Los buenos y los malos

En liturgia del 26 de octubre se leyó la primera lectura correspondiente a la lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4,32–5,8. En la que se habla de los buenos y los malos: de la importancia vital, de lo mucho que hay en juego.

Vivimos en una época  trepidante, vertiginosa, donde los acontecimientos parecen sobrepasarnos, no digerirlos, y nos someten a una fatiga que nos descentra y nos hace perder el sentido de lo importante de la vida: estar del lado del bien, de lo noble y elevado… Tengamos siempre presente la verdad fundamental de nuestra existencia: el combate espiritual por ser buenos, santos, frente a la acción del Maligno.

El proyecto de santidad querido por Dios nuestro creador para cada uno de nosotros que nos ha creado por puro amor para que tengamos una vida plena y eterna, sólo se realizará con la participación de cada uno de nosotros, en íntima unión con Dios. Tal y como dijo san Agustín; «Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti«, y que hace referencia a la relación entre la gracia divina y la responsabilidad personal.

Ante los hombres está la vida y la muerte,
y a cada uno se le dará lo que prefiera.
(Eclo 15,18)

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4, 32–5, 8

Hermanos: Sean buenos y comprensivos, y perdónense unos a otros, como Dios los perdonó, por medio de Cristo.

Imiten, pues, a Dios como hijos queridos. Vivan amando como Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y víctima de fragancia agradable a Dios.

Que entre ustedes, como conviene a verdaderos cristianos, no se hable de fornicación, inmoralidad o codicia; ni siquiera de indecencias, ni de conversaciones tontas o chistes groseros, pues son cosas que no están bien. En lugar de eso, den gracias a Dios. Tengan bien entendido que ningún lujurioso, inmoral o codicioso, que es lo mismo que decir idólatra, participará en el Reino de Cristo y de Dios.

Que nadie los engañe con vanas razones, pues todas estas cosas atraen la ira de Dios sobre los rebeldes. Así pues, no se hagan cómplices de ellos. Porque en otro tiempo ustedes fueron tinieblas, pero ahora, unidos al Señor, son luz. Vivan, por lo tanto, como hijos de la luz.

Que nadie se equivoque, ni se haga líos, ni relativice la verdad sobre el bien y el mal, que nadie banalice lo banalice, tratando subjetivamente de autoengañarse justificando  la maldad que lo condena: «¡Ay de aquellos que llaman mal al bien y bien al mal!» (Is 5,20).  Pero no hay escapatoria, no hay subterfugios te tinieblas que haga ocultar la luz. Para que esto no suceda Dios nos ha revelado su voluntad. Su palabra es la espada que traza la línea entre el bien y el mal, entre el bueno y el malo; así, pues, será “dichoso el que camina en la voluntad del Señor” (Sal 118).

“Dijo entonces Pilato: «¿Luego tu eres rey?» Respondió Jesús: «Tu dices que yo soy rey; pues para esto he nacido y he venido al mundo, para que todo el que es de la verdad, oiga mi voz». Díjole Pilato: «¿Qué es la verdad?» Respondió Jesús: «La verdad proviene del cielo». Dijo Pilato: «¿NO hay verdad sobre la tierra?» Y respondió Jesús a Pilato: «Estás viendo cómo son juzgados los que dicen la verdad por los que ejercen el poder sobre la tierra».”  (Actas de Pilato, cap.III)

«La causa de la condenación consiste en que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. En efecto, quien obra mal odia la luz, y no va a la luz, para que no se descubran sus obras.» (Jn 3,19-20).

El bueno se complace en el bien; el mano, en el mal. Hay quien disfruta con el mal, naturalmente; quien químicamente es perverso; es como si el Maligno le tuviera poseído, o se vale de él para su actuar.

“El hombre bueno saca el bien del buen tesoro de su corazón; y el malo saca lo malo del suyo perverso; porque de la abundancia del corazón habla la boca.”  (Lc 6,44-45).

 

Son muchos los textos bíblicos los que nos manifiestan, que es lo uno y lo otro, quién es bueno y quien malo:

 Después, Jesús llamó a la gente y les dijo: «Escúchenme todos y entiéndanme. Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro; porque del corazón del hombre salen las intenciones malas, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las injusticias, los fraudes, el desenfreno, las envidias, la difamación, el orgullo y la frivolidad. Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre«. (Mc 7, 21-23).

 Blasfemando contra lo que no conocen, serán destruidos como brutos animales, destinados por naturaleza a ser presa de la destrucción y recibirán de esta manera el premio de su injusticia. Encuentran su felicidad en el placer de un día. Hombres corrompidos e inmundos se gozan en sus engaños mientras banquetean con vosotros. Tienen sus ojos llanos de adulterio y no se hartan de pecar, seducen a las almas inestables, tienen el corazón habituado a la avaricia, son hijos de maldición.   (2 Pe 2,12-14).

Vivid todos unidos en un mismo sentir. Sed compasivos, fraternales, misericordioso, humildes, no devolváis mal por mal ni injuria por injuria, sino todo lo contrario: bendecid siempre, pues para esto habéis sido llamados, para ser herederos de la bendición.  (1 Pe 8-9)

Nadie vuelva a otros mal por mal, mas tened siempre por meta el bien, tanto entre vosotros, como para los demás. Estad siempre alegres. Orad sin cesar. Dad gracias en toda coyuntura, porque esto es lo que Dios quiere de todos vosotros en Cristo Jesús. No extingáis el Espíritu. No despreciéis las profecías. Examinad todo; retened lo bueno. Huid de toda especie de mal.  (1 Tes 5,15-22)

Gálatas Hermanos: Si los guía el Espíritu, ya no están ustedes bajo el dominio de la ley.

Son manifiestas las obras que proceden del desorden egoísta del hombre: la lujuria, la impureza, el libertinaje, la idolatría, la brujería, las enemistades, los pleitos, las rivalidades, la ira, las rencillas, las divisiones, las discordias, las envidias, las borracheras, las orgías y otras cosas semejantes. Respecto a ellas les advierto, como ya lo hice antes, que quienes hacen estas cosas no conseguirán el Reino de Dios.

En cambio, los frutos del Espíritu Santo son: el amor, la alegría, la paz, la generosidad, la benignidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre y el dominio de sí mismo. Ninguna ley existe que vaya en contra de estas cosas.

Y los que son de Jesucristo ya han crucificado su egoísmo junto con sus pasiones y malos deseos. Si tenemos la vida del Espíritu, actuemos conforme a ese mismo Espíritu. (Gálatas 5, 18-25).

 Debes saber esto: en los últimos días sobrevendrán tiempos difíciles, pues los hombres serán egoístas, avariciosos, fanfarrones, soberbios, blasfemos, desobedientes a sus padres, ingratos, irreligiosos, despiadados, desleales, calumniadores, desenfrenados, brutales, enemigos del bien, traidores, precipitados, engreídos, amigos del placer más que de Dios; tendrán la apariencia de piedad, pero habrán renegado de su fuerza. Apártate también de estos. (2 Tom. 3,1-5)

¿No sabéis que ningún malhechor heredará el reino de Dios? No os hagáis ilusiones: los inmorales, idólatras, adúlteros, lujuriosos, invertidos,  ladrones, codiciosos, borrachos, difamadores o estafadores no heredarán el reino de Dios. (1 Cor 1, 9-10)

 

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