Sobre la religión…, su futuro, su necesidad (III)

Para los incrédulos lo que no es demostrado científicamente no existe; se tienen por más realistas, pues no creen en lo que no ven. Son como santo Tomás ante la resurrección de Jesús.

Entonces Jesús vivo se le apareció haciéndose ver y tocar sus heridas… Pero añadió, como una gracia especial, afirmando una bienaventuranza -de la que los que, como Tomás piden pruebas, carecen, la fe, virtud teologal-, “¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.” (Jn 20,29).

Tal vez conozca esta anécdota: En una reunión coincidieron un astronauta y un reconocido neurocirujano, y se entabló una discusión sobre la existencia de Dios. En un momento dado, el astronauta dijo: “Tengo una convicción, y es que no creo en Dios. He ido al espacio varias veces y nunca he visto huella de la existencia de Dios.” El neurocirujano se sorprendió, pero disimuló y calló por un instante. Luego de pensar, comentó: “Bueno, pues yo también he viajado por el universo del cerebro humano… He operado muchas cabezas… Y nunca he visto un pensamiento”.

La ciencia al pretender acaparar indebidamente toda la verdad, se torna cienticismo que hace fundamentalismo de los datos. La ciencia no lo puede explicar todo ni  proporcionar la orientación total que el hombre necesita. ¿Qué tiene la religión que no puede dar la ciencia?: la religión satisface lo que Juan Ramón Jiménez llamaba “el inmortal anhelo”. Dios es el único posible de colmar los anhelos del corazón humano y dar respuesta a la inquietud por su ser. El hombre  es un ser de la esperanza, y ésta no la puede otorgar ninguna ciencia ni ningún saber, solo la fe.

El materialismo científico no parece lo más prometedor para llenar los vacíos de la sensibilidad humana. Millones de seres humanos intuyen o quieren creer que hay algo más que lo que se percibe por los cinco sentidos, que la pura materia. Por la misma inteligencia sabemos que cuanto la inteligencia no capta es más real que lo que capta. Como diría san Pablo sabemos que lo invisible es más importante que lo visible. Saint-Exupéry en su Principito lo dijo así: “He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”. La ciencia no sabe nada de lo bello o de lo feo, de lo bueno o de lo malo, de Dios y la eternidad. Lo más importante de la vida no puede pesarse, tocarse, verse… el amor, la alegría, el odio, la tristeza, el pensamiento, la carga semántica de las palabras, el concepto y, por supuesto y sobre todo, la conciencia. Son las que mueven las conductas del ser humano. ¿Cómo demostrar “experimentalmente” la existencia del amor y del odio, de la alegría y la tristeza, de la esperanza y la desesperación, de la generosidad y el egoísmo, de la verdad y la mentira…? La existencia de estas realidades “espirituales”, no tangibles, no materiales, se alcanza por otras vías distintas a las científicas.

Lo espiritual tiene un déficit, que no se ve. Cuando nos aproximamos a las cosas espirituales bajo parámetros de una lógica mundana, materialista, se corre el serio peligro de no comprenderlas. Como dice san Pablo, “el hombre psíquico no acepta las cosas del Espíritu de Dios; son locura para él y no puede entenderlas, ya que hay que juzgarlas espiritualmente” (1 Cor 2,14). Para comprender ciertas cosas hay que creer en ellas. La mentalidad del hombre empírico y materialista es incapaz de abrir a lo divino. La realidad, para este hombre de hoy, ha dejado de tener significación espiritual; desespiritualizada la realidad, se vuelve mostrenca y de un materialismo alienante y embrutecedor.

Las experiencias trascendentales son inevitables en el hombre.  Pertenecen a lo más íntimo de su ser. Su necesidad e ineludibilidad son ya suficiente demostración de realidad. Existen realidades de las que el hombre no acierta a hablar pero que tampoco puede silenciar. Si los filósofos racionalistas y positivistas no hablan, ¿callarán por eso los santos, los poetas… de la existencia plena y total?

 

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