Nuestro Dios es un Dios que sana y salva

En reunión informal con unos familiares lejanos se suscitó la conversación sobre el tema de Dios. Uno de los presentes, el mayor, refiriéndose a un hecho concreto que ocurría con normalidad —de esto hará casi 70 años, allá por los años 50 del siglo pasado (XX)—, dijo:»cuando yo era joven en una ocasión un sacerdote reconvino a un paisano que trabajaba en domingo de que no debía de hacer sino que debía guardar el día de fiesta y abstenerse de trabajar y descansar».

La hija, un tanto agnóstica y en cualquier caso anticlericalista ella, añadió con un tono despectivo: «Sí, papa, eran otros tiempos… felizmente superados. Ya se sabe la Iglesia metiéndose donde no le llaman e imponiendo su voluntad…»

De los ocho que éramos, nadie añadió ni dijo nada. Pero yo, sí; me sentí picado, y comenté:

«Bueno, la verdad es que ese sacerdote de entonces pues hacia en realidad lo que hacen hoy día los inspectores de trabajo (o deberían hacer); que van por las empresas inspeccionando de que las conciliaciones de trabajo sean las establecidas por la ley y no se cometan abusos y explotaciones de los trabajadores»

Me interrumpieron:

«Hombre, no tiene nada que ver. Los unos son empleados y el otro el autónomo (labradores) que trabaja en su campo como y cuando quiere, libremente»

Yo seguí:

«La explotación puede ser sobre los trabajadores empleados o también puede ser autoexplotación. Es decir, que uno se puede explotar a sí mismo. Por entonces, o hasta entonces -e incluso hoy- , la cultura de la salud y del respeto a uno mismo no tienen en cuenta el perjuicio a la salud del cuerpo, y no digamos ya del alma. De modo que la advertencia correctiva del sacerdote venía como dice el Estatuto de los Trabajadores todo el mundo tiene el derecho a tener un descanso de día y medio, seguido, a la semana.»

«Y ¿Dios que pinta aquí?, me replicaron.

Les dije:

«Dios quiere lo mejor para nosotros. No es un Dios caprichoso, que se dedica a arbitrariamente imponer sus voluntad, sin venir a cuento o para que le adoremos y sirvamos… No. Dios cuanto hace lo hace por nuestro bien. Y el que antes que el Estatuto de los Trabajadores recogiera ese derecho y deber, el ya desde los origen lo había establecido: al séptimo día descansó. Dios, pues, no necesita de los hombres para nada, Él está completo y lo tiene todo. El solo quiere lo mejor para sus criaturas e hijos: vela por su salud, física y espiritual.

«La término salud viene del latín salus, salutis, y significa ‘salud’ ‘salvación’. Es decir, que la salud y la salvación van unidas. Y es lo que Dios hace poniendo como un mandamiento -en este caso de los llamados de la Iglesia- como es el de santificar la fiesta. Y esta es la finalidad de la actuación de aquel sacerdote de entonces. Porque en la autoexplotación se da uno de los más dañinos riesgos contra la salud de uno mismo, en el cuerpo y en el alma. Y es un pecado grave.»

 Nadie rechistó nada.

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