
El Evangelio (Mc 2,23-28) de la liturgia de hoy, 20 de enero, recoge ese episodio en que los fariseos reprocharon a Jesús que sus discípulos arrancaran espigas para comer, lo cual contravenía la ley del sábado que prohibía hacer ningún esfuerzo ese día.
Lectura del santo evangelio según san Marcos (2,23-28):
Sucedió que un sábado Jesús atravesaba un sembrado, y sus discípulos, mientras caminaban, iban arrancando espigas.
Los fariseos le preguntan:
«Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?».
Él les responde:
«¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre, cómo entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes de la proposición, que solo está permitido comer a los sacerdotes, y se los dio también a quienes estaban con él?».
Y les decía:
«El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado».
La Creación, cuanto existe, el universo, del espacio-tiempo, la Historia… han sido por y para el ser humano, las personas, los hijos de Dios. Nada hay sacralizado —»sagrado», inatacable, inajenable, inamovible—, excepto la persona, ni lugares, ni cosas («objetos sagrados»), ni leyes, etc. Solo la persona formada a imagen y semejanza de Dios, creada en un gesto misterioso de amor misericordioso, para ser convocada a vivir eternamente con todos los seres espirituales que viven en el cielo, en el seno y gloria de Dios.
Dios ha querido esta maravilla llamada ser humano, y le ha dotado de una dignidad y una libertad extraordinaria. Y Jesús revela esto en una actitud rompedora para aquel entonces (y para siempre también), llegando a permitir a su discípulos hacer lo que no estaba permitido que se hiciera.
Para entender aún mejor la grandeza de la impronta de nuestra libertad personal, pueden leer también estos otros artículos: «La libertad de los hijos de Dios«.
Y para finalizar les dejamos con esta anécdota de san Francisco de Asís, un ser tan sumergido en la presencia del Espíritu de Dios, que era movido a unos grados de libertad extraordinarios; esta anécdota en la que rompe «moldes o estereotipos», es una muestra de ello. En sintonía y en el espíritu de Jesús.
Era Navidad. Fecha especialmente dichosa para la Francisco y su incipiente hermandad. La fecha en que cayó ese año la celebración de natividad cayó en viernes. Por entonces, existía el precepto de vigilia, es decir de abstinencia de comer carne ese día de la semana. Como uno de los nuevos hermanos rehusaba comer carne ese día, Francisco lo invitó a sentarse a la mesa, y obviara la ley y comiera carne.
–Hermano Morico –le dijo en la alegría de su Espíritu –, no hay vienes que importe cuando es Navidad. Si las paredes pudieran comer carne, se la ofrecería para que también ellas pudieran festejar el nacimiento de Cristo. Hasta ellas tendría que comer carne. Y aunque no puedan hacerlo, haré que la prueben.
Y diciendo eso, tomó un trozo de carne y frotó con él las cuatro paredes de la Porciúncula; en gesto inequívoco de que hasta la hermana tierra y todo el universo entero habían de celebrar la venida de Cristo.
«La ley del Amor«, este articulo nos puede ayudar más a profundizar en este tema de la libertad responsable en la que Dios nos ha creado, y cuyo imperativo único es de de no contradecir la vocación propia de ser como Dios es Amor y Santo. Estos son los cauces de expresión de nuestro ser de personas; lo contrario sería negarme a mi misma. El espíritu humano cuenta con la gracia increada —presencia de Dios en nosotros— que anima, sostiene, predispone y potencia vitalmente a que en nuestra libertad seamos fieles a la grandeza de su designio para con nosotros y no nos descarriemos y perdamos.
Recogemos el comentario de Rosa Ruiz Aragoneses en Ciudad Redonda:
Decía Agustín en sus Confesiones que el amor es el “pondus” del corazón, mi “peso”. Y añade: “Amor Meus Pondus Meum: illo feror, quocumque feror”; que podemos traducir algo así como “El amor es mi peso; por él voy dondequiera que voy”.
He recordado esta frase agustiniana al leer la primera lectura de Hebreros: “la esperanza que Dios nos ofrece es para nosotros como ancla del alma, segura y firme”. Seguramente que todos podemos visualizar la fuerza de un ancla. Me imagino a mí misma, a veces vagando de un lado a otro, etapas o momentos en que no te “encuentras” en ningún sitio. Y es entonces, al sentir un ancla en el propio alma, segura y firme, cuando recuperas tu propia dignidad.
Tenemos el amor como un peso que centra; la esperanza, como ancla de mi alma. Y nos queda la fe. Alguien con fe, amor y esperanza, es alguien libre, señor o señora de su propia vida. Es la imagen que aparece hoy en el evangelio. Propio de Dios es infundirnos la libertad para hacer lo que no está permitido cuando así tu “pondus”, “el ancla de tu alma”, te va llevando. El sábado -y todo cuanto existe- fue creado para el ser humano. ¡Cuánto se fía Dios de nosotros! Y como rezamos en el Himno, “que el hombre no te obligue, Señor, a arrepentirte de haberle dado un día las llaves de la tierra”. Que mi vida no te obligue a arrepentirte de haberme creado libre. Ojalá.
«El Señor es Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad» (2 Cor 3,17).
Recordemos siempre que Dios nos quiere personas libres, amables, santos y felices.
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Palabras del papa Francisco
(Homilía, 7 septiembre 2013)
Los que tienen la enfermedad de los fariseos y son cristianos que ponen su fe y su religiosidad en muchos mandamientos: Ah, debo hacer esto, debo hacer aquello. Cristianos de actitudes: “Pero ¿por qué hacéis esto?” “No, hay que hacerlo.” «¿Pero por qué?» “Ah, no sé, hay que hacerlo”. ¿Y dónde está Jesús? Un mandamiento es válido si viene de Jesús. (…) Pero, Padre, ¿cuál es la regla para ser cristiano con Cristo y no ser cristiano sin Cristo? ¿Y cuál es la “señal” de que una persona es cristiana con Cristo? La regla es sencilla: sólo vale lo que te lleva a Jesús, y sólo vale lo que viene de Jesús. Jesús es el centro, el Señor, como Él mismo dice. ¿Esto te lleva a Jesús? Adelante. ¿Este mandamiento, esta actitud viene de Jesús? Adelante. Pero si no te lleva a Jesús, y si no viene de Jesús, pero quién sabe, es un poco peligroso. La regla es: soy un buen cristiano, pero estoy en el camino de un buen cristiano, si hago lo que viene de Jesús y hago lo que me lleva a Jesús, porque Él es el centro. La señal es: ¿soy capaz de adorar? Adoración, la oración de adoración ante Jesús. Que el Señor nos haga comprender que sólo Él es el Señor, Él es el único Señor, y que nos dé también la gracia de amarlo tanto, de seguirlo, de ir adelante. camino que Él nos muestra. Él enseñó.
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Catena Aurea
Pseudo Crisóstomo Vict. Ant. e Cat in Marc
Los discípulos de Cristo, libres de lo aparente y unidos a la verdad, no guardan la fiesta del sábado, entendido como mero formalismo legal por apariencia. «En otra ocasión, caminando el Señor», etc.
Beda, in Marcum, 1,13
Leemos en lo que sigue que eran muchos los que iban y venían, y no tenían ni tiempo para comer, y por tanto tenían hambre como hombres que eran.
San Juan Crisóstomo
Hambrientos, pues, comían frugalmente por necesidad y no por gula. Sin embargo, los escribas, dados a la apariencia y a la sombra, acusaban a los discípulos de obrar mal. «Sobre lo cual, continúa, le decían los fariseos: ¿Cómo es que hacen?», etc.
San Agustín de opere monach. cap. 22
Se ordenaba al pueblo de Israel por la ley escrita que no se considerase ladrón en sus campos sino al que quisiera llevarse algo consigo, y que se dejara ir libre y sin castigo al que no tocase más que lo que comiera. Así los judíos acusaron a los discípulos del Señor diciendo que habían quebrantado la fiesta del sábado, y no porque hubieran cometido un hurto comiendo las espigas.
Pseudo Crisóstomo Vict. Ant. e Cat in Marc
El Señor libra a sus discípulos de esta acusación, con el ejemplo de David, el cual faltó a la ley alguna vez comiendo de lo destinado a los sacerdotes. «Y El les respondió: ¿No habéis vosotros jamás leído lo que hizo David?»
Teofilacto
Huyendo David de Saúl, fue a casa del Príncipe de los sacerdotes, comió de los panes de proposición, y cogió la espada de Goliat, ofrendas todas hechas a Dios ( 1Sam 21). Pero preguntan algunos cómo el Evangelista llama ahora Abiatar al príncipe de los sacerdotes, cuando en el libro de los Reyes (lib. 1, ut supra) se le llama Abimelech.
Beda
No hay ninguna contradicción en esto, puesto que cuando llegó David y, pidiendo los panes comió, estaban allí ambos: Abimelech, príncipe de los sacerdotes, y Abiatar su hijo. Muerto Abimelech por Saúl, huyó Abiatar con David, y fue su compañero durante su destierro. Después, reinando David, recibió la investidura de sumo sacerdote. Y como fue mucho mejor que su padre, se hizo digno en vida de que el Señor lo hiciese sumo sacerdote. «Y añadióles: El sábado se hizo para el hombre», etc.
Beda
El cuidado que merece la salud y la vida del hombre es mayor que la observancia del sábado. Así es que está mandado guardar el sábado, pero, si hay necesidad, no debe considerarse reo al que lo quebrante; por esta razón no estaba prohibido circuncidar en ese día, porque era necesario hacerlo. Por lo mismo los macabeos peleaban en sábado. Por eso los discípulos que tenían hambre podían hacer, obligados por esta necesidad, lo que estaba prohibido por la ley; así como no habría razón hoy para considerar culpable al enfermo que no ayunase. «En fin el Hijo del hombre -continúa- aun del sábado es dueño», que es como si dijera: Si David, rey, es excusado por haber comido el pan de los sacerdotes, ¿cuánto más deberá serlo el Hijo del hombre, verdadero Rey y Sacerdote y Señor del sábado, por haber permitido arrancar espigas en sábado?
Pseudo Crisóstomo Vict. Ant. e Cat in Marc
El se llama Señor del sábado e Hijo del hombre, cuando, siendo verdaderamente Hijo de Dios, se digna llamarse Hijo del hombre por amor nuestro. La ley no obliga al legislador ni al rey, siéndole permitido al rey más que lo que prescriben las leyes que han sido dictadas para los que las necesitan, no para los que están sobre ellas.
Beda
En sentido místico los discípulos pasan por los campos sembrados, cuando los santos doctores, llenos de una piadosa solicitud, observan a los que han educado en la fe, y cuya hambre debemos interpretar por su deseo de salvar a los hombres. El arrancar las espigas es sacar al hombre de las intenciones mundanas; el refregarlas entre las manos es librar a la pureza del espíritu -con el ejemplo de las virtudes- de la concupiscencia de la carne, como de ciertas cáscaras. El comer los granos es incorporar a los miembros de la Iglesia al que se purifica de sus vicios por la palabra de la predicación. Y con razón, adelantándose hacia su maestro los discípulos recuerdan haber hecho esto, porque es necesario que la palabra del que enseña preceda, y así se ilustra el corazón del oyente: siguiendo a la gracia de la visita superior de arriba. Y está bien que sea en sábado, porque los mismos maestros trabajan predicando por la esperanza del futuro descanso, y amonestan a sus oyentes a que trabajen por el descanso eterno.
Teofilacto
O porque cuando los maestros dominan sus pasiones se hacen aptos para arrancar a los demás de los intereses mundanos.
Beda
Los que se deleitan meditando en las pláticas sagradas marchan también por los sembrados con el Señor: tienen hambre, cuando desean hallar en ellas el pan de vida. Y esto en sábado cuando el descanso es un gozo para el hombre libre de pensamientos turbulentos. Restregan las espigas y las limpian de las cáscaras hasta poder comerlas, cuando llegan leyendo y meditando los testimonios de las Escrituras, las discuten hasta encontrar en ellas la médula del amor: alimento del espíritu desagradable a los necios, pero aprobado por el Señor.
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