te mira como si fueras un extraterrestre.

Es obvio que vamos camino de una pérdida de ley, de ley moral, claro, porque lo que es de leyes, normales, reglamentos, decretos y ordenanzas vamos bien sobrados;  abundan por doquier: los políticos a diario no hacen otra cosa que inventarse leyes. Tal vez, y en parte, sea por paliar aquella carencia: la de la ley natural y la ausencia del dictamen de la conciencia desaparecida.

 

Si no hay moral, si la conciencia que limita la impunidad no existe, si no hay ningún control interior ético, ninguna responsabilidad, Alguien ante quien responder, entonces todo está permitido. ¿Cómo restringir esto tan fundamental para la convivencia y el orden social? Por la ley. Luego, quien haga la ley sustituye a la conciencia moral y a la ley natural. Y, claro, habrá que legislarlo todo, hasta los más mínimos detalles, habrá que meterse en la vida íntima del ser humano, en todas sus facetas… ¿Y quien hará la ley? El Estado, el gobierno de turno.

 

Es obvio que el mundo, con tantas leyes, está organizado como nunca, no ya ordenado, sino megaordenado, asfixiantemente ordenado, la vida de la gente está más ordenada que el tráfico en las calles. Pero a nivel humano, de la conducta autónoma y madura de la gente, no es así, reina el desorden y el caos; no hay patrón de conducta, ni principios ni valores morales de ningún tipo, que llenen de contenido la voluntad de la persona. Cada cual se comporta como le viene en gana, sin importar sin tal acción es digna de él, si es virtuosa o viciosa, si le eleva y engrandece como persona o si le humilla y le empequeñece, si le hace más noble o le envilece.

 

A nivel moral impera el capricho, la voluntad sometida al deseo, el instinto del placer. Y esto -y aquí viene lo grave- trae sus consecuencias: el egoísmo se hace el dueño de la voluntad de la persona, la gobierna y esclaviza; a lo que sigue una pérdida notable en la capacidad de amar y en la quiebra de una sana convivencia.

 

ACTUALIDAD CATÓLICA

 


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