Era un hombre como tantos de hoy día. Poncio frisaba ya los cuarenta años, estaba casado por segunda vez, tras divorciarse; con su primera mujer tuvo un hijo, y ahora, con la actual compañera, una hija. Trabaja como funcionario de la administración de justicia y su actual mujer en un banco. Tenía doble resistencia: habitualmente vivía en una capital de provincias de provincias, y los fines de semana se trasladaba a su pequeña tierra natal, un pueblecito en la sierra, donde había reconstruir un chalecito en un parcela familiar. Poncio era un político progresista furibundo. Aunque bautizado católico, había apostatado. Decepcionado por una vida gris y llena de errores, apenas creía en nada. Era un laicista convencido, militante. Estaba por la globalización. Se tenía por un hombre moderno, actual, de su tiempo. Si tenía alguna ética, esta era relativista. Sin apenas entender el porqué y el cómo, le salía una vena de una cierta inquina anti españolista y anticatólica. Los nacionales mataron en la guerra civil a su abuelo; ello marcó el carácter de la familia.
He aquí el retrato de tantos españoles del cada día de hoy. A lo que quedaría añadir algún detalle importante que se ha incorporado últimamente al acervo común del ser de estos lares: era un hombre al que principalmente le interesaba el dinero, era egoísta y descreído, lleno de orgullo y, al mismo tiempo, de bajeza, susceptible de ser corrompido: no retrocedía ante las acciones más vergonzosas, cuando encontraba en ellas su interés, y a la vez se dejaba llevar por las supersticiones más ridículas cuando estaba en una posición difícil. Y en el fondo sentía una indisimulada insatisfacción profunda por una existencia insulsa, insuficiente y hasta extrañamente penosa.
Una día, en la sala de espera de un hospital, mientras intervenían a su hijo al que había llevado tras desfallecerse durante un partidillo de futbol, en el que tenía puesto todas sus ilusiones e incluso esperaba que le «retirara», entabló conversación con un individuo sentado a su lado, llamado Miguel, con el que se desahogó…
Después de mucho rato de escucharle, Miguel le dijo:
—Poncio, quiero contarte algo. Una vez asistí a una conferencia que impartió un intelectual y prestigioso abogado, el cual expuso: “En cierta ocasión, durante una charla que di ante un grupo de colegas, abogados, me hicieron la siguiente pregunta: `¿Qué es lo más importante que ha hecho en su vida?´ La respuesta me vino a la mente en el acto, pero no fue la que di, porque las circunstancias no eran las apropiadas. En mi calidad de profesional, sabía que los asistentes deseaban escuchar algo sobre mi trabajo. Eso que me callé y que fue lo más importante que he hecho en la vida fue lo siguiente: Comencé el día haciendo deporte con un amigo al que no había visto en mucho tiempo. Entre jugada y jugada, conversamos acerca de lo que estaba pasando en la vida de cada cual. Me contó que su esposa y el acababan de tener un bebe. Mientras jugábamos, llegó el padre de mi amigo, que consternado, le dijo que su bebe había dejado de respirar y lo habían llevado de urgencia al hospital. Mi amigo se marcho de inmediato con su padre. Por un momento me quedé donde estaba, sin saber…, pero luego trate de pensar que debía hacer: ¿Seguir a mi amigo al hospital? Mi presencia allí, me dije, no iba a servir de nada, pues la criatura seguramente estará al cuidado de médicos y enfermeras, y nada de lo que yo hiciera o dijera iba a cambiar las cosas. ¿Brindarle mi apoyo moral? Eso, quizás, pero tanto él como su esposa provenían de familias numerosas, sin duda estarán rodeados de parientes, que les ofrecerán consuelo y el apoyo necesario, pasara lo que pasara. Lo único que haría yo será estorbar. Así, decidí reunirme con ellos e ir más tarde a ver a mi amigo. Al coger mi coche para ir para casa, me percate que mi amigo había dejado su coche con las llaves. Decidí pues, cerrar el coche e ir al hospital a entregarle las llaves. Como supuse, la sala de espera estaba llena de familiares que trataban de consolarlos. Entré sin hacer ruido y me quede junto a la puerta, tratando de decidir qué hacer. No tardó en presentarse un médico, que se acerca a la pareja y, en voz baja les comunica que su bebe había fallecido. Durante lo que pareció una eternidad, estuvieron abrazados, llorando, mientras todos los demás los rodeamos en medio del silencio y el dolor. El médico les preguntó sí deseaban estar unos momentos con su hijo. Mi amigo y su esposa se pusieron de pie, y caminaron resignadamente hacia la puerta. Al verme allí, en un rincón, la madre se acercó, me abrazó y comenzó a llorar. También mi amigo se refugió en mis brazos. `Gracias por estar aquí´, me dijo. Durante el resto de la mañana, permanecí sentado en la sala de urgencias del hospital, viendo a mi amigo y a su esposa sostener en brazos a su bebe y despedirse de él. Eso es lo más importante que he hecho en mi vida. Aquella experiencia me enseñó lo siguiente: Lo más importante que he hecho en la vida estuvo ocurrió cuando no había absolutamente nada que yo pudiera hacer y además estuvo a punto de no suceder, debido a la mentalidad racionalista y pragmática que se nos inculta en todos los ámbitos. Nada de lo que aprendí en la universidad, ni en los diez años que llevaba ejerciendo mi profesión, ni todo lo racional que fui para analizar mis alternativas, me sirvió en tales circunstancias. Al aprender a pensar, casi me olvide de sentir. A dos personas les sobrevino una desgracia, y yo era impotente para remediarla. Lo único que pude hacer fue acompañarlos y esperar el desenlace. Pero estar allí en esos momentos, en que alguien me necesitaba, era lo principal. Y aprendí que lo más importante en la vida, no es ascender en la escala social, ni ganar dinero, ni recibir honores, ni disfrutar lo más posible… Lo más importante en la vida, sin duda alguna, es el tiempo que dedicamos a los demás y a cultivar una amistad.”
Cuando Miguel concluyó su relato se produjo largo silencio. Y luego él añadió:
—A veces hace falta vivir una tragedia, para poner las cosas en perspectiva. Aquello invisible a los ojos se nos escapa como el agua entre las manos en una cultura que parece dar primacía a lo cuantitativo y a lo material sobre lo cualitativo y lo espiritual. Cómo diría san Felipe Neri: “Cuando nos preocupa lo mundano, no nos preocupa lo esencial”. Es importante no perder de vista en la actual sociedad occidental aburguesada y utilitarista, frívola y pagana: la vida humana sin el cultivo del corazón, de la noble afectividad, de la dimensión espiritual, se deshumaniza, se animaliza. Aprender a sentir, más que un asunto de doma, es una cuestión de formación de conciencia, de madurez personal. Lo más importante de la vida, y que está al alcance de todos, es la humanización, el cuidado del corazón, del cual brotan las fuentes de la vida. Conseguir una personalidad noble, candorosa, bondadosa.., Humanizarse o deshumanizarse, he ahí la cuestión.
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