Los santos inocentes del progresismo

En nombre del progreso y con todo tipo de argumentos —dignos de la diosa Razón (la que produce monstruos)— entre los que cabe incluso esgrimir el noble de la composición (hoy, la empatía progre), se puede llegar a cometer los más viles y rastreros actos.

Entre estos están las vidas segadas por la espada de los nuevos Heridores: los abortados y los eutanasiados; a los que habría que añadir aquellos que parecen estar de sobra en la Tierra, los descartados, los migrantes, los que suponen una carga, los que los lisiados, hambrientos, desheredados, los parias… a los que se abandona a su suerte o se les deja simplemente morir, sin hacer nada por ellos… ¿Qué culpa tiene esta pobre gente de haber nacido donde ha nacido y de cómo les ha ido en la vida, y teniendo en cuenta además de que hay más que suficiente para todos?

Al igual que Herodes se vio amenazado en sus intereses ante la aparición de un rey futuro que le pudiera «mover la silla», es decir, quitar el trono, sus lujos y comodidades, tomo la drástica decisión de exterminar a las criaturitas inocentes; así de modo semejante cabe argumentar hoy día para el progresismo herodiano del que todos participamos de alguna manera -activa o pasivamente, con el apoyo (aunque solo sea con el del voto) o la inacción (mirando para otra parte, y no abrir la boca)-.

La amenaza a que esos indeseados que llegan a la vida, en el vientre de sus madres, como los que están por marcharse de ella, los ancianos…, como los migrantes, refugiados, pordioseros… se convierten de amenazas para el «bienestar» —vida hedonista de placeres y deseos satisfechos— del progresismo del momento. ¿Qué hacer se preguntan los nuevos Herodes? La solución es fácil (y hasta compasiva) acabar con ellos. Tanto los unos como los otros, por diferentes motivos, van a suponer una carga -para los padres o para la sociedad-. Así, pues, ¡acabemos con ellos!

Y en realidad, y a la larga, las victimas eternas serán los Herodes, que poseídos por los demonios que les poseen, ejecutan tan ignominiosos y execrables hechos, con una opaca indiferencia de conciencia.

 

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