
Es obvio que, según algunos indicadores, el diablo va ganando terreno. Y esto resulta más que preocupante, alarmante.
Este carisma de la fe no es renunciable. Ningún profeta, por más que lo intentaba, podía zafarse ante Dios de llevar a cabo su misión. Jonás, Amós, Jeremías… son claro ejemplo de ello. También el mismo Jesús, profeta de profetas.
«El amo tuvo que reconocer que su mal administrador había procedido con habilidad. Pues los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios que los que pertenecen a la luz«. (Lc 16,8).
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Algo hay que no va como se supone que debería ir. La mediocridad existencial del ser humano de actual es apabullante. No hay honor, no hay amor a la verdad, no hay moral, no hay grandeza, no hay genio creador, no hay aspiración a lo más sublime y elevado; se vive para nada, sin trascendencia, sometidos a la efímera transitorialidad de los placeres fugaces.

Nos hallamos inmersos en una atmosfera gris, tóxica… para el alma humana. Se quiera reconocer o no, lo cierto es que el ambiente se ha convertido en irrespirable para los pulmones del espíritu humano. Nos hallamos en un entorno social o contexto cultural mundanizado, que hace imposible el desarrollo de una sana sensibilidad espiritual y un engrandecimiento interior de las personas.
