La ley del deseo

Es sorprendente el empeño ilógico del ser humano por hacer lo que no puede, no debe o está prohibido. El que algo reúna esas características, que éticamente obedecen a que no le convienen para su ser personal y a salvarla de los peligros que le asaltan por el hecho de existir. Y por eso mismo, llama la atención ese desear lo que va en su contra, lo que le perjudica, e incluso, aparece como un acicate o motivo estimulador para perentoriamente realizarlo.

Es la concupiscencia, la inclinación o tentación, y se «cae» hoy y día sin nada, como si no hubiera conciencia de que no todo deseo per se no es bueno y realizable.

La ley natural (como la divina) viene a señalar que hay cosas, deseos o pretensiones que no se pueden soslayar. Dicha ley, expresada en la naturaleza, para bien de la persona humana, es de alguna «imagen y semejanza» de la divina, de la voluntad reflejada en ella, para procurar el bien y a salvación de los seres humanos. Pero esta armonización en un momento dado se ve truncada por el pecado.

Esta desobediencia arranca ya de la rebeldía de los orígenes, cuando el ser humano ya quiso desear más de lo que le correspondía y quiso soberbiamente ocupar el lugar de su Creador.

Es un revival que se ha perpetuado en el tiempo; pero que hoy cobra especial importancia, por su radicalidad y magnitud en la rebeldía. Niega al Creador, niega su naturaleza, niega sus limitaciones, niega cualquier pecado…

Se trata de la ley del deseo, de la ley del capricho, del egoísmo que se antepone a todo, y que sustituye a la ley natural o la realidad.

El hombre está dispuesto a todo, y no reconoce la masa de que está hecho. Es incapaz de respetar a si mismo, lo que es y como ha sido creado, para convertirse en otra cosa, siguiendo unos deseos que le alejan de esa realidad, de lo que es y esta llamado a ser más, a más plenitud. 

El hombre actual se haya guerra contra lo que es él mismo, contra su ser, su naturaleza y la elemental realidad ¾aquello que no elegimos y que existe independientemente de nuestros deseos¾. De modo que se propone alterar el tablero, el sistema de juego, las fichas, los jugadores…, todo; está dispuesto a todo con tal de hacer lo que quiere. Pero, claro, esta rebeldía, llevada hasta sus últimas consecuencias, precipita al caos, distorsiona la realidad en un desorden de graves consecuencias.

«Este drama refleja en el fondo la pérdida de los códigos morales y la dificultad de entrar en empatía, en identificación con los demás. Se produce una pérdida de los límites entre lo que se puede hacer y lo que no, entre lo que debe quedar en el ámbito del pensamiento o de la fantasía, y lo que puede ser externalizados, hecho”, afirma el Dr. Marcelli.

No se puede inculcar la ilusión de creer que se puede hacer cualquier cosa y todo, como inadvertidamente se lleva a cabo hoy día en la generalidad de la sociedad occidental.

Y al igual que se pretende obtener cualquier cosa que se desea, en sentido negativo a través del pensamiento mágico se pretende ilusamente negar la realidad que no gusta, sus dificultadles, el querer superarla con solo desearlo, pensarlo o ignorarlo, para cambiarla o que no exista, es absurdo. Resistirse a no reconocerse humildemente que tiene una naturaleza limitada y ceñida a su condición, que impone ceñirse a un orden constitutivo a respetar.

El hacer consistir la felicidad en la satisfacción ilimitada de los deseos es rotundamente falso e inhumano.

El negar que exista una moralidad a la que sujetarse, cediendo los deseos y caprichos que te pida el cuerpo, es injusto y de graves consecuencias.

El ignorar que exista el bien y el mal, el negar que exista el pecado y que pueda perjudicarle seriamente, es una gravísima responsabilidad por quien falsea esa realidad, engaña y maleduca.  

A la ley natural que incidía sobre la conciencia marcándola en rumbo de su determinación se la ha transmutado por la ley del deseo, previa pulverización de la conciencia. De modo que se ha llegado a un momento de la historia, nunca antes visto, en que la manera de comportarse el ser humano consiste en «hacer lo que me apetezca» o «lo que me pida el cuerpo», que han remplazado a la conciencia. Es decir la materia ha prevalecido sobre el espíritu.

Y esto ni es posible siempre ni es conveniente siempre. Entre otras cosas porque puede perjudicar seriamente a la salud, la física y sobre todo la espiritual o incluso la psíquica, y también, claro está, a la sociedad. Y compromete el futuro de esta vida y el de la del más allá.

Esta verdad se obvia y se sigue adelante, sin más. Está claro que si uno mira por hacer su capricho, lo que le da gusto, le apetezca e incluso le interese, se entra en una vorágine egoísta y antisocial, cuyas posibles consecuencias ya está siendo gravísimas (a modo de ejemplo, pensemos en la conflictividad de la relación de padres e hijos, la de las parejas, la insolidaridad y falta de empatía en la sociedad, etc.).

La ley del deseo, si más, es una locura descomunal, que atenta contra toda lógica antropológica.

Uno, por más que se lo proponga, no puede saltar más allá de sus propia sombra, por más que lo intente; uno es como es, perteneciente a la especie humana.

¿Cuando llegue a tragedia, qué dirán aquellos que han jugado a ser dios?

 

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