La vana suficiencia de la increencia

«Os exhorto en el Señor que no andéis ya como andan los gentiles conforme a la vanidad de sus pensamientos, que tienen su razón oscurecida, apartados de la vida de Dios por la ignorancia que hay en ellos a causa del endurecimiento de su corazón» (Ef 4,17-18).

  

***** 

           En cierta ocasión, un conferenciante nihilista planteó a su auditorio de forma desafiante la siguiente cuestión:

              —¿Alguno de ustedes cree en Dios y en la oración?

           La totalidad de la numerosa concurrencia guardo silencio. Una chica en un extremo de la sala apenas si tímidamente… Lo que bastó para que todos apuntaran hacia ella.

              —¡Ah! Una joven. Qué interesante. Venga aquí.

        —¿Usted cree…, cree en el poder de la oración? le preguntó afirmando.

              —Sí —repuso acobardada.

        —No es asombro —dijo burlonamente, mirando al auditorio—. Presten atención y vean lo que voy a hacer.

           Tomó un vaso en sus manos, y prosiguió diciendo:

           —Si alguien más cree en Dios, que ore junto con la joven para que este vaso no se rompa cuando lo deje caer al suelo. Quiero que sepan que todas las oraciones de ustedes no podrán impedir que este vaso se quiebre. ¡Nadie en el cielo ni en la tierra lo podrá impedir!

           A lo largo de toda Europa había realizado el mismo gesto con total “éxito”.

        —Seremos todos muy respetuosos mientras esta joven reza. Póngase ahí en frente y ore; inclinemos todos la cabeza.

           La muchacha levantó los ojos al cielo e imploró con fervor:

         —Padre nuestro te ruego escuches mi plegaria. Para gloria tuya, y en el nombre de tu Hijo, Jesucristo, no permitas que este vaso se rompa. Amén.

    Entonces, el conferenciante levantó el vaso y lo soltó. Pero inopinadamente se cambió ligeramente la trayectoria vertical de la caída, y el vaso fue a tocar la punta del zapato del profesor y rodó por el suelo… sin romperse.

          Se produjo el mismo silencio que al abrir el séptimo sello…

      Fue la última vez que llevó a cabo aquella peculiar demostración.                   

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La gente que no cree, como dice san Pablo, se debe fundamentalmente a «la ignorancia que hay en ellos a causa del endurecimiento de su corazón» (Ef 4,18), o san Marcos: “¿Aún no entendéis, no comprendéis? ¿Tenéis encallecido vuestro corazón? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís?”  (Mc 8,17).

Sin duda alguna, para creer se necesita de un grado de sencillez, que no ponga ningún límite al poder y al amor misericordioso de Jesús. es lo que Jesús reprocha e alguna manera a los apóstoles después de la resurrección: «Tenéis el corazón duro. Porque no creéis que he resucitado. No lo creéis, porque es demasiado hermoso: ahí está vuestra falta».

Oí a un sacerdote en una homilia —y posiblemente tenga razón—: «Tal vez, a lo más que podemos aspirar es a un empate con los ateos: porque donde nosotros decimos Dios, ellos dicen nada; cuando decimos creación, ellos dicen casualidad; cuando nosotros decimos trascendencia, ellos dicen inmanencia; cuando decimos fe, ellos dicen lo que se capta por los sentidos.»

Los que creemos no lo hacemos en el vacio, sin más, hay revelación expresa en la Palabra y contamos con la experiencia de fe, que es gracia y vinculo relacional con Dios, basado el razones también en razones: pueden a acceder a algunas de ellas:  «77 razones para creer» 

 

Hoy, 27 de diciembre, en este día de san Juan Evangelista, se lee en la primera lectura de la misa:

Comienzo de la primera carta del apóstol san Juan (1,1-4):

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos: la Palabra de la vida (pues la vida se hizo visible), nosotros la hemos visto, os damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó. Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto, para que nuestra alegría sea completa.

Creer lo visto por los que nos precedieron, como padres de nuestra fe. Y a la vez hacer experiencia de la fe recibida, para que nosotros también «veamos» con ojos del alma..

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