«Señor, no soy digno de que entres en mi casa»

En el Evangelio (Mt 8,5-17) de la liturgia de hoy, 27 de junio, se nos relata el milagro de curación que Jesús realiza a un criado enfermo gravemente; por la intercesión de su amo, un oficial romano. 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 8,5-17:

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: «Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho.»
Jesús le contestó: «Voy yo a curarlo.»
Pero el centurión le replicó: «Señor, no soy quién para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: «Ve» y va; al otro: «Ven», y viene; a mi criado: «Haz esto», y lo hace.»
Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, a los ciudadanos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.»
Y al centurión le dijo: «Vuelve a casa, que se cumpla lo que has creído.»
Y en aquel momento se puso bueno el criado.

Al llegar Jesús a casa de Pedro, encontró a la suegra en cama con fiebre; la cogió de la mano, y se le pasó la fiebre; se levantó y se puso a servirles.
Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él, con su palabra, expulsó los espíritus y curó a todos los enfermos. Así se cumplió lo que dijo el profeta Isaías: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades.»

 

Esta es la frase plena de humildad y fe de un centurión romano, pronunciada hace 20 siglos en un rincón del mundo, en Cafarnaúm, junto al mar de Galilea, y que ha pasado a la historia: cada día desde entonces, en las misas de todo el mundo, se cita antes de recibir al Señor en la Eucaristía.

A Jesús le impactó la fe de ese extranjero: «en Israel no he encontrado en nadie tanta fe». Lo cual nos recuerda otro echo milagroso relatado en san Mateo (15,21-28)[1]. En que Jesús libera de una posesión diabólica de una hija por la intercesión de su madre, una muer extrajera, era griega, una fenicia de Siria. La madre al igual que el centurión muestra una humildad y una fe extraordinaria, que maravilla a Jesús: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». En aquel momento quedó curada su hija.

Jesús mostró así que el Reino de Dios, y sus efectos, no eran negados al resto del mundo, sino que se podían beneficiar todos, no solo el pueblo elegido. La fe todo lo puede, sobrepasa barreras, fronteras y prejuicios. Aquí Jesús abrió las puertas del Reino a la universalidad de todos los seres humanos.

«Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel, este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones (cf. Mt 8,11). Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 543)

 

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Palabras del papa Francisco

(Homilía en la Santa Misa con motivo del Jubileo de los Diáconos, 29 de mayo de 2016)

El Evangelio de hoy nos habla de servicio, mostrándonos dos siervos, de los que podemos sacar enseñanzas preciosas: el siervo del centurión, que regresa curado por Jesús, y el centurión mismo, al servicio del emperador. Las palabras que este manda decir a Jesús, para que no venga hasta su casa, son sorprendentes y, a menudo, son el contrario de nuestras oraciones: «Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo» (Lc 7,6); «por eso tampoco me creí digno de venir personalmente» (v.7); «porque yo también vivo en condición de subordinado» (v. 8). Ante estas palabras, Jesús se queda admirado. Le asombra la gran humildad del centurión, su mansedumbre. Y la mansedumbre es una de las virtudes de los diáconos. Cuando el diácono es manso, es siervo y no juega a «imitar» al sacerdote, es manso. Él, ante el problema que lo afligía, habría podido agitarse y pretender ser atendido imponiendo su autoridad; habría podido convencer con insistencia, hasta forzar a Jesús a ir a su casa. En cambio se hace pequeño, discreto, manso, no alza la voz y no quiere molestar. Se comporta, quizás sin saberlo, según el estilo de Dios, que es «manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). En efecto, Dios, que es amor, llega incluso a servirnos por amor: con nosotros es paciente, comprensivo, siempre solícito y bien dispuesto, sufre por nuestros errores y busca el modo para ayudarnos y hacernos mejores. Estos son también los rasgos de mansedumbre y humildad del servicio cristiano, que es imitar a Dios en el servicio a los demás: acogerlos con amor paciente, comprenderlos sin cansarnos, hacerlos sentir acogidos, a casa, en la comunidad eclesial, donde no es más grande quien manda, sino el que sirve (cf. Lc 22,26). Y jamás reprender, jamás. Así, queridos diáconos, en la mansedumbre, madurará vuestra vocación de ministros de la caridad.

En el relato se dice que era muy querido por su dueño y que estaba enfermo, pero no se sabe cuál era su grave enfermedad (v.2). De alguna manera, podemos reconocernos también nosotros en ese siervo. Cada uno de nosotros es muy querido por Dios, amado y elegido por él, y está llamado a servir, pero tiene sobre todo necesidad de ser sanado interiormente. Para ser capaces del servicio, se necesita la salud del corazón: un corazón restaurado por Dios, que se sienta perdonado y no sea ni cerrado ni duro. Nos hará bien rezar con confianza cada día por esto, pedir que seamos sanados por Jesús, asemejarnos a él, que «no nos llama más siervos, sino amigos» (cf. Jn 15,15). Queridos diáconos, podéis pedir cada día esta gracia en la oración, en una oración donde se presenten las fatigas, los imprevistos, los cansancios y las esperanzas: una oración verdadera, que lleve la vida al Señor y el Señor a la vida. Y cuando sirváis en la celebración eucarística, allí encontraréis la presencia de Jesús, que se os entrega, para que vosotros os deis a los demás.

 

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Catena Aurea

 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 22

Después que el Señor había enseñado a sus discípulos en el monte y sanado en la falda de éste al leproso, vino a Cafarnaúm en virtud de un misterio, porque, después de haber limpiado a los judíos, vino a donde estaban los gentiles.

Haymo

Cafarnaúm -que significa villa de la abundancia, campo de la consolación- representa a la Iglesia que se había de formar de los gentiles, la cual está llena de abundancia espiritual, según aquellas palabras del Salmo: «Quede mi alma bien llena de ti como de un manjar pingüe y jugoso» ( Sal 62,6). Y entre las aflicciones del mundo se consuela con las cosas del cielo, según las palabras del salmo: «Tus consuelos han alegrado mi alma» ( Sal 93,18). Por lo que se dice: «Y habiendo entrado en Cafarnaúm, se acercó a El un centurión».

San Agustín, sermones 62,4

Este centurión era de los gentiles: ya en la Judea había soldados del Imperio Romano.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 22

Este centurión es el fruto primero de los gentiles, en comparación de cuya fe se considera como infidelidad la fe de los judíos. No había oído la predicación de Jesucristo, ni visto la curación del leproso. Pero habiendo oído contar esta curación, creyó más que lo que oyó, viniendo a ser el misterio o figura que representaba la futura conversión de los gentiles, quienes no habían leído la ley ni los profetas respecto de Cristo, ni habían visto al mismo Jesús hacer milagros. Se acercó, pues, el centurión a Jesús rogándole y diciéndole: «Señor, mi siervo está postrado en casa, paralítico y reciamente atormentado». Veamos aquí la bondad del centurión, que tanta solicitud mostraba por la salud de su siervo, como si ningún daño de dinero, sino de salud, hubiera de experimentar con la muerte de aquél. No veía diferencia alguna entre el siervo y el señor, porque aunque la dignidad sea diferente entre ellos según el mundo, la naturaleza de ambos es igual. Veamos también aquí la fe del centurión, el cual no dijo: «Ven y sánalo», porque, habiendo llegado allí, estaba presente en todas partes, e igualmente su sabiduría, porque no dijo: «Sánale desde aquí». Sabía, pues, que tenía poder para hacerlo, sabiduría para comprenderle y caridad para oírle. Por lo tanto se limitó a exponer la enfermedad, dejando el remedio de la curación al arbitrio de su misericordia, diciendo: «Y es reciamente atormentado». En esto manifiesta que le amaba, pues el que ama a uno que está enfermo, siempre cree que el mal que padece es de mayor gravedad que el que realmente tiene.

Rábano

Bajo la presión del dolor y el gemido articulaba estas palabras: «Postrado, paralítico, atormentado», con el fin de manifestar las grandes aflicciones de su alma y conmover al Señor. Así deben compadecerse todos de sus criados y tener cuidado de ellos.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom.26,1

Dicen algunos que se expresó así para excusarse de no haberlo llevado consigo. No era posible traer al que sufría, porque se encontraba con las últimas angustias para expirar y yo digo que ésta es señal de una gran fe, porque, como sabía que una sola orden bastaba para curar al enfermo, estimaba superfluo conducirle hasta allí.

San Hilario, homiliae in Matthaeum, 7

En sentido espiritual pueden llamarse gentiles los enfermos de este mundo, debilitados por las enfermedades de los pecados, cayendo de todas partes sin fuerza sus miembros, incapaces de poderse tener de pie e inútiles para la marcha. El misterio de su conversión se halla en la curación del siervo del centurión, de aquél de quien ya hemos dicho bastante que era el príncipe de las gentes que habían de creer. Quién sea este príncipe lo dice el cántico de Moisés en el Deuteronomio ( Dt 32,8), donde por cierto dice: «Constituyó como término de las gentes el número de los ángeles del Señor».

Remigio

Se consideran como semejantes al centurión los que creyeron primero de entre los gentiles y se perfeccionaron en sus virtudes. Se llama centurión el que manda a cien soldados, y el número ciento es un número perfecto. Con toda propiedad, pues, ruega el centurión por su siervo, porque las primicias de los gentiles intercedieron para con Dios por la salvación de toda la gentilidad.

San Jerónimo

Viendo el Señor la fe, la humildad y la prudencia del centurión, le ofreció inmediatamente que iría y sanaría al siervo. Por lo tanto, sigue: «Y le dijo Jesús: Yo iré y lo sanaré».

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom.26,1

Lo que nunca había hecho Jesús lo hizo ahora. En todas partes sigue la voluntad de los que suplican, aquí la excede. No sólo ofreció curarlo, sino también ir a su casa. Hizo esto para que conozcamos la virtud del centurión.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 22

Si El no hubiese dicho: «Yo iré y le sanaré», el centurión no hubiera respondido: «No soy digno». Además, prometió ir porque se pedía para un siervo, a fin de enseñarnos que no debemos complacer a los grandes y despreciar a los pequeños, sino que igualmente debemos complacer a pobres y a ricos.

San Jerónimo

Así como admiramos la fe en el centurión, porque creyó que el paralítico pudo ser curado por el Salvador, así se manifiesta también su humildad, en cuanto se considera indigno de que el Señor entre en su casa, y por ello sigue: «Y respondiendo el centurión, dijo: Señor, no soy digno de que entres en mi casa».

Rábano

Sin duda creyó el centurión que más bien debía ser rechazado por el Salvador por ser gentil, que no ser complacido, porque aunque ya estaba lleno de fe, todavía no había recibido sacramentos.

San Agustín, sermones, 62,1

Considerándose como indigno apareció como digno, no de que entrase el Verbo entre las paredes de su casa, sino en su corazón. Y no hubiera dicho esto con tanta fe y humildad si no hubiese llevado ya en su corazón a Aquel de quien temía que entrase en su casa, pues no era una gran felicidad que Jesús hubiese entrado en su casa y no en su pecho.

Crisologus, serm. 102

Místicamente hablando, por techo se entiende el cuerpo que cubre al alma y que encierra en sí la libertad de la inteligencia con la visión celeste. Pero Dios no se desdeña de entrar en nuestro corazón, ni de vivir bajo el techo de nuestro cuerpo.

Pseudo-Orígenes, hom. in liv. 5

También ahora, cuando los santos y los obispos y los sacerdotes aceptos a Dios, entran en tu casa, entra Dios en ella por medio de ellos. Considéralos como si recibieses al mismo Dios. Cuando comes la Carne y bebes la Sangre del Señor, entonces el Señor entra en tu casa. Y tú, humillándote a ti mismo, di: «Señor, no soy digno», etc. Cuando entra en el que no es digno, entra para juzgarlo.

San Jerónimo

La prudencia del centurión aparece en que ve a través del Cuerpo del Salvador a la divinidad que en El se encontraba oculta, y por eso añade: «Pero mándalo con tu palabra y será sano mi siervo».

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 22

Sabía, pues, que los ángeles estaban allí asistiéndole invisiblemente, convirtiendo en obras todas sus palabras, y que, aunque los ángeles cesasen, las enfermedades no podían resistir a sus palabras de vida.

San Hilario, homiliae in Matthaeum, 7

Dice también el centurión que su siervo puede ser curado solamente con la palabra, porque toda la salvación de los gentiles procede de la fe, y la vida de todos consiste en el cumplimiento de los preceptos del Señor, y por esto continúa diciendo: «Pues también yo soy hombre, sujeto a otro, que tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace».

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 22

Por inspiración del Espíritu Santo insinúa el misterio del Padre y del Hijo, como si dijese: «Aun cuando yo estoy bajo el dominio de otro, sin embargo, tengo poder para mandar a los que están debajo de mí. Y así tú, aun cuando estás bajo la potestad del Padre, esto es, en cuanto hombre, tienes no obstante la potestad de mandar a los ángeles». Pero acaso dice Sabelio, queriendo manifestar que son una misma cosa el Padre y el Hijo, que así debe entenderse esto: «Si yo que estoy bajo potestad puedo mandar, ¿cuánto más Tú que no estás bajo la potestad de otro?». Pero esta explicación no la admite el texto, porque no dijo: «Si yo, hombre, estoy bajo potestad», sino que dijo: «Porque también yo, hombre, sujeto a otros». En esto manifiesta que no estableció comparación entre él y Jesucristo, sino que introdujo una razón de semejanza.

San Agustín, sermones 62,4

Si yo, que estoy bajo potestad, tengo poder de mandar, ¿cuánto podrás Tú, a quien sirven las potestades?

Glosa

Puedes por medio de los ángeles, sin necesidad de presentarte personalmente, decir a la enfermedad que se retire y se retirará, y a la salud que venga y vendrá.

Haymo

Por súbditos del centurión pueden entenderse las virtudes naturales, en las que abundan muchos de los gentiles o bien los pensamientos buenos o malos. Digamos a los malos que se retiren y se retirarán, llamemos a los buenos para que vengan y vendrán, y también a nuestro siervo, esto es, a nuestro cuerpo, que se sujete a la voluntad divina.

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,20

A lo que dice aquí San Mateo parece que contradice lo que dice San Lucas: «Habiendo oído de Jesús, el centurión envió a El unos ancianos de los judíos, rogándole que viniese a sanar a su criado» ( Lc 7,3). Y más adelante: «Cuando ya estaba cerca de la casa le envió el centurión unos amigos, diciéndole: Señor, no te tomes este trabajo, que no soy digno de que entres en mi casa» ( Lc 7,6).

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 26,2

Algunos dicen que este caso y aquél no son uno mismo, lo cual no carece de probabilidad, porque del uno se ha dicho:»Construyó nuestra sinagoga y ama a la gente» ( Lc 7,5), y de éste dice el mismo Jesús: «Ni en Israel hallé tanta fe». En lo que parece que aquél era judío. A mí me parece que aquél y éste son uno mismo, y que cuando San Lucas dice que envió para que viniera, insinuó el espíritu de adulación de los judíos. Es conveniente, pues, creer que el centurión, queriendo ir, fue retraído por las instancias oficiosas de los judíos, diciéndole que irían y le traerían con ellos. Mas cuando se vio libre de la importunidad de aquéllos, entonces envió a decirle: «No creas que no he venido a buscarte por pereza, sino porque me he creído indigno de recibirte en mi casa». En cuanto a lo que dice San Mateo de que no le mandó a decir esto por medio de sus amigos, sino que se lo dijo por sí mismo, ninguna contradicción hay. En uno y otro caso se expresa el deseo de aquel hombre, y se manifiesta que tenía concebida una buena opinión respecto del Salvador. Es muy conveniente creer aquí que el centurión, después que mandó a sus amigos, se lo dijo por sí mismo cuando venía. Si San Lucas no dijo esto ni San Mateo dijo aquéllo, no se contradicen, sino que completan lo que habían dejado por decir uno y otro.

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,20

San Mateo, para llegar a esta alabanza que el Salvador hace del centurión: «No hallé tanta fe en Israel», nos dio el compendio del acceso del centurión al Señor, hecho por medio de otras personas, mientras que San Lucas refiere todos los detalles del hecho tal cual tuvieron lugar, para obligarnos a comprender la manera con que el centurión se acercó al Salvador, que nos refiere San Mateo que no pudo engañarse.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 26,2

Ni tampoco hay contradicción entre lo que dice San Lucas de que fabricó una sinagoga, y que no era israelita, porque es posible que, sin ser judío, hubiese fabricado una sinagoga y que amase la gente.

 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 26,3

Así como lo que había dicho el leproso, hablando de la potestad de Jesucristo: «Si quieres, puedes curarme», se confirma con la palabra del Salvador que dice: «Quiero, sé limpio», así también aquí, no sólo no inculpó al centurión por lo que dijo de su potestad, sino que le elogió. Hizo más todavía, y el evangelista, significando la intensidad de la alabanza, dice: «Oyéndolo Jesús…»

Pseudo-Orígenes, hom. in liv. 5

Considera qué y cuánto es lo que admira el Unigénito de Dios. El oro, las riquezas, los reinos, los principados, son en su presencia como una sombra o una flor que se cae. Ninguna de estas cosas es admirable en la presencia de Dios, como grande o preciosa, sino solamente la fe. A ésta la admira honrándola, a ésta la estima digna de su agrado.

San Agustín, super Genesim contra Manichaeos, 1, 8

¿Quién puede decirse que había infundido la fe en el centurión, sino el mismo que la admiraba? Y si era otro el que la había infundido, ¿cómo la admiraba Aquel que todo lo sabe? El Señor admira para enseñarnos lo que debemos admirar nosotros, que aun necesitamos ser movidos así. Por lo demás, estas emociones no anunciaban en El la perturbación del alma, sino que constituían parte de su enseñanza.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 26,3

Por lo que se dice que se admiró en presencia de todo el pueblo, para dar ejemplo a los demás, a fin de que admirasen también. Sigue, pues: Y a los que le seguían les dijo: «En verdad os digo».

San Agustín, contra Faustum 22, 74

Alabó la fe de aquél, pero no le mandó dejar la milicia.

San Jerónimo

Habla de los contemporáneos, no de los pasados patriarcas y profetas.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 22

Creyó Andrés, pero diciendo San Juan: «He aquí el Cordero de Dios» ( Jn 1,36); creyó San Pedro, pero evangelizándole Andrés; creyó Felipe, pero leyendo las Escrituras; y Nathanael recibió primero una prueba de la divinidad, y así ofreció la confesión de su fe.

Pseudo-Orígenes, hom. in liv. 5

Jairo, príncipe de Israel, pidiendo por su hija, no dijo: «Di con tu palabra», sino: «Ven inmediatamente» ( Mc 5,23). Nicodemo, oyendo hablar del misterio de la fe, dice: «¿Cómo puede ser esto?» ( Jn 3,9). María y Marta dicen: «Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no hubiese muerto» ( Jn 11,32). Como dudando de que el poder de Dios pudiese estar presente en todas partes.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 22

O si queremos considerar a éste como mejor creyente que los apóstoles, deben entenderse las palabras de Jesucristo en el sentido de que cualquier obra buena de un hombre se alaba según la cualidad de la persona que la hace. Es una cosa grande el que un hombre simple diga algo que parezca propio de la sabiduría, lo cual no es admirable cuando lo dice un filósofo. En ese sentido se ha dicho del centurión: «No he hallado tanta fe en Israel».

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 26,4

No era igual que creyese un judío o que creyese un gentil.

San Jerónimo

O acaso en el centurión la fe de los gentiles se prefiere a la de los israelitas, y por eso añade: «Os digo que vendrán muchos de Oriente», etc.

San Agustín, sermones, 62,6

No dice todos, sino que muchos vendrán de Oriente y de Occidente. Con estas dos partes se designa todo el mundo.

Haymo

O vendrán del Oriente los que en el momento que son iluminados se convierten y del Occidente los que sufrían persecución por la fe hasta la muerte; o bien viene del Oriente el que empieza a servir a Dios desde la infancia y del Occidente el que se convierte a Dios en la ancianidad.

Pseudo-Orígenes, hom. in liv. 5

¿Mas cómo dice en otro lugar que son pocos los escogidos? En cada generación son pocos los escogidos, pero reunidos el día del juicio se verá que son muchos. Prosigue: «Y se recostarán, no extendiendo su cuerpo, sino descansando espiritualmente; no bebiendo temporalmente, sino gozando de los fines eternos, con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos, donde se encuentran la luz, la alegría, la gloria y la longevidad de la vida eterna».

San Jerónimo

Porque el Dios de Abraham, Creador del cielo, es Padre de Jesucristo. En el Reino de los Cielos se encuentra Abraham con quien descansarán las naciones que creyeron en Jesucristo, Hijo del Creador.

San Agustín, sermones, 62,6

Así como vemos a los cristianos, llamados al convite celestial, donde se encuentra el pan de la santidad y la bebida de la sabiduría, también vemos a los judíos reprobados en la siguiente frase: «Mas los hijos del reino serán arrojados a las tinieblas exteriores». Esto es, los judíos, que recibieron la ley, que celebran en sus figuras los misterios futuros que, una vez presentes, no reconocieron.

San Jerónimo

O llama a los judíos hijos del reino, porque Dios ha reinado antes en ellos.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 26,4

O llama hijos del reino, a aquellos para quienes estaba el reino preparado, lo cual los estimulaba más.

San Agustín, contra Faustum, 16, 24

Si, pues, Moisés no ha recomendado al pueblo de Israel otro Dios que el de Abraham, Isaac y Jacob, y Jesucristo recomienda el mismo, no puede acusársele de haber intentado apartar aquel pueblo de su Dios. Precisamente, si los amenaza con que irán a las tinieblas exteriores es porque los veía apartados de su Dios, en el reino del cual dice que todas las gentes, llamadas de todo el mundo, descansarán con Abraham, Isaac y Jacob ( Ex 3), no por otro motivo que por haber tenido la fe del Dios de Abraham, de Isaac y Jacob. El testimonio que aquí les da el Salvador, no supone que no hayan sido enmendados en su muerte ni justificados después de su pasión.

San Jerónimo

Se llaman tinieblas exteriores porque el que es arrojado por Dios afuera, deja la luz.

Haymo

Manifiesta que habrán de padecer allí cuando añade: «Allí será el llanto y el crujir de dientes». Con la metáfora de los miembros describe las penas de los tormentos. Cuando los ojos son afectados por el humo producen lágrimas, y los dientes rechinan cuando hace demasiado frío. Se manifiesta, pues, que los réprobos en el infierno sufrirán un calor y un frío intolerables, según aquellas palabras de Job: «Pasarán de las aguas de nieve al excesivo calor» ( Job 24,19).

San Jerónimo

Si, pues, el llanto es propio de los ojos, y el rechinar de dientes representa los huesos, es verdadera la resurrección de los cuerpos y de aquellos miembros que murieron.

Rábano

El rechinar de los dientes es efecto de la indignación, porque cuando cada uno se arrepiente tarde, tarde también se enfurece por haber delinquido con tan persistente iniquidad.

Remigio

O de otro modo, llama tinieblas exteriores a las naciones extranjeras, pues en cuanto al punto de vista histórico, el Señor anuncia aquí la ruina de los judíos, quienes a causa de su infidelidad habrían de ser llevados cautivos y ser dispersados por las diversas naciones de la tierra. El llanto suele nacer del fuego, y el rechinar de dientes del frío. Se atribuye el llanto a aquellos que habitan en los países más cálidos, como en la India y en la Etiopía; mas el rechinar de dientes es propio de aquellos que viven en los países más fríos, como son la Hircania y la Escitia.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 26,5

A fin de que nadie pensase que lo que el Salvador había dicho al centurión, no era sino una vana adulación, hace milagros como sigue: «Y dijo Jesús al centurión: ve, y como creíste, así se haga».

Rábano

Como si dijese: «Según la medida de tu fe, se te medirá esta gracia. Puede, por consiguiente, el mérito del Señor ayudar a sus siervos, no sólo por razón de la fe sino también por el cumplimiento de la ley, de donde sigue: «Y fue sano el siervo en aquella hora».

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom., 26,5

Debe admirarse la prontitud. No solamente el curar, sino también el modo impensado y el momento de tiempo en que Jesucristo hace esto, manifiesta su gran poder.

San Agustín, sermones 62,4

Así como el Señor no entró con el cuerpo en la casa del centurión, sino que ausente de cuerpo y presente con la majestad, sanó al mismo muchacho, así en el solo pueblo judío estuvo con el cuerpo, porque en las demás naciones ni nació de la Virgen, ni padeció, ni mostró enfermedad alguna, ni hizo milagros, y sin embargo se cumplió lo que se había dicho: «El pueblo que no me conoció, me sirvió, y al oír hablar de mí, me obedeció» ( Sal 17,46). La nación judía conoció y crucificó; las demás naciones de la tierra oyeron y creyeron.

 

Rábano

Después que manifestó San Mateo en el leproso la curación de todo el género humano, y en el siervo del centurión la del pueblo gentil, consiguientemente por medio de la suegra de San Pedro, designa la curación de la sinagoga, y por esto dice: «Habiendo llegado Jesús a la casa de Pedro». Primero habla del siervo, porque fue mayor el milagro, y mayor la gracia en el gentil convertido o porque al fin del mundo la sinagoga habrá de convertirse en absoluto, cuando hayan entrado todas las gentes en el reino de Dios. La casa de San Pedro, estaba en Betsaida.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 27,1

Pero, ¿por qué entró en la casa de Pedro? Me parece que a comer, porque se añade: «Y se levantó y los servía». Se detenía en casa de sus discípulos para honrarlos y hacerlos con esto más ansiosos. Considera el respeto de San Pedro para con Jesucristo. Teniendo a su suegra en casa con calentura, no le hizo venir a ella, sino que esperó que terminase la predicación de la doctrina y que se curasen otros. Había aprendido desde el principio a dar la preferencia sobre sí a todos los demás. Así es que ni siquiera le hace una indicación, sino que el Señor fue espontáneamente, después que dijo el centurión: «No soy digno de que entres en mi casa», manifestando cuánto distinguía a su discípulo. No se creyó rebajado al entrar bajo el techo de un pobre pescador, para enseñarnos a conculcar en todo el orgullo humano. Unas veces cura con su sola palabra y otras extiende además la mano como en esta ocasión dice el sagrado texto: «Y tocó su mano». No siempre quería hacer milagros sobreabundantes, le convenía ocultarse alguna vez. Tocando el cuerpo, no sólo curó la fiebre, sino que también le concedió una salud completa. Cuando la enfermedad era curable, en el modo de curar manifestaba su poder, haciendo lo que no puede hacer la medicina, esto es, restituyendo al mismo tiempo la salud completa, por lo que el evangelista, entendiendo esto así, dice: «Y se levantó, y los servía».

San Jerónimo

La naturaleza de los hombres es tal que después de haber pasado una enfermedad, parece que están peores que durante ella, y cuando empieza la convalescencia, es precisamente cuando se siente más la enfermedad, pero la salud que se concede por el Señor, se concede toda a la vez.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 27,1

En esto que se dice, de que se levantó y los servía, se manifiesta el poder de Dios y la disposición que aquella mujer mostraba hacia Jesucristo.

Beda

Místicamente hablando, la casa de San Pedro representa la ley y la circuncisión, la suegra figura la sinagoga, que en cierto modo es la madre de la Iglesia, confiada a Pedro. Aquélla estaba enferma, porque sufría la calentura de la envidia, persiguiendo a la Iglesia, cuya mano toca el Señor cuando convierte sus acciones terrenas en costumbre espiritual.

Remigio

También puede entenderse, que la suegra de San Pedro representa la ley que, según el apóstol, estaba enferma según la carne, esto es, la inteligencia carnal. Pero cuando el Señor, por el misterio de la encarnación, apareció visiblemente delante de la sinagoga, cumplió la ley con sus obras y enseñó la manera de entenderla en sentido espiritual. Asociada luego a la gracia del Evangelio, adquirió tanta fuerza que se convirtió de dispensadora de la muerte y de la pena, en ministra de la vida y de la gloria.

Rábano

Toda alma que vive bajo el dominio de las concupiscencias de la carne, se encuentra como el que padece fiebre. Pero tocada por la mano de la misericordia divina, convalece y enfrena las pasiones de la carne, por medio de la continencia, y con los mismos miembros con que servía a la inmundicia, sirve ahora a Dios.

San Hilario, homiliae in Matthaeum, 7

En la suegra de San Pedro puede decirse también que estaba representada la viciosa afección de la infidelidad, a la que va unida la libertad de la voluntad, que nos une a sí, con cierto lazo conyugal. Luego con la entrada del Señor en la casa de Pedro (esto es, en el cuerpo), se cura la infidelidad de los pecados, que arde con vehemencia y libre del yugo de los vicios, se consagra el alma al servicio de Dios.

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2, 21

Cuándo fue obrado este milagro (esto es, después de qué o antes de qué) no lo dice San Mateo. No puede decirse que este hecho aconteció necesariamente después de lo que había referido. Se comprende, sin embargo, que ha recopilado aquí lo que antes había omitido. San Marcos ( Mc 1,29-31) lo coloca antes de la curación, que refiere del leproso, y que parece le pone inmediatamente después del sermón del monte, que omite. San Lucas ( Lc 4 39-39) también coloca esta curación de la suegra de Pedro después de la misma circunstancia que San Marcos. Le interpuso antes de un sermón muy largo del Salvador, y que puede creerse sea el mismo que San Mateo dice que predicó el Señor en el monte. ¿Pero qué importa el lugar u orden de los hechos? ¿Qué importa que un evangelista ponga ahora lo que acababa de omitir, o que ponga antes lo que era posterior, con tal que el hecho, así colocado, no se oponga en nada a otro hecho, referido por él o por otro? No está en la potestad de cada uno el recordar oportunamente las cosas conocidas, por el mismo orden que sucedieron. Es bastante que cada evangelista crea que debe contar las cosas por el orden con que Dios se dignó recordarle lo que ya sabía, por lo que, cuando no aparece el orden de los tiempos, nada debe interesarnos, puesto que cada uno de ellos tenía su modo de ordenar la narración.

 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 27,2

Como el número de creyentes ya había aumentado, y no querían separarse de Jesucristo en ningún tiempo, le traen por la tarde los enfermos. Y por ello se dice: «Y siendo ya tarde, le presentaron muchos que estaban poseídos del demonio».

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,22

En cuanto a lo que dice: «Y siendo ya tarde», indica suficientemente que esto se refiere al tiempo del mismo día, aun cuando no sea necesario que estas palabras: «Y siendo ya tarde», se tomen por la tarde de aquel mismo día.

Remigio

Jesucristo, Hijo de Dios, autor de la salvación humana, fuente y origen de toda piedad, daba a todos una medicina celeste. Por ello sigue: «Y arrojaba a los espíritus con la palabra, y curaba a todos los que estaban enfermos». Lanzaba a los demonios y curaba las enfermedades con sola la palabra, para demostrar con estas señales y virtudes que El había venido para salvar a todo el género humano.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 27,1

Fijémonos en las muchas curaciones que omiten los evangelistas, no refiriendo a cada uno de los curados, sino manifestando con una sola palabra una inmensidad inefable de milagros. Mas para que por la grandeza del prodigio no se ponga en tela de juicio, si curó tanta gente y varias enfermedades en un solo momento, trae en su apoyo al profeta, que da testimonio de todas estas cosas que se hacían, diciendo: «Para que se cumpliese lo que se ha dicho por el profeta Isaías, que dice: El mismo tomó nuestras enfermedades «.

Rábano

No para tenerlas El, sino para quitárnoslas y llevó nuestras flaquezas, para que lo que nosotros no podíamos llevar, a causa de la debilidad de nuestras fuerzas, lo llevase El por nosotros.

Remigio

Tomó la debilidad de la naturaleza humana para hacer fuertes y robustos a los que éramos débiles.

San Hilario, homiliae in Matthaeum, 7

Y con la pasión de su cuerpo (según lo que habían dicho los profetas) asumió todas las debilidades de la humana flaqueza.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom 27,2

Parece que el profeta más bien dijo esto, refiriéndose a los pecados.¿Cómo, pues, el evangelista lo ha entendido de las enfermedades? Porque o quiso adaptar ese testimonio a la historia, o hacer ver que muchas enfermedades reconocen como causa los pecados de las almas, y que la misma muerte reconoce como principio el pecado.

San Jerónimo

Debe tenerse en cuenta que todos se curan, no por la mañana, ni al mediodía, sino a la caída de la tarde, cuando el sol va a ponerse y cuando el grano de trigo muere en la tierra para producir muchos frutos.

Rábano

La postura del sol representa la pasión y muerte de Aquel, que dijo por medio de San Juan: «Todo el tiempo que estoy en el mundo, soy la luz del mundo» ( Jn 9,5), quien, mientras vivió en carne mortal, convirtió a pocos judíos. Mas apenas hubo pisado con sus pies el reino de la muerte, prometió los dones de la fe a todos los gentiles esparcidos por el mundo.

 

 

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[1] 21Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón. 22Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». 23Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando». 24Él les contestó: «Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel». 25Ella se acercó y se postró ante él diciendo: «Señor, ayúdame». 26Él le contestó: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». 27Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». 28Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». En aquel momento quedó curada su hija.

 

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