Solemnidad de Pentecostés

 

Hoy, 23 de mayo, celebramos uno de esos días excepcionales. Cristo nos dijo de la importancia de él: en el que Santo Espíritu sería enviado a nosotros de manera plena, para que santificara nuestro espíritu. Y que por eso debía partir al Cielo, para enviarnos al que debía consolarnos, defendernos, guardarnos y guiarnos al Cielo. “Os conviene que yo me vaya; así vendrá a vosotros el Paráclito.  En cambio, si me voy, os lo enviaré.” (Jn 16,7).

Tras su Ascensión el Señor prometido enviarnos a aquel que le hará presente en nosotros; que aunque se vaya de nuestra vista, permanecerá en el interior del corazón (Mt 28, 20).

Hoy celebramos al Espíritu que nos santifica. Hoy celebramos al don más grande: a Dios mismo con nosotros y en nosotros. Hoy celebramos a aquel que nos habita y del que somos templo suyo. Hoy celebramos a aquel que lo hace todo, todo nuevo. Hoy celebramos, junto con la Eucaristia, lo más importante que hay sobre la tierra. Hoy celebramos lo más grande que se puede celebrar. ¡Bendito y alabado sea el Espíritu Santo, por siempre!¡Aleluya!

Qué gran noticia, verdad y dogma:  El Espíritu Santo es la “tercera persona de la Trinidad” no significa que sea inferior que el Padre o el Hijo. Las tres personas, incluyendo el Espíritu Santo, son totalmente Dios y “tienen una sola divinidad, gloria igual y coeterna majestad”, como dice el Credo de Atanasio. El Espíritu Santo siempre ha existido, y también ha estado en los tiempos del Antiguo Testamento. El Espíritu Santo es recibido en el Bautismo y la Confirmación

El Espíritu Santo puede estar activo en el mundo de formas misteriosas y no siempre se comprenden. Sin embargo, una persona recibe el Espíritu Santo de una manera especial por primera vez en el Bautismo (Hechos 2,38), y luego es fortalecido en sus dones en la Confirmación. Los cristianos tienen -como don- al Espíritu Santo que habita en ellos de forma única; los cristianos son templos del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es el don más excepcional jamás imaginado por el ser humano, al que nos tenemos que disponer a dejar nuestras vidas en sus manos. Esto es lo único que importa. Dejémosle hacer y no le impidamos tomar la iniciativa en nuestras vidas, que las mueva y las guíe hacía la santidad plena. Este es nuestro único y verdadero empeño: dejarnos hacer. 

ACTUALIDAD CATÓLICA