¡Cuánto tenemos que aprender de María!

Hay que ser muy grande para permanecer pequeña. Se ha de ser de una gran humildad para dar gracias al Señor, entonando «todas las generaciones me llamarán ‘bienaventurada’, porque el Poderoso ha hecho cosas grandes por mí» (Lc 1,48-49), y permanecer en la sombra. María estaba hecha de una pasta especial: una criatura llena de gracia, llena de la presencia del amor divino.

María era todo esto y más: La humildad, la sencillez, el nulo engreimiento, la suavidad, la mansedumbre, la ternura, el silencio, el recogimiento, la servicialidad, la disponibilidad, la generosidad, la oración calla, contemplativa, la actitud receptiva, la acogida, la confianza, la obediencia a Dios, » hágase a la voluntad…», el compromiso y la fidelidad a la palabra dada, la templanza, etc.

La suavidad. Ser suaves es una virtud santísima, no airarse y tener esa actitud inofensiva, dulce, amable supone mucho en el camino a la santidad. Pero no somos solo responsable de nuestra suavidad, también de que los otros no la pierdan o no la incorporen a su ser. María encarna perfectamente esta tonalidad del ánimo, dulce y suave, sin irritabilidad ni crispación,… a ejemplo de su Hijo. Esta virtud manifiesta el grada de paz interior y santidad (nos pone en contacto e identifica con los sentimientos de Jesús, que nos pidió que fuéramos mansos como Él). Y esta virtud, que mantenerse en ella nos permite ofrecer al Señor esos momentos que la contradicen, que la ponen a prueba; las ocasiones en que somos ofendidos, maltratados, etc.: dejarlo en las manos de Dios, como una ofrenda, como un pequeño sacrifico por su amor, porque Él quiere que nos comportemos así, y a nosotros queremos agradarle en todo, y no hay, pues, que complicarse las cosas con elucubraciones, sino que se ofrece ese momento de disgusto, de decepción, injusto, etc., y sin perder la suavidad, el tono amable, seguir adelante.

La fe. María es la creyente por antonomasia, «la creyente» (he pisteusasa: Lc 1,45). Tal como hacen los pobres de Yahvé, que lo esperan todo de Dios, María puso toda su confianza en Él. La suya, como la nuestra, fue una fe que ignora el futuro y no acaba de comprender (cfr. Lc 1,29.34; 2,50), pero fue también una fe ejemplar por su confianza ciega (cfr. Lc 1,38-45) impregnada de meditación: «Conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón» (Lc 2,51). La fe es una virtud teologal, es decir, que está «impregnada» de Dios, de su presencia en el ser humano, de ahí su relevancia y grandeza. De modo que como dijera san Agustín, María es más dichosa por creer en el anuncio del ángel, que por llevar al Hijo de Dios. Y el mismísimo Jesucristo ya expresó: «Una mujer levantó la voz en medio de la multitud y le dijo: «¡Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron!». Jesús le respondió: «Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican». Ahí radica todo: en acoger su Palabra… en nuestro corazón. En nuestra respuesta de fe nos jugamos todo.

El fiat. Que se haga tu voluntad, Señor. Dejar todo por el Todo. María responde con una «hgase» que supone en cambio de planes en su vida, dejarlo todo, para aventurarse en lo que Dios disponga… La respuesta de María al ángel no se perdió en la historia, sino que llega hasta nosotros: “Hágase en mí según tu palabra”; cambió la historia de humanidad. El ejemplo de María nos puede ayudar «a hacer de toda nuestra vida un sí a Dios, un sí hecho de adoración a Él y de gestos cotidianos de amor y de servicio” (dijo el Papa Francisco, en el habitual rezo del Ángelus de cada domingo, este 8 de diciembre). María no se pierde en tantos razonamientos, no pone obstáculos en el camino del Señor, sino que con prontitud se confía y deja espacio para la acción del Espíritu Santo. 

La servicialidad. María se define a sí misma en su entrega a Dios: se profesa “la sierva o esclava del Señor”. El «sí» de María a Dios asume desde el principio la actitud de servicio, de atención a las necesidades de los demás. Así lo testimonia concretamente el hecho de la visita a Isabel, que sigue inmediatamente a la Anunciación. “La disponibilidad a Dios se encuentra en la voluntad de asumir las necesidades del prójimo. Todo esto sin clamor y sin ostentación, sin buscar lugares de honor, sin publicidad, porque la caridad y las obras de misericordia no necesitan ser exhibidas como un trofeo. Incluso en nuestras comunidades, estamos llamados a seguir el ejemplo de María, practicando el estilo de discreción y ocultación” (Papa Francisco).

La templanza. Aunque pueda parecer que a María se le asigna un papel discreto, a la sombra de su Hijo, al servicio silencioso de su causa, y hasta como «sin entender nada», etc., cabe decir que tuvo una firmeza y coraje absolutos, una valentía y templanza extraordinarias para arrostrar el compromiso que adquirió de por vida. Su existencia no fue cómoda, sus momentos complicados y arduos no faltaron: La Anunciación con todo lo que ello suponía…, las circunstancias del nacimiento de su hijo en un establo, las vicisitudes de la huida a unas tierras extrañas, Egipto, y cuanto vino después como profetizara Simeón a la entrada del templo: «una espada te atravesará el corazón», y por fin, el abandono nueva y definitivamente de su tierra, para vivir sus últimos años en Éfeso. Hay que tener mucho temple para aguantar firme, como muchas de nuestras sacrificadas madres, para asumir el compromiso fiel de lo que «le ha tocado en vida», sin venirse abajo, hasta el final. Con un templanza granítica aunque las circunstancias y los acontecimientos parezcan sobrepasarle y no entender nada; pero sin perderle la cara a la vida, sin retroceder, fiel a su Hijo, hasta el final, al pie de la cruz.

Hay otros muchos matices a destacar de María, como los consabidos de la humildad, pobreza, pequeñez, regimiento, piedad, oración, contemplación, etc.; pero hemos querido resaltar esas cuatro en las que se pone de manifiesto su papel más abiertamente activo.

 

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