Expuestos al peligro

El ser cristiano es algo sencillo, pero con dificultades: entre ellas, la de asumir la responsabilidad de implica ser fiel a  la voluntad de Jesucristo, y el de estar expuestos a correr los riesgos que supone ese seguimiento fiel. Estos se cifran fundamentalmente en el peligro que supone estar «señalado» por el Maligno: que se afana en perseguir a todo lo que es cristiano.

Las lecturas de la misa de hoy, tanto la primera, de los Hechos de los apóstoles 20,28-38, de san Pablo, como el evangelio según san Juan 17,11b-19, nos hablan de esta situación de riesgo de los que somos de Cristo: el peligro a ser extraviado, y condenarnos, y el peligro a ser divididos y perseguidos.

 San Pablo nos habla del cuidado que los pastores han de tener de las corderillos fieles de los que han de cuidar ante el peligro de los lobos feroces, que no tendrán piedad del rebaño, que no tendrán piedad del rebaño. Incluso algunos de vosotros deformarán la doctrina y arrastrarán a los discípulos.. Por eso, estad alerta.  Esto es algo que día estamos viendo que se está dando con ciertos desvaríos como el sínodo alemán.

Y Pablo añade como consuelo y confianza: os dejo en manos de Dios y de su palabra de gracia, que tiene poder para construiros y daros parte en la herencia de los santos.

 Jesús en el evangelio, ya a la hora de dejar cuando se dispone a volver al Padre, pronuncia estas palabras de petición, para que quedemos protegidos en manos del Padre: Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió.

Luego sigue Jesús, en su oración al Padre, expresándolos claramente la realidad a la que nos veremos enfrentados al vivir en el medio de un mundo que es hostil al Reino de Dios: Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo.

 

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (20,28-38):

En aquellos días, decía Pablo a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso: «Tened cuidado de vosotros y del rebaño que el Espíritu Santo os ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió con su propia sangre. Ya sé que, cuando os deje, se meterán entre vosotros lobos feroces, que no tendrán piedad del rebaño. Incluso algunos de vosotros deformarán la doctrina y arrastrarán a los discípulos. Por eso, estad alerta: acordaos que durante tres años, de día y de noche, no he cesado de aconsejar con lágrimas en los ojos a cada uno en particular. Ahora os dejo en manos de Dios y de su palabra de gracia, que tiene poder para construiros y daros parte en la herencia de los santos. A nadie le he pedido dinero, oro ni ropa. Bien sabéis que estas manos han ganado lo necesario para mí y mis compañeros. Siempre os he enseñado que es nuestro deber trabajar para socorrer a los necesitados, acordándonos de las palabras del Señor Jesús: “Hay más dicha en dar que en recibir.”»

Cuando terminó de hablar, se pusieron todos de rodillas, y rezó. Se echaron a llorar y, abrazando a Pablo, lo besaban; lo que más pena les daba era lo que había dicho, que no volverían a verlo. Y lo acompañaron hasta el barco.

Evangelio según san Juan (17,11b-19):

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, oró, diciendo: «Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que ellos mismos tengan mi alegría cumplida. Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo. Y por ellos me consagro yo, para que también se consagren ellos en la verdad.»

Pero tengamos siempre presente estas palabras de Nuestro Señor Jesucristo:

«En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo» (san Juan 16, 33)

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