La santidad cotidiana

          “La santidad consiste, propia y exclusivamente, en la conformidad con el divino querer, manifestada en el constante y exacto cumplimiento de los deberes del propio estado” (Benedicto XV).[1]  

 

*****            

            Se dirigió a Santa Teresa una hermana, diciéndola:

                Madre, enséñeme a ser santa.

           Sí, lo haré, mi hija; que ahora tengo de hacer una fundación, y la llevaré allá, y allá se lo enseñaré.

          Y fue así que la llevó. Y como después a la dicha hermana se le ofreciesen algunos trabajos y se los dijese a la Madre, ella le dijo:

           Hermana, ¿pues ella no me dijo que la enseñase a ser santa? Pues sepa que así lo ha de ser.[2]

 *****

  

           Juana Calancha es una beata con gran fama de santidad. Se le atribuyen milagros, revelaciones y arrobamientos. Al fin pide entrar en las Descalzas de Beas en calidad de lega, y el padre Gracían autoriza el ingreso, aunque recelando un poco del espíritu de esta mujer. Apenas entra en el convento, comienza a arrobarse, a veces con detrimento de los oficios que tiene que desempeñar. La madre Ana de Jesús un día le dice a la Calancha:

          Hermana, aquí no hemos menester sus arrobamientos, sino que friegue bien los platos.[3] 

……

 

           Habiendo entrado en uno de sus conventos donde Santa Teresa estaba, una mujer que fácilmente se extasiaba descuidando sus quehaceres, le dijo la Madre solícita en curarla:

           Mire, hermana, aquí no necesitamos santas, sino gente que friegue bien los platos, y haga bien las cosas.

           

            Y a fe que el dicho puede ser oportuno para espantar a seudo-místicos.[4]

*****

 

 

         El santo quehacer cotidiano.

 

         No hay obstáculo mayor para la misma —aunque parezca sutil y paradójico—  que buscar la santidad o perfección por misma; pues justamente se halla en el olvido de sí y, por lo mismo, de esa búsqueda.

 

         «Es verdad que la idea de la vida religiosa en la Iglesia muestra lo que Dios quiere en cierto sentido para todos. Pero existen «claustros de sustitución». Los más espectaculares son las prisiones, los hospitales, los campos de concentración. Los más escondidos, pero no los menos eficaces, son consecuencia una situación familiar sin salida, una separación dolorosa, una injusticia amarga… o más sencilla y frecuentemente, un defecto de carácter, un complejo; es decir, un vicio contra el que se lucha y que nos aísla de los demás, arrinconándonos en un movimiento de huida, con las renuncias que implica.»[5]

 

 

………………………………….

[1] STA. M. MAGDALENA, G. DE,  Intimidad divina, Ed. El Monte Carmelo, Burgos, 1976 (6ª), p.47.

[2] RUIZ, A.: Anécdotas teresianas, Ed. Monte Carmelo, Burgos 1982, p.126.

[3] JESUS DE, CR., Vida de san Juan de la Cruz; en Vida y obras completas de san Juan de la Cruz, BAC, Madrid, 1964, p.180.

[4] RUIZ, A.: «Anécdotas teresianas», Ed. Monte Carmelo, Burgos 1982,p.219.

[5] MOLINIE, M.-D., El coraje de tener miedo, Ed. Paulinas, Madrid, 1979, p.196.

 

ACTUALIDAD CATÓLICA