Respeto a sí mismo

          “Por la propia naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe respetar…” (Vaticano II)[1].

         “Un amante de sí mismo, lo será respecto de lo que es noble u honesto y lo que es moralmente bello” (Aristóteles)[2].

         “Si no sabes amarte a ti mismo, no podrás amar verdaderamente al otro” (San Agustín)[3].

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           Viajando por el Magreb, me encontré con un tuarez con el que entre en conversación. Le hice referencia acerca una ciudad próxima, a la cual me dirigía. Este hombre del desierto, de mirada profunda y serena, me dijo con absoluta sencillez:

              —Yo nunca he estado en ella.

           Aquel era su espacio vital. Se conocía aquellos lugares, por los que había transitado toda su vida, como la palma de la mano. Por ello me sorprendió su respuesta.

           —¿Por qué? —le pregunté.

           A lo que me contestó, mostrándome el sentido profundo de su dignidad y de respeto hacia sí mismo:

           —Porque mis padres me previnieron de los peligros de la ciudad; ellos me dijeron que la ciudad no era un lugar bueno.

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El respeto se queda en el no-hacer-contra; el amor es hace-a-favor-de. El respeto a uno mismo es el fundamento primario del amor a sí, y  significa no hacer aquello que me pueda perjudicar. Y amarse es procurarse su bien, el Bien.

El amor empieza por respetarse y amarse uno a sí: de modo que la primera responsabilidad es con uno mismo: ser honesto consigo.

Amarse a uno mismo es cuidar que su corazón no se desvirtúe. Quien se ama a sí mismo procura su crecimiento interior. Si uno se alimenta de valores nobles crece.

Quien no escucha a su conciencia se falta al respeto. Quien no es fiel a su conciencia se traiciona. Escuchemos a su conciencia y no abandonemos sus principios, por costoso que puedan resultarnos.

Si uno no se respeta a sí mismo, se califica de indigno, y por lo tanto se maltratará: no se procurara lo bueno y noble, y su ser decaerá.

Todo pecado es, en definitiva, una falta de consideración hacia uno mismo; una infidelidad a su persona, una traición a su ser más íntimo y verdadero. «El que peca se perjudica a sí mismo» (Eclo 19,4).

Si no hay respeto a uno mismo, que es la persona más próxima que tiene, ¿cómo lo va a ser con los demás, que están un poco, siempre un poco —y a veces un mucho—, más allá?

El respeto tiene una razón suprema: la de la dignidad. Amarse es vivirse dignamente. La dignidad, lo propio de su ser humano, la persona, escapa a cualquier manipulación o interés (bastardo).

 Reconocer la dignidad: no utilizar ni utilizarnos como medio para un fin. Respetar es no usar a nadie —en ese nadie entramos nosotros mismos— ¡Cuántas veces nos utilizamos a nosotros, sin respetar nuestro orden de crecimiento…, obstando por lo inapropiado, lo innoble o inmoral. Esto puede suceder sin conciencia de ello; solo un corazón puro sabe cuando se falta al respeto de manera inconsciente.

Han habido personajes, como Tomás Moro, Sócrates, Bécquer, que han sido de una fidelidad extrema a su verdad, a su conciencia, a sí mismos. Un respeto  —contra toda corriente, contra todo asaltado de duda, contra toda incomprensión e insolidaridad, contra todos los poderes…— que les llevó a la muerte.

Seamos honrados con nosotros mismos; es decir, procedamos según y con arreglo a la dignidad humana que como tal nos corresponde, aunque ello suponga pagar un precio, a veces el más alto.

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         Respeto por todos; también por los malos, por la dignidad escondida y desfigurada, pero presente y rescatable.

         La dignidad humana, propia y ajena  —que es la misma—  ha de respetarse por encima de todo: deseos, aspiraciones, intereses, inquietudes, sentimientos, voluntades, vocaciones… Cualquier hombre es igual a todos los hombres. Es un microcosmos de humanidad, donde se halla contenida toda la dignidad del ser humano, querida por Dios; la persona humana es sagrada.

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[1] GS, n.36.

[2] Gran Ética, Libro II, cap. XIII; en Ed. Sarpe, Madrid 1984, p.184.

[3] Sermo, 368, 5; PL 39, 1655.

 

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