La misericordia de Dios, que cura y salva

     

El Evangelio (Juan 5,1-16) de la liturgia de la misa de hoy 21 de marzo trata de la curación de hombre paralítico en la piscina de Betesda (significa “Casa de la Misericordia”), que Jesús, movido por la compasión, realiza en sábado…, algo no permitido por la ley.

Jesús es quien toma la iniciativa, dirigiéndose al enfermo en peores condiciones de tantos como había, para curarlo. Y lo hace en sábado, día en que está prohibido por ley hacer ningún trabajo o esfuerzo: Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y echa a andar». Y lo judíos (escribas y fariseos) advirtieron: «Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla».

Amar puede traernos consecuencias negativas; pero no por eso hay que dejar de hacerlo. La acción amorosa de Jesús hacia ese enfermo, que llevaba 38 años paralítico, le compromete ante los custodios de las esencias de la ley judía: Por esto los judíos perseguían a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado.

Estas son las palabras del Jesús dirigidas al hombre postrado:

.«¿Quieres quedar sano?»

«Levántate, toma tu camilla y echa a andar».

 «Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor».

Jesús requiere la voluntad, el asentimiento, del hombre que quiere curar. Y es algo que Dios nos dice a todos los que necesitamos de la gracia de los sacramentos; pues es necesaria nuestra participación, el acogimiento de lo que el Señor nos ofrece.

Cuando se ha producido el hecho de la curación de la parálisis, de la liberación de la atadura del mal, el hombre curado —aquel como nosotros ahora— debe levitarse de estado de postración, de mal, de pecado, y cargar con la camilla, la cruz, de deberes y compromisos de la vida, y adelante, echa andar, vive, testimonia…

Y Jesús concluye con esta última exigencia o recomendación necesaria y fundamental para que la sanación, la liberación del mal, sea efectiva y no decaiga:  no peques más. Pues toda la gracia ofrecida por Dios —quedará como despreciada—, sin efecto; quedaremos expuestos a algo aún peor: la condenación eterna.  

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (5,1-16):

Se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.
Hay en Jerusalén, junto a la Puerta de las Ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Esta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos.
Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.

Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice:
«¿Quieres quedar sano?».

El enfermo le contestó:
«Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado».
Jesús le dice:
«Levántate, toma tu camilla y echa a andar».
Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar.
Aquel día era sábado, y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano:
«Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla».

Él les contestó:
«El que me ha curado es quien me ha dicho: “Toma tu camilla y echa a andar”».
Ellos le preguntaron:
«¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar?».
Pero el que había quedado sano no sabía quién era, porque Jesús, a causa del gentío que había en aquel sitio, se había alejado.
Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice:
«Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor».
Se marchó aquel hombre y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado.
Por esto los judíos perseguían a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado
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