La gran tribulación (de la Iglesia)

La Iglesia será eclipsada; su oscuridad será la mayor haya vivido en su historia. La persecución más cruel que jamás haya sufrido la Iglesia; durará tres años y seis meses.

«Ustedes serán entregados a la tribulación y a la muerte, y serán odiados por todas las naciones a causa de mi Nombre» (Mt 24.9), dice el Señor. Y a través del profeta Daniel (8,11-12) -al que el Señor se refería en alguna ocasión confirmándole en sus palabras- afirmó refiriéndose a la Bestia: Llegó incluso hasta el Jefe del ejército, abolió el sacrificio perpetuo y sacudió el cimiento de su santuario y al ejército; en el lugar del sacrificio puso la iniquidad y tiró por tierra la verdad.

La Iglesia, suprimido el sacrificio del altar, la santa Misa, teniendo sus templos destruidos y siendo tachada de ser el “enemigo del mundo”, descenderá al silencio de los sepulcros y se retirará a la soledad de las montañas[1]. Ante las acechanzas de Satanás, la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios para ser allí alimentada 1.260 días (Ap 12,6). La Iglesia salvará a los pequeños de su rebaño por la fuga a refugios inaccesibles, donde los colmillos de la Bestia no les alcanzarán. Como profetizó san Nilo: “Se separarán del mundo e irán a santos refugios buscando alivianar sus sufrimientos espirituales, pero por todas partes encontrarán obstáculos y constreñimiento”. Atravesaron un desierto inhabitable (Sab 11,2a).

En una tierra controlada por la tecnología no habrá lugares inaccesibles ni donde ocultarse. La protección de los refugios de la Iglesia será obra de la Providencia divina. “En el desierto, donde Yahvé, tu Dios, te sostenía como un padre sostiene a su hijo, durante todo el camino recorrido…” (Dt 1,31). “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20b), dice el Señor. Él no permitirá que su Iglesia perezca. La santísima Virgen y el arcángel san Miguel serán quienes la protejan y la defiendan. 

Ante la persecución encarnizada de la Iglesia, la Madre del Señor Jesucristo extenderá su manto protector sobre la Iglesia de su Hijo para salvarla de destrucción y sustentar la fe de sus hijos ante los momentos crueles que vivirán. De modo que, llegado a un punto, a los enemigos del resto de los elegidos les será absolutamente imposible acercarse al “espacio” cubierto por el manto de María Santísima. Manto que irá ampliándose constantemente y que acabará por abrazar a todo el mundo con sus habitantes, para evitar -junto con el arcángel san Miguel- la destrucción de la obra creadora de la Palabra.

El arcángel san Miguel, que tantas veces ha aparecido junto a la Santísima Virgen en sus apariciones comunicando la proximidad de estos momentos de angustia y persecución, tendrá también un protagonismo especial:

En aquel tiempo surgirá Miguel, el gran Príncipe que defiende a los hijos de tu pueblo. Será aquél un tiempo de angustia como no habrá habido hasta entonces otro desde que existen las naciones. En aquel tiempo se salvará tu pueblo: todos los que se encuentren inscritos en el Libro. (Dan 12,1). 

San Miguel, con su vestimenta roja de sangre, y empuñando su espada flamígera, mantendrá a raya a los enemigos de los hijos de Dios, que intentan socavar los cimientos de la Iglesia, implantado el espíritu de los tiempos, que supone la corrupción de las conciencias, el embrutecimiento de seres humanos, su alienación, su pérdida de la dignidad a imagen de Dios, su apertura a la trascendencia y su elevada grandeza.

Como dijera san Vicente Ferrer: “Llorará la Iglesia…; pero la tristeza se convertirá en gozo”. Sola con Dios, luchará contra los poderes del infierno, coaligados con los políticos de la tierra, y vencerá por la acción inmediata de Dios. En el clímax de la persecución, en el ápice mismo de la gran apostasía y la tribulación más espantosa de la historia, cuando los fieles estén casi por desfallecer, tras haber dado muchos el testimonio de su sangre, llegará inesperadamente el momento de la victoria. La caída del imperio del mal y el triunfo de la Iglesia sobre las ruinas de la incredulidad serán consecuencia un cataclismo desconocido, el más tremendo que hayan visto los siglos (Cf. San Francisco Palau).

La Iglesia será rejuvenecida por una infusión de vida un segundo Pentecostés, y aparecerá  con la majestad de una reina y la ternura de una madre.

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[1] Cf. San Francisco Palau.

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