
«Uno de los métodos más eficaces de seducción del Mal es la invitación a la lucha» (F.Kafka[1]).
Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos -dice Yahvé- (Is 55,8).
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Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que El debía ir a Jerusalén, y padecer mucho de parte de los ancianos, pontífices y escribas, ser matado y resucitar al tercer día. Y Pedro, tomándolo aparte, se puso a reconvenirle, diciendo:
—¡Dios te libre, Señor! ¡No te sucederá eso!
Pero El, volviéndose, el dijo:
—¡Lejos de mí!, ¡Santanas!, pues eres mi obstáculo, porque tus sentimientos no son los de Dios, sino los de los hombres. (Mt 16,21-23).
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Simón Pedro, que tenía una espada, la sacó e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco. Mas Jesús dijo a Pedro:
—Mete la espada en la vaina. ¿Es que no tengo que beber el cáliz que me da el Padre?» (Jn 18,10-11).
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Pedro niega la perspectiva de la cruz, no admite que el amor acabe siendo crucificado. Eso es «muy humano», pero no es comprender la realidad del mundo: precario, imperfecto, limitado, donde las tinieblas campan por sus respetos. En el choque entre el amor (la Luz) y el mal (las Tinieblas), el amor es torturado, porque su reino no es precisamente de este mundo, en el que se entabla el combate, y en el que el mal puede actuar con malas artes.
«Quien toma la espada, a espada morirá (Mt 26,52). Pero quien no tome la espada (o la suelte), morirá en la cruz«, decía S. Weil[2]. Quien entra en la lucha y con las armas que propone el Maligno, se equivoca, entra en su jueglo.
«No resistáis al mal; antes a quien te hiera en tu mejilla derecha, vuélvele también la otra» (Mt 5,39).
Revolverse como reacción a una acción no es un comportamiento propiamente cristiano, aunque sea consecuencia de un movimiento de autodefensa. Aunque en este caso éticamente no sea reprobado, no es lo perfecto, es decir, santo. «El, que, siendo ultrajado, no respondía con ultrajes; siendo maltratado, no amenazaba, sino que se abandonaba en manos del que juzga con justicia» (1 Pe 2,23).
No respondáis al mal, con la lucha; tenemos la gracia, como dice san Pablo: «confortaos en el Señor y en la fuerza de su poder. Revestíos de la armadura de Dios para que podáis resistir las tentaciones del diablo» (Ef 6,10).
Paradójicamente, la derrota que a los ojos vista del mundo -del profano- así es tenida, en cambio, en verdad supone la victoria; porque no es la muerte física, sino el triunfo de la vida espiritual. Satanás no hubiera querido que Cristo hubiera muerto sin haber muerto. Porque ahí se le acabaron sus posibilidades de derrotarle, de dar muerte a su corazón.
«Esquivar la cruz es humano. Los discípulos también esquivaban la cruz de Cristo y rechazaban la perspectiva de su martirio: ellos fueron los indicadores de este pseudo-cristianismo que no desaparecerá hasta el fin de los tiempos. Pero Jesucristo lo deja claro a Pedro: Apártate de mi, Satanás, tú eres para mí objeto de escándalo, pues tus pensamientos no son los de Dios sino los de los hombres. (…) Las únicas teologías fieles son las que proceden de la perspectiva del martirio.»[3]
Dios, colgado, crucificado, padeciendo la injusticia y no plantando batalla al mal en su terreno, en su lógica diabólica, con sus armas, no resistiéndose a él según sus normas de tinieblas, según las leyes de su reino, en su espacio, su campo de acción, el ámbito de lo finito, donde se da la injusticia, y Dios la sufre, no la huye.
No molestar, no cortar, no herir…,o incluso no afirmarse, no reivindicarse, no mostrar fortaleza, etc. no es de personas pequeñas, pusilánimes, sin personalidad, no. Y no hacerlo aún cuando se tiene razón, es de personas grandes, espiritualmente santas.
Si se ofusca y replica ante la descortesía, el malhumor, la ofensa…, entonces pierde, e incluso aún ganando pierde, espiritualmente siempre se pierde. Si no resiste sino que pasa por debajo («lo pasar por alto»), gana, gana siempre.
«Cada vez que se presenta el combate, cuando mi enemigo viene a provocarme, me porto valientemente. Sabiendo que batirse en duelo es una cobardía, vuelvo la espalda a mi adversario sin dignarme siquiera mirarle a la cara.» (Teresa de Lisieux[4]).
Quedar humillado a los ojos del mundo no ha de importarnos, desde la fe; pues no nos importa esa lógica que no es divina. Jesús fue maltratado y humillado hasta el extremo.
«Pero nada respondió a las acusaciones que hacían los pontífices y los ancianos. Entonces le dijo Pilato:¿No oyes todo lo que dicen contra ti? Pero El nada le respondió, hasta el punto que el Procurador se maravilló grandemente «(Mt 27,12-13).
La bondad paradójicamente vence cuando es vencida.
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[1] «Meditaciones», Ed. Busma, Madrid, 1984, p.88.
[2] «La gravedad y la gracia», Trotta, Madrid, 1994, p.127.
[3] MOLINIE, M.-D. «El coraje de tener miedo», Ed. Paulinas, Madrid,1979, p.160.
[4] «Manuscritos», 6.8
