Lo incomprensible de los «católicos» pro-abortistas Biden y Pelosi

 

El «devoto católico» Biden califica el aborto de “derecho fundamental”. Tras el fallo del Tribunal Supremo de Estados Unidos revirtiendo la sentencia Roe vs Wade, que convertía el aborto en un ‘derecho constitucional’ inatacable en todo el país. Y la proabortista Nancy Pelosi comulgó en la Misa oficiada hoy por el Papa en San Pedro. Pelosi no recibió la comunión del propio Papa, sino de uno de los sacerdotes de la basílica, cuya nacionalidad se desconoce. Tampoco está claro si el sacerdote sabía quién era ella.

Al conocerse la noticia el obispo de Tyler, Strickland, ha afirmado que «independientemente de dónde o en qué circunstancias la Sra. Pelosi recibe la Comunión, lo hace desafiando a su propio Arzobispo. Ella necesita nuestras oraciones porque su flagrante desafío a las enseñanzas de la Iglesia pone en peligro su salvación eterna. Ella podría ganar la política y perder su alma».

Lo cierto es que están siendo «piedra de escándalo». No se entiende el que se pretenda tener una actitud de silencio de gran parte o la parte más importante de la Iglesia, ante le hecho de que acudan estos dos personajes proabortista se acerquen a recibir la Comunión.  No cabe decir que se admite por misericordia, porque la Eucaristía es un sacramento para pecadores. Sí, lo es; pero para pecadores arrepentidos.  

Esto dice, justamente hoy, 1 de julio, el santo evangelio de la misa, según san Mateo (9,9-13):

En aquel tiempo, vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.»
Él se levantó y lo siguió. Y, estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos.
Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: «¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?»
Jesús lo oyó y dijo: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa «misericordia quiero y no sacrificios»: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores

Y nos recuerda aquella otra escena del evangelio según san Lucas (19,1-10):

En aquel tiempo, Jesús entró en Jericó e iba atravesando la ciudad.
En esto, un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de ver quién era Jesús, pero no lo lograba a causa del gentío, porque era pequeño de estatura. Corriendo más adelante, se subió a un sicomoro para verlo, porque tenía que pasar por allí.
Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y le dijo:
«Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa».
Él se dio prisa en bajar y lo recibió muy contento.
Al ver esto, todos murmuraban diciendo:
«Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador».
Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor:
«Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más».

Jesús le dijo:
«Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

Cierto que, especialmente, Jesús se acerca misericordiosamente a los pecadores para salvarlos. Pero no es menos cierto que Jesús se sienta a la mesa con ellos, una vez arrepentidos o en proceso de ello: Cuanto a Mateo invita a seguirle, este se levantó y lo siguió. A Zaqueo, Jesús le invita a bajar -y de prisa- de donde está; él se dio prisa en bajar y lo recibió muy contento. Y ante las acusaciones de que es un pecador, Jaqueo tomó una postura de arrepentimiento y restitución, y antes de sentarse a la mesa: Zaqueo, de pie, dijo al Señor: «Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más».

Esto es grave: quien reciba indignamente la Eucaristía:  «quien coma del pan y beba del cáliz del Señor indignamente, es reo del cuerpo y de la sangre del Señor. 28Así, pues, que cada cual se examine, y que entonces coma así del pan y beba del cáliz. 29Porque quien come y bebe sin discernir el cuerpo come y bebe su condenación» (1 Cor 11,27-29).

 

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