El Evangelio del día de hoy, 26 de marzo, nos muestra en medio de una controversia de Jesús con los doctores de la ley la condición divina de Jesús, su existencia desde siempre, y la salvación que otorga a aquellos que crean en Él: “Yo les aseguro: el que es fiel a mis palabras no morirá para siempre”.
Se da un tremendo enfrentamiento con los fariseos, que le acusan a Jesús de estar endemoniado. Y es justamente ahí, en la identidad, donde se entabla lo decisivo: “¿Quién pretendes ser tú?” La realidad de Jesús y las consecuencias de negarle, calificándole como lo opuesto a lo que es: el ser glorioso que es y que existe desde siempre, desde “antes que naciera Abraham, Yo Soy”. Jesús insiste en varios ocasiones en asentar lo que dice –“Yo les aseguro-, queriendo afirmar con firmeza la importancia verdad de lo que está revelando. De modo que quien es fiel su palabra, como Él lo es a la del Padre, vivirá para siempre.
En cuanto a término “Yo soy” como revelador de la identidad divina de Jesús, les remitimos a lo comentado sobre el Evangelio de hace un par de días: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy».
Por lo demás, destacar una cosa más: la obcecación de los judíos en su dureza interior y visión estrecha de la realidad, incapaces de trascender, de salir de su marco mental y cambiar la perspectiva existencial, creyendo en lo que Jesús les dice y representa. Es obvio, cómo el Evangelio de Juan está en otro nivel al que no llegan los judíos, porque tienen el corazón aprisionado en sus propias ideas. Esto es algo que tal vez nos podríamos aplicar también nosotros, tenemos que estar atentos a nuestra falta de sinceridad, de apertura, de fidelidad y compromiso con la voluntad de Jesús; puede que también nos quedemos un nivel humano sin no comprenderemos lo que Jesús nos quiere comunicar. Hemos de estar en constante actitud de escucha y conversión.
Lectura del santo evangelio según san Juan 8, 51-59
En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Yo les aseguro: el que es fiel a mis palabras no morirá para siempre”.
Los judíos le dijeron: “Ahora ya no nos cabe duda de que estás endemoniado. Porque Abraham murió y los profetas también murieron, y tú dices: ‘El que es fiel a mis palabras no morirá para siempre’. ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Abraham, el cual murió? Los profetas también murieron. ¿Quién pretendes ser tú?”
Contestó Jesús: “Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, aquel de quien ustedes dicen: ‘Es nuestro Dios’, aunque no lo conocen. Yo, en cambio, sí lo conozco; y si dijera que no lo conozco, sería tan mentiroso como ustedes. Pero yo lo conozco y soy fiel a su palabra. Abraham, el padre de ustedes, se regocijaba con el pensamiento de verme; me vio y se alegró por ello”.
Los judíos le replicaron: “No tienes ni cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?” Les respondió Jesús: “Yo les aseguro que desde antes que naciera Abraham, Yo Soy”.
Entonces recogieron piedras para arrojárselas, pero Jesús se ocultó y salió del templo.
Lectura del libro del Génesis Génesis 17, 3-9
Cuando Dios se le apareció, Abram se postró con el rostro en el suelo y Dios le dijo:
“Aquí estoy. Ésta es la alianza que hago contigo: Serás padre de una multitud de pueblos. Ya no te llamarás Abram, sino Abraham, porque te he constituido como padre de muchas naciones.
Te haré fecundo sobremanera; de ti surgirán naciones y de ti nacerán reyes. Contigo y con tus descendientes, de generación en generación, establezco una alianza perpetua para ser el Dios tuyo y de tus descendientes. A ti y a tus descendientes les daré en posesión perpetua toda la tierra de Canaán, en la que ahora vives como extranjero; y yo seré el Dios de ustedes’’.
Después le dijo Dios a Abraham: “Cumple, pues, mi alianza, tú y tu posteridad, de generación en generación”.
«Los doctores de la ley no entendían la alegría de la promesa; no entendían la alegría de la esperanza. En cambio, nuestro padre Abrahán fue capaz de alegrarse porque tenía fe. Esos doctores de la ley habían perdido la fe: eran doctores de la ley, pero sin fe. Más aún: habían perdido la ley, porque el centro de la ley es el amor, el amor a Dios y al prójimo…» (Papa Francisco)
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(Benedicto XVI – Homilía en el cuarto aniversario de la muerte de San Juan Pablo II, 2 de abril de 2009)
El pasaje evangélico de este jueves de la quinta semana de Cuaresma propone a nuestra meditación la última parte del capítulo 8 de san Juan, que, como hemos escuchado, contiene una larga disputa sobre la identidad de Jesús. Poco antes él se había presentado como «la luz del mundo» (v. 12), usando tres veces (vv. 24.28.58) la expresión «Yo soy», que en sentido fuerte alude al nombre de Dios revelado a Moisés (cf. Ex 3, 14). Y añade: «Si alguno guarda mi Palabra, no verá la muerte jamás» (v. 51), declarando así que había sido enviado por Dios, que es su Padre, a traer a los hombres la libertad radical del pecado y de la muerte, indispensable para entrar en la vida eterna.
Sin embargo, sus palabras hieren el orgullo de sus interlocutores; también la referencia al gran patriarca Abraham se convierte en motivo de conflicto. «En verdad, en verdad os digo —afirma el Señor—: antes de que Abraham existiera, Yo soy» (Jn 8, 58). Sin medios términos, declara su preexistencia y, por tanto, su superioridad con respecto a Abraham, suscitando —comprensiblemente— la reacción escandalizada de los judíos. Pero Jesús no puede callar su propia identidad; sabe que, al final, será el Padre mismo quien le dará la razón, glorificándolo con la muerte y la resurrección, porque, precisamente cuando sea elevado en la cruz, se revelará como el Hijo unigénito de Dios (cf. Jn 8, 28; Mc 15, 39).
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Catena Aurea
Orígenes, ut sup
Y así debe entenderse esta expresión: «El que guardare mi palabra no verá la muerte para siempre», como si dijere: «si alguno conserva mi antorcha, no verá las tinieblas». Y en cuanto dice «para siempre», generalmente debe tomarse para que se entienda de este modo: «Si alguno guardare mi palabra eternamente, no verá la muerte en toda la eternidad, porque ninguno habrá de ver la muerte en tanto que conserve la palabra de Jesús, pero cuando alguno falte a la observancia de lo que ha dicho, y sea negligente en cuanto a su custodia, cesa de custodiar a Dios, y entonces no ve la muerte respecto de algún otro, sino en sí mismo. Y así, una vez instruidos nosotros por el Salvador, podemos contestar al profeta, que pregunta: «¿Quién es el hombre que vivirá y no verá la muerte?» ( Sal 88,49) El que guarda la palabra de Dios.
Crisóstomo, ut sup
Dice el que la guardare no sólo por medio de la fe, sino por medio de una vida pura. Y en esto les da a conocer, aunque de una manera embozada, que ningún daño pueden hacerle. Porque si el que guardare su palabra no morirá eternamente, con mucha más razón el que lo dice no puede morir.
San Gregorio, in evang. hom. 18
Como es necesario para los buenos convertirse en mejores por medio de los ultrajes, así generalmente los malos se convierten en peores por medio de los beneficios. Por esta razón los judíos, después de oída la predicación del Salvador, blasfeman contra El diciendo: «Ahora conocemos que tienes al demonio».
Orígenes, in Ioannem, tom. 26
Aquéllos que creen en las Sagradas Escrituras, conocen que aquello que hacen los hombres fuera de la recta razón, no lo hacen sin la cooperación de los demonios. Y así los judíos creían que Jesús hablaba impulsado por el poder del demonio, cuando dijo: «Si alguno guardare mi palabra no verá la muerte», etc. Y sufrieron este engaño porque no conocieron la virtud de Dios, porque Este había hablado de cierta muerte contraria a la razón, con la que sucumben los pecadores, y ellos suponían que se refería a la muerte natural en lo que decía, por cuya razón le increpan, tomando como argumento la muerte de Abraham y de los profetas. Por esto añade: Abraham murió y los profetas; y tú dices: si alguno guardare mi palabra, no gustará la muerte, etc. Y como hay alguna diferencia entre gustar y ver la muerte, en lugar de que no vería la muerte, dijeron «no gustará la muerte», como oyentes inhábiles que confundían la palabra del Señor. Pues así como Jesucristo puede ser gustado, porque es el pan vivo, en cuanto es la sabiduría, es de visible hermosura; y así su muerte, aunque contraria es apetecible y visible. Y cuando alguno gozara por medio de Jesucristo en algún estado espiritual, no gustará la muerte si conserva aquel estado, según dice San Mateo: «Hay de los que aquí están presentes, algunos que no gustarán la muerte» ( Mt 16,28), pues cuando alguno reciba la palabra de Jesucristo y la guarde, no verá la muerte.
Crisóstomo, in Ioannem, hom.54
Otra vez, por su vanagloria, se refugian en el parentesco. Por esto sigue el Evangelista: «¿Acaso tú eres mayor que nuestro Padre Abraham, que murió?». También podían decir, ¿acaso tú eres mayor que Dios, cuya palabra han oído algunos y han muerto? Pero no dicen esto, porque también le consideraban como menor que Abraham.
Orígenes, ut sup
Y no distinguen que es mayor que Abraham el que ha nacido de una Virgen, y aun mayor que todo el que ha nacido de mujer. Los judíos, además, no decían verdad cuando dijeron que Abraham había muerto. Porque había oído la palabra de Dios y la había guardado. Lo mismo debemos decir de los profetas, de los cuales añaden: «y los profetas murieron», a pesar de que también guardaron la palabra del Hijo de Dios, cuando ésta se dirigió a Oseas o a Jeremías. Porque si algún otro la guardó, también la guardaron los profetas. Luego mintieron cuando dicen: «Ahora conocemos que tienes demonio», y cuando dicen: «Abraham murió y los profetas».
San Gregorio, ut sup
Y como empezaban a participar de la muerte eterna, no conociendo la muerte en que incurrían, viendo únicamente la muerte del cuerpo, no veían bien en aquellas palabras de verdad. Por esto añaden: «¿Quién te hace a ti mismo?»
Teofilacto
Como diciendo: «tú que no eres digno de consideración alguna, que sólo eres hijo de un carpintero de Galilea, usurpas para ti toda la gloria».
Beda
«¿Quién te haces a ti mismo?» Esto es, ¿de cuánto mérito y cuánta dignidad quieres que se te juzgue? Abraham había muerto en cuanto al cuerpo, pero vivía en cuanto al alma. De más importancia es la muerte del alma, que ha de vivir eternamente, que la del cuerpo, que ha de morir alguna vez.
Orígenes, ut sup
Esta objeción era propia de personas que estaban ciegas, porque lo que Jesús se hacía era lo que había recibido del Padre. Por esto sigue: «Respondió Jesús: si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria nada es».
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 54
Dijo esto respondiendo a sus sospechas, como había dicho antes: «Mi testimonio no es verdadero, si doy testimonio de mí mismo» ( Jn 5,31).
Beda
En estas palabras el Salvador da a conocer que nada es la gloria de la vida presente.
San Agustín, in Joannem, tract. 43
Y dijo esto refiriéndose a lo que le habían dicho: «¿Quién te haces a ti mismo?». Por esto refiere su propia gloria al Padre, de quien es, por cuya razón añade: «Mi Padre es el que me glorifica». Los arrianos nos arguyen por esta frase en cuanto a nuestra fe, y dicen: «He aquí cómo es mayor el Padre que glorifica al Hijo». Herejes, ¿no habéis leído que el mismo Hijo dice que glorifica a su Padre?
Alcuino
Glorificó el Padre al Hijo en el día de su bautismo ( Mt 3), en el monte ( Mt 17) y en el tiempo de su pasión; también se dejó conocer el eco de su voz en presencia de la multitud ( Jn 12), y después de su pasión lo resucitó y lo colocó a la derecha de su Majestad ( Ef 1; Heb 1). Y añadió: «El que vosotros decís que es vuestro Dios».
Crisóstomo, ut sup
Con esto les quiso dar a conocer el Salvador que no sólo no conocían a su Padre, sino que tampoco a Dios.
Teofilacto
Porque si conociesen verdaderamente al Padre, venerarían a su Hijo. Mas desprecian a Dios, quien prohibe el homicidio en la Ley, al clamar contra Jesucristo. Por esto añade: «Y no le conocisteis».
Alcuino
Como diciendo: «vosotros le llamáis de un modo material vuestro Dios, y le servís por las cosas temporales, pero no le conocisteis como debe ser conocido, y por eso no sabéis servirle espiritualmente».
San Agustín, ut sup
Dicen algunos herejes que Dios, tal como fue anunciado en el Antiguo Testamento, no era el Padre de Jesucristo, sino que Este era no sé qué príncipe de los ángeles malos. Y contra lo que ellos creían decía el Salvador que era su Padre Aquél a quien ellos llamaban su Dios. Y no le conocieron, porque si le hubiesen conocido hubiesen recibido a su Hijo. Por esto, hablando de sí mismo, añade: «Mas yo le conozco». Atendiendo al espíritu mundano, pudo dar motivo para que los que le juzgaban le considerasen como orgulloso. Pero no debe precaverse la soberbia hasta el punto de faltar a la verdad, por lo que añade: «Y si dijere que no le conozco, seré mentiroso como vosotros».
Crisóstomo, ut sup
Como diciendo: «así como vosotros mentís diciendo que le conocéis, mentiría yo si dijese que no le conocía». Pero la prueba de que efectivamente la conocía es que había sido enviado por El. Y esto es lo que dice a continuación: «Mas le conozco».
Teofilacto
Y en realidad tenía un verdadero conocimiento de El, porque era lo mismo que el Padre. Y por eso mismo, como se conocía a sí mismo conocía al Padre. Y da una prueba de que le conoce, añadiendo: «Y guardo su palabra», llamando palabra a sus mandamientos. Algunos entienden que cuando dice: «guardo su palabra», quiere decir la razón de su esencia. Porque es una misma la razón de la existencia del Padre y la del Hijo. Y así conozco al Padre. Y en cuanto al sentido en que esto se toma debe entenderse conozco al Padre, porque guardo su palabra y su razón.
San Agustín, ut sup
Además, hablaba las palabras del Padre, como Hijo suyo que es. Y Este mismo era el Verbo del Padre, que hablaba a los hombres.
Crisóstomo, ut sup
Y como habían dicho: «¿Por ventura eres tú mayor que nuestro padre Abraham?», nada dice de la muerte. Pero manifiesta a continuación que es mayor que Abraham, cuando añade: «Abraham, vuestro padre, deseó con ansia ver mi día, le vio y se gozó», a saber, por el beneficio que recibe de mí, como mayor.
Teofilacto
Es como si dijere que tuvo a su día como deseable y lleno de alegría, y no como alguna cosa de poco interés o casual.
San Agustín, ut sup
No temió, sino «deseó con ansia ver». Ciertamente creyendo, se alegró esperando. Y así vio con la mente mi día. Puede dudarse si se refería a la vida temporal del Señor en que había de venir en carne mortal, o si se refería al día del Señor, que no tiene principio ni fin. Pero yo no dudo que el padre Abraham lo sabía todo. Porque dijo a su siervo cuando le mandó a pedir esposa para su hijo Isaac: «Pon tu mano bajo mis muslos, y júrame por el Dios del cielo» ( Gén 24,2). Luego, ¿qué significaba aquel juramento sino que daba a entender que de la descendencia de Abraham habría de venir en carne mortal el Dios del cielo?
San Gregorio, in Evang. hom. 15
Y entonces también vio Abraham el día del Señor, cuando dio hospitalidad a tres ángeles, en quienes vio la figura de la Trinidad beatísima.
Crisóstomo, in Ioannem, hom.54
Y también llamó su día al día de la crucifixión, el que prefiguró Abraham ofreciendo el carnero en vez de su hijo Isaac ( Gén 22). Con esto se demostraba que no vino obligado a sufrir la pasión. Y manifestando que ellos no pensaban como Abraham, porque éstos se lamentan de aquello mismo de que aquél se alegraba.
San Agustín, ut sup
¿Y qué gozo no sería el de aquel corazón que vio al Verbo brillando en el esplendor de los santos a la vez que continuaba unido al Padre, y que en algún tiempo vendría hecho hombre sin separarse del seno del Padre?
San Gregorio, in Evang. hom. 18
Como los pensamientos de los judíos eran carnales, cuando oían las palabras de Jesucristo, no levantaban los ojos de la carne, porque no veían en El otra cosa que sólo la edad de la carne. Por esto sigue el Evangelista: «Y los judíos le dijeron: ¿aún no tienes cincuenta años y has visto a Abraham?» Como diciendo: «muchos años han pasado desde que murió Abraham; ¿y cómo vio tu día?» Pues entendían esto en sentido material.
Teofilacto
El Salvador tenía entonces treinta y tres años, ¿por qué no dijeron, pues, aún no tienes cuarenta años, sino que dijeron cincuenta? Esta pregunta es inútil. Sencillamente porque dijeron lo que se les ocurrió. Pero la contestan algunos diciendo que dijeron cincuenta en reverencia del año quincuagésimo, a que llamaban del jubileo. En este año daban la libertad a los cautivos y cedían las posesiones que habían comprado ( Lev 26; Núm 23).
San Gregorio, ut sup
El Salvador consiguió con su bondad, levantar aquellos de las miras humanas a la contemplación de la divinidad. Por esto sigue: «Jesús les dijo: en verdad, en verdad os digo, que antes que Abraham fuese, yo soy». Antes es el tiempo pasado, soy es el tiempo presente. Pero la divinidad no tiene tiempo pasado ni futuro sino que siempre es. Por esto no dijo antes que Abraham yo fui, sino que dijo «antes que Abraham fuese yo soy», de acuerdo con aquellas palabras del Exodo: «Yo soy el que soy» ( Ex 3,14). Luego, antes y después de Abraham existió también, pero pudo acercarse por la manifestación de su presencia, y pudo retirarse por el curso de su vida.
San Agustín, in Joannem, tract. 43
Y por lo mismo que Abraham era criatura no dijo: «antes que Abraham fuese», sino: «antes que Abraham fuese hecho». Ni tampoco dijo: «yo he sido hecho, porque «en el principio existía el Verbo» ( Jn 1,1).
San Gregorio, ut sup
Mas como las imaginaciones de los infieles no podían comprender estas palabras de eternidad, se propusieron abrumar a Aquél a quien no podían entender. Por esto sigue: «Tomaron entonces piedras para tirárselas».
San Agustín, ut sup
¿A dónde iba a recurrir la dureza de ellos, sino a sus semejantes (esto es, a las piedras)?
Teofilacto
Y después que el Señor había concluído de enseñarles todo lo que afectaba a su persona, los judíos le arrojan piedras, pero los abandona como aquéllos que no admiten corrección. Por esto sigue el Evangelista: «Mas Jesús se escondió y se salió del templo». No se escondió en un ángulo del templo como temiendo, ni huyendo se entró en alguna choza, ni se ocultó a la espalda del muro, o a la sombra de alguna columna, sino que en virtud de su gran poder se hizo invisible para los que le tendían asechanzas, y salió por en medio de ellos.
San Gregorio, ut sup
Si hubiera querido ejercer el poder de su divinidad, los hubiese envuelto en sus propios golpes con el mandato tácito de su voluntad, o los hubiese sujetado a las penas de una muerte repentina; mas el que había venido a sufrir no quería juzgar.
San Agustín, ut sup
Debía más bien enseñar la paciencia que ejercitar el poder.
Alcuino
Y por esto huyó, porque aún no había llegado la hora de su pasión, y porque El no había elegido esta clase de muerte.
San Agustín, ut sup
Luego, como hombre huyó de las piedras, pero ¡ay de aquéllos, de cuyos corazones de piedra huye el Señor!
Beda
En sentido místico, cuando alguno se detiene en los malos pensamientos, arroja sobre Jesús tantas piedras cuantos son aquéllos pensamientos. Por tanto, en cuanto le corresponde, si pasa al delirio de la pasión, mata a Jesús.
San Gregorio, ut sup
¿Y qué dio a entender el Señor escondiéndose, sino que su misma verdad se esconde de aquellos que desprecian sus preceptos? Y la verdad huye de aquella alma a quien no encuentra humilde. ¿Y qué nos da a conocer con este ejemplo, sino que también debemos retirarnos humildemente ante la furia de los soberbios, aunque podamos resistir?
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