
El cristiano está llamado a ser signo de contradicción en medio del mundo. Si no es así, que se pregunte que algo no está haciendo bien con su fe; es decir, que lo que realmente contradice es su ser cristiano, pues no se ajusta a los pasos de quien dice seguir: Jesucristo, «signo de contradicción» (Lc 2,34).
Según la profecía del viejo Simeón, el niño que María y José llevaron al templo para la Purificación, estaba destinado a ser, eternamente, «signo de contradicción». Lo mismo ocurrirá con todos aquellos que, al elegir serle fieles, serán partícipes de su mismo destino.
La Cristofobia se extiende por toda la tierra como una espesa niebla. Una temible vorágine pseudorreligiosa que actúa en el mundo, arrastrando consigo a millones de personas de todas las clases sociales, políticas y culturales, se afana en una feroz persecución de la religión cristiana. La gente aborrece a los cristianos sin saber muy bien por qué, sin haber recibido agravios de ellos; son simplemente signo de contradicción, portadores de verdades salvadoras, contra las que la gente en general no pueden confrontarse y les resulta insoportables, presa de sus demonios -inclinaciones, pasiones, vicios, egoísmos, pecados, etc.- y bajo el peso de una existencia vacía y sin sentido que soslayan a duras penas por un vivir desenfrenado, inconsistente y sin esperanza. Así está escrito: el verdadero seguidor de Cristo, tarde o temprano, termina siendo “signo de contradicción”[1], igual que Jesús. De modo que esto no hay quien lo soporte -rechinan los dientes-, y hay que destruirlo.
A pesar de esta verdad incómoda que implica el inevitable ser «signo de contradicción», de esta dolorosa realidad que se traduce en padecimientos punzantes, los que se mantengan fieles Cristo y su Iglesia no perderán la valentía ni la confianza, que se fundamenta en el consuelo de las palabras de Jesucristo: “Dichosos ustedes cuando por causa mía los maldigan, los persigan y les levanten toda clase de calumnias. Alégrense y muéstrense contentos, porque será grande la recompensa que recibirán en el Cielo”[2]. Lo mismo ocurrirá con todos aquellos que, al elegir serle fieles, serán partícipes de su mismo destino.
No hay posibilidad de un “arreglo”, ni tan siquiera de “lucha”, sólo cabe lugar a la persecución, sin posibilidad de responder; todas las respuestas están selladas, tan sólo queda la de Jesús: la del Cordero llevado al matadero. La manera de lograr la victoria sobre Satanás y sus secuaces será el testimonio de la sangre. Esto requiere de una fe, de un coraje, de una humildad…, que solo la gracia divina puede otorgar. Solo quien viva de ella, puede seguir adelante, tras los pasos del Señor y «Signo de contradicción!.
Allí donde todos están de acuerdo, la sospecha de que Cristo esté lejos es inmediata (para decirlo como un Padre antiguo: «Quien ame a todos se salvará, pero quien quiera ser amado por todos, no se salvará«.
El «signos de contradicción» se constituye en elemento de división, en la raya que separa de la confusión, como la luz de la sombra.
Si esto no sucede es que algo -la vivencia de nuestra fe- no lo estamos haciendo bien.
«Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron.» (Mt 5,11-12).
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[1] Lc 2,34.
[2] Mt 5,11.
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