Necesitamos de Dios, aunque solo sea moralmente

Podríamos recurrir a Kant para echar mano del argumento moral para hablar de la necesidad que tenemos de Dios, el filósofo empleó el hecho moral para afirmar su existencia.

Si nos detenemos a observar la saciedad de Occidente y la manera de conducirse su gente, constamos una evidencia: el mundo no va a mejor, humanamente hablando, y tampoco en cuanto a la fe en Dios. Se diría que ambas dimensiones, la de la creencia y la de la moral, caminan juntas. Así como una persona religiosa no puede vivir inmoralmente, al menos de continuo, porque contradecirá con los hechos lo que dice profesar: la creencia en un Dios Padre, que pide tratar al prójimo como hermano y ser honrado en su comportamiento; de modo análogo, cabe decir que quien vive sin Dios se expone a existir sin moral como principio de conducta. Rousseau tenía razón cuando afirmaba: «La experiencia demuestra que el hombre no puede ser virtuoso sin religión«.

Llevar una vida virtuosa o éticamente responsable se necesita creer en el orden espiritual y respetarlo, amarlo, y especialmente en el Ser que lo hace posible, Dios. Y no solo por lo que Dostoievski dijera de que «si Dios no existe, todo está permitido», pues Dios impele, exige en conciencia que se haga tal cosa buena y se renuncie a la mala, tal acción será imputada en responsabilidad, es decir, será llamado a responder ante el tribunal de su conciencia. También por lo que apuntaba Jacinto Benavente: «Sin espíritu religioso no puede haber honradez»; en el sentido de que sin la relación con Dios que nos comunica su gracia, que fortalece y sostiene a la debilita naturaleza caída del ser humano. No obstante, Dios no deja de asistir a cada persona, aunque esta no le reconozca; pero no será lo mismo.

Esta es una verdad infalible: cuanto más se aleje el ser humano de Dios, más expuesto a la inmoralidad y a la amoralidad. Y llegado un punto, dadas las circunstancias posibilitantes, tentadoras… —es decir, expuesto a prueba—, sería capaz de cometer cualquier vileza —en término religioso, pecado mortal—.

Joel Marks, filósofo laico —no creyente— de la Universidad de New Haven, en su Manifiesto amoral reconoce: «He hecho el sobrecogedor descubrimiento de que los fundamentalistas religiosos tienen razón: sin Dios no hay moralidad. El ateísmo implica amoralidad«.

Richard Dawkins , biólogo -ateo-, que apostara durante muchos años por que se eliminara el cristianismo de la sociedad, y que era ridículo y hasta ofensivo pensar que fuera necesario el Dios de la Biblia para fundamentar la moral, ahora ha cambiado:  afirma que acabar con la religión —antes, su objetivo más deseado—, sería algo terrible, porque le daría «a la gente licencia para hacer cosas realmente malvadas«; «La gente puede sentirse libre de cometer maldades si siente que Dios no está mirando». Es decir, no se puede contar con que los seres humanos sean automáticamente buenos y actúen con el espíritu de armonía y solidaridad.

Concluyendo: Es obvio que ha habido una caída de la religiosidad y en paralelo también un aumento de la maldad social. De forma que la manera de corregir esta deriva de perversión moral, que no complique la convivencia y haga factible la pacífica vida de la gente, los gobiernos se dedican a promulgar leyes y más leyes y en todos los ámbitos, hasta en los más personales, para intimidar e imponer patrones de conductas que corrijan comportamientos incívicos, poco éticos y hasta delictivos. Es decir, que los Estados tratan ocupara el lugar de Dios, para “moralizar” a la ciudadanía, aunque de forma imperfecta o, con más precisión, fallida.

Instalados en el laicista relativismo se carece de base sólida moral que distinga entre el bien y el  mal. Y claramente se palpan los frutos de la secularización, empiezan a barruntar que tal vez su sueño de un mundo sin Dios pueda acabar en pesadilla.

ACTUALIDAD CATÓLICA


Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.