La objeción de conciencia

Cabría citar para aquellos -gobiernos estatales de Occidente, principalmente- que pretenden imponer su voluntad -legislar todo e intervenir en todo- a los demás -ciudadanos- hasta en lo más personal, por encima de todo y al coste que sea, aquellas palabras del alcalde de Zalamea: «Al Rey, la hacienda y la vida se ha de dar, pero el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios».

En lo tocante a la conciencia, al alma, a lo que es sagrado, ningún poder humano, político, eclesiástico, etc., tiene potestad, ni hasta uno mismo, sólo Dios. Esta verdad se ha de tener por absoluta si se quiere considerar la dignidad, libertad y la grandeza de la persona. Tan es así que incluso la Iglesia en lo tocante a la conciencia individual el respeto es máximo, de tal forma que aunque la conciencia se oponga a lo que dicte la misma Iglesia, la persona ha de obedecer antes a la conciencia que a la Iglesia, y que a nada. Es decir, nadie ni siquiera la Iglesia, «ni uno mismo», pude dispensar del deber de seguir a propia conciencia. Y es más, la Iglesia siempre ha defendido que es obligación obedecer a la conciencia incluso cuando sin responsabilidad personal pueda estar equivocada. En la conciencia resuena la voz de Dios que impele a hacer el bien y a rechazar el mal (otra cuestión es qué es el bien y qué el mal).

Hoy en día, sobre todo desde sectores ideológicos que se autodenominan progresistas se trata de eliminar esta grandeza del ser humano y acabar con ese patrimonio invulnerable y exclusivo de la persona humana. Se intenta -desde el poder político y otros poderes «tapados»- apoderarse de esta parte intima de la persona, tan propia de ella -a la que cualifica en su libertad otorgándola dignidad única-, para controlarla, someterla del todo e imponer su totalizante «verdad», su pensamiento único, globalista. De modo que la conciencia, ese último reducto de libertad del ser humana está siendo atacado por los poderes que tratan de apoderarse del alma humana e imponer los paradigmas del Nuevo Orden Mundial (NOM).

Es curioso, los que («progresistas») hasta hace unos años alegaban «objeción de conciencia» para resistirse al sistema y no coger las armas, por ejemplo. Este alegato a la conciencia era esgrimido -como autodefensa- por las ideologías de izquierdas, generalmente, aunque ya se ha unido a este tropel liberales, elites de derechas, etc.. En cambio, hoy -curiosamente- lo persiguen: persiguen la «objeción de conciencia» cuando personal sanitario se opone a ejercer un aborto, una eutanasia o cuando un simple profesional de cualquier otro sector se niega a realizar cualquier producto que les demanden el colectivo LGBTI+ (panaderos denunciados por no confeccionar una tarta para un boda gay; una imprenta, impresos…; etc.).

Y además, de que se trata de doblar el pulso a esa resistencia -la de los que objetan, como la de quienes no comulgan del todo con ese intento directo de imponer…-, también el NOM  lo pretende domeñar la conciencia individual a través de el subterfugio o añagaza presionante de «lo políticamente correcto«, así como a través de las múltiples forma de manipulación mediática que inciden tan de continuo sobre las emociones  y el pensamiento de la sociedad.

La persona en sí (su conciencia), la ley natural, familia, la Iglesia, el cristianismo, la Eucaristía… son realidades incontrolables y espacios de libertad mental y espiritual con los que el NOM quiere acabar.

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