«Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy»

En el Evangelio de la liturgia de la misa de hoy, 24 de marzo, Jesús, en una controversia más con los fariseos, revela más claramente su íntima relación con el Padre y su identidad divina.

Relevaciones muy importantes, tan fuertes para la jerarquía religiosa de Israel, que iban a precipitar la aversión definitiva hacia Jesús; algo de lo que Él era plenamente consciente y sabedor de a lo que se exponía: a su crucifixión.

Al ser levanto sobre la cruz, al igual que en la primera lectura de hoy (Números 21, 4-9), se lee: Haz una serpiente como ésas y levántala en un palo. El que haya sido mordido por las serpientes y mire la que tú hagas, vivirá”. Moisés hizo una serpiente de bronce y la levantó en un palo; y si alguno era mordido y miraba la serpiente de bronce, quedaba curado.”  De igual manera Cristo al ser Crucificado —“levantado”— cura, salva, a todos aquellos pecadores que le miran con fe: “si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados”.

Jesús habla en términos tajantes, sin lugar a la concesión, sin remilgos: “Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Ya os he dicho que moriréis en vuestros pecados, porque si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados”: es decir, Jesús afirma que Él es del cielo, lugar santo, en cambio, los fariseos, su lugar es aquí abajo, el mundo, y si no cambian y creen en Él y cambian, morirán porque los pecadores son portadores muerte. Jesús les repite varias veces esta idea de que no podrán ir al lugar al que Él va, al cielo, si mueren por los pecados.

En la segunda parte, Jesús habla de estrecha –íntima, mística, sobrenatural- vinculación que tiene con el Padre, del que hace lo que le agrada –su voluntad- y que le ha enviado a cumplir esta misión de venir al mundo a anunciar el Reino de Dios a los hombres.

Jesús hablaba con autoridad, la que dimana de su condición divina: Amén de referirse su origen y destino, que no es de este mundo, también usa se atribuye la significativa y única expresión reservada para el Mesías del Hijo hombre, el que ha de juzgar…, y el término personalísimo y revelador de su divinidad: “Yo soy”. Nombre que Dios reveló a Moisés de cual  era su nombre, en la teofanía de la zarza ardiente (Ex 3,13-15): Yo soy el que soy»;  Yahvé (o el Tetragrámaton YHWH). En relación a Jesucristo, en los Evangelios se usa el “Yo soy” en múltiples ocasiones, en el evangelio de san Juan 7 veces.

Esto nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica:

205 Moisés dijo a Dios: «Si voy a los hijos de Israel y les digo: «El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros»; cuando me pregunten: «¿Cuál es su nombre?», ¿qué les responderé?» Dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy». Y añadió: «Así dirás a los hijos de Israel: «Yo soy» me ha enviado a vosotros […] Este es ni nombre para siempre, por él seré invocado de generación en generación» (Ex 3,13-15).

206 Al revelar su nombre misterioso de YHWH, «Yo soy el que es» o «Yo soy el que soy» o también «Yo soy el que Yo soy», Dios dice quién es y con qué nombre se le debe llamar.

207 Al revelar su nombre, Dios revela, al mismo tiempo, su fidelidad que es de siempre y para siempre, valedera para el pasado («Yo soy el Dios de tus padres», Ex 3,6) como para el porvenir («Yo estaré contigo», Ex 3,12). Dios, que revela su Nombre como «Yo soy» ,se revela como el Dios que está siempre allí, presente junto a su pueblo para salvarlo.

209 Por respeto a su santidad el pueblo de Israel no pronuncia el Nombre de Dios. En la lectura de la Sagrada Escritura, el Nombre revelado es sustituido por el título divino «Señor» (Adonai, en griego Kyrios). Con este título será aclamada la divinidad de Jesús: «Jesús es Señor».

210 Tras el pecado de Israel, que se apartó de Dios para adorar al becerro de oro (cf. Ex 32), Dios escucha la intercesión de Moisés y acepta marchar en medio de un pueblo infiel, manifestando así su amor (cf. Ex 33,12-17). A Moisés, que pide ver su gloria, Dios le responde: «Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad (belleza) y pronunciaré delante de ti el nombre de YHWH» (Ex 33,18-19). Y el Señor pasa delante de Moisés, y proclama: «Señor, Señor, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad» (Ex 34,5-6). Moisés confiesa entonces que el Señor es un Dios que perdona (cf. Ex 34,9).

211 El Nombre divino «Yo soy» o «Él es» expresa la fidelidad de Dios que, a pesar de la infidelidad del pecado de los hombres y del castigo que merece, «mantiene su amor por mil generaciones» (Ex 34,7). Dios revela que es «rico en misericordia» (Ef 2,4) llegando hasta dar su propio Hijo. Jesús, dando su vida para librarnos del pecado, revelará que Él mismo lleva el Nombre divino: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo soy» (Jn 8,28)

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (8,21-30):

 En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: «Yo me voy y vosotros me buscaréis, y moriréis en vuestro pecado. Adonde yo voy, vosotros no podéis ir». Los judíos se decían: «¿Es que se va a suicidar, pues dice: ‘Adonde yo voy, vosotros no podéis ir’?». El les decía: «Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Ya os he dicho que moriréis en vuestros pecados, porque si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados».

Entonces le decían: «¿Quién eres tú?». Jesús les respondió: «Desde el principio, lo que os estoy diciendo. Mucho podría hablar de vosotros y juzgar, pero el que me ha enviado es veraz, y lo que le he oído a Él es lo que hablo al mundo». No comprendieron que les hablaba del Padre. Les dijo, pues, Jesús: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy, y que no hago nada por mi propia cuenta; sino que, lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo. Y el que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a Él». Al hablar así, muchos creyeron en Él.
 

Primera lectura: Números 21, 4-9

En aquellos días, los hebreos salieron del monte Hor en dirección al Mar Rojo, para rodear el territorio de Edom; pero por el camino, el pueblo se impacientó y murmuró contra Dios y contra Moisés, diciendo: “¿Para qué nos sacaste de Egipto? ¿Para que muriéramos en el desierto? No tenemos pan ni agua y ya estamos hastiados de esta miserable comida”.

Entonces envió Dios contra el pueblo serpientes venenosas, que los mordían, y murieron muchos israelitas. El pueblo acudió a Moisés y le dijo: “Hemos pecado al murmurar contra el Señor y contra ti. Ruega al Señor que aparte de nosotros las serpientes”. Moisés rogó al Señor por el pueblo y el Señor le respondió: “Haz una serpiente como ésas y levántala en un palo. El que haya sido mordido por las serpientes y mire la que tú hagas, vivirá”. Moisés hizo una serpiente de bronce y la levantó en un palo; y si alguno era mordido y miraba la serpiente de bronce, quedaba curado.

 

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Palabras del papa Francisco

(Homilía en la Santa Misa con el rito del matrimonio, 14 de septiembre de 2014)

La prima Lectura nos habla del camino del pueblo en el desierto. Pensemos en aquella gente en marcha, siguiendo a Moisés; eran sobre todo familias: padres, madres, hijos, abuelos; hombres y mujeres de todas las edades, muchos niños, con los ancianos que avanzaban con dificultad… Este pueblo nos lleva a pensar en la Iglesia en camino por el desierto del mundo actual, nos lleva a pensar en el Pueblo de Dios, compuesto en su mayor parte por familias.

Y nos hace pensar también en las familias, nuestras familias, en camino por los derroteros de la vida, por las vicisitudes de cada día… Es incalculable la fuerza, la carga de humanidad que hay en una familia: la ayuda mutua, la educación de los hijos, las relaciones que maduran a medida que crecen las personas, las alegrías y las dificultades compartidas… En efecto, las familias son el primer lugar en que nos formamos como personas y, al mismo tiempo, son los “adobes” para la construcción de la sociedad.

Volvamos al texto bíblico. En un momento dado, «el pueblo estaba extenuado del camino» (Nm 21,4). Estaban cansados, no tenían agua y comían sólo “maná”, un alimento milagroso, dado por Dios, pero que, en aquel momento de crisis, les parecía demasiado poco. Y entonces se quejaron y protestaron contra Dios y contra Moisés: “¿Por qué nos habéis sacado…?” (cf. Nm 21,5). Es la tentación de volver atrás, de abandonar el camino.

Esto me lleva a pensar en las parejas de esposos que “se sienten extenuadas del camino”, del camino de la vida conyugal y familiar. El cansancio del camino se convierte en agotamiento interior; pierden el gusto del Matrimonio, no encuentran ya en el Sacramento la fuente de agua. La vida cotidiana se hace pesada, y muchas veces “da náusea”.

En ese momento de desorientación –dice la Biblia–, llegaron serpientes venenosas que mordían a la gente, y muchos murieron. Esto provocó el arrepentimiento del pueblo, que pidió perdón a Moisés y le suplicó que rogase al Señor que apartase las serpientes. Moisés rezó al Señor y Él dio el remedio: una serpiente de bronce sobre un estandarte; quien la mire, quedará sano del veneno mortal de las serpientes.

¿Qué significa este símbolo? Dios no acaba con las serpientes, sino que da un “antídoto”: mediante esa serpiente de bronce, hecha por Moisés, Dios comunica su fuerza de curación, fuerza de curación que es su misericordia, más fuerte que el veneno del tentador.

 

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Catena Aurea

 

San Agustín, in Joannem, tract. 38

Como ya se ha dicho, ninguno le echó mano, porque aún no había llegado su hora. Habla en seguida a los judíos de su pasión, que no estaba sujeta a la necesidad, sino a su voluntad. Por esto sigue el evangelista: «Y en otra ocasión les dijo Jesús yo me voy», porque la muerte del Salvador no fue otra cosa que el regreso al cielo, de donde había venido y de donde había salido.
 

Beda

Esta encadenación de palabras es de tal naturaleza, que parece se pronunciaron en un mismo tiempo y en un mismo lugar (y también en distintos tiempos y lugares), porque tanto puede entenderse que en el intervalo nada medió, como que pudieron mediar muchas cosas.
 

Orígenes, in Ioannem, tom. 19

Pero alguien podrá objetar: Si decía esto a los que permanecían en la incredulidad, ¿cómo les dice: «y me buscaréis»? Porque buscar a Jesucristo es buscar la verdad y la sabiduría. Pero se dirá que también algunas veces, refiriéndose a sus perseguidores, se decía que buscaban el modo de prenderlo. Efectivamente, hay mucha diferencia entre los que buscan a Jesús; no todos le buscan para su propia salvación ni por su propia utilidad. Por esto sólo encuentran la paz aquéllos que le buscan con buen fin, y se dice que le buscan con buen fin aquellos que buscan al Verbo como era en el principio cuando estaba con Dios, y para que los lleve al Padre.
 

San Agustín, ut sup

«Me buscaréis, dice el Señor, pero no con piadoso afecto, sino por odio». Y en verdad que le buscaron cuando desapareció de la vista de los hombres, tanto los que le aborrecían cuanto los que le amaban; los primeros, persiguiéndole; los segundos, deseando tenerle consigo. «Y no creáis que me buscaréis con buen fin, por esto moriréis en vuestro pecado». Esto quiere decir buscar mal a Jesucristo, morir en pecado; esto quiere decir aborrecerle, porque de El solo puede venirnos la salvación. Pronunció su sentencia de antemano, diciendo que morirían en su pecado.
 

Beda

Adviértase que pone pecado en singular, y vuestro en plural, para manifestar que el pecado de todos era uno mismo.
 

Orígenes, ut sup

Pregunto yo ahora: «¿por qué dice el Evangelista más adelante que, diciendo estas cosas el Señor «creyeron muchos en El»? ¿Pues no dijo a todos los que tenía presentes: «moriréis en vuestro pecado»?» Decía esto a aquéllos que sabía no habían de creer en El, y que por esto morirían en su pecado, y no podrían seguirle. Por esta razón continúa: «A donde yo voy vosotros no podéis venir». Esto es: a donde se encuentra la verdad y la sabiduría o, lo que es lo mismo, donde se encuentra Jesús. Dice que no pueden, porque no quieren, porque si hubiesen querido y no hubiesen podido, sin razón les hubiera dicho: «moriréis en vuestro pecado».
 

San Agustín, in Joannem, tract. 38

Dijo el Señor esto mismo a los apóstoles en otro sitio, pero no les dijo moriréis en vuestro pecado, sino «a donde yo voy no podéis vosotros venir ahora». No les quitó la esperanza, sino que les predijo la dilación.
 

Orígenes, in Ioannem, tom. 18

Estas palabras expresan la insoslayable retirada de Jesucristo. Pero mientras tanto guardemos en nuestras almas las semillas de verdad que allí sembró. No se separa de nosotros el Verbo de Dios. Mas si por malicia nuestra caemos en la culpa, entonces se nos dice: «Yo me voy», y cuando queramos buscarle no le hallaremos, sino que moriremos en nuestro pecado sorprendidos por la misma muerte. No conviene escuchar con negligencia lo que dice: «Moriréis en vuestros pecados». Si esto se toma en general, se verá claramente que los pecadores mueren en sus propios pecados, y los justos en la gracia. Y si se dice: «moriréis», en el sentido que muere el que peca mortalmente, es cosa clara que aquéllos a quienes esto se decía no estaban muertos, pero vivían con la enfermedad del alma, y esta enfermedad les conducía a la muerte. Y como el médico veía que estaban gravemente enfermos, decía: «moriréis en vuestro pecado». Y así es también evidente esto otro: «A donde yo voy vosotros no podéis venir», porque cuando alguno muere en su pecado, no puede ir a donde va Jesús. Ninguno que esté muerto puede seguir a Jesús, como dice en el Salmo: «Señor, los muertos no te alabarán» ( Sal 113,17).
 

San Agustín, ut sup

Oídas estas palabras, preguntaron, como suelen preguntar los hombres carnales. Prosigue: «Y decían los judíos: ¿Por ventura, se matará a sí mismo? Porque ha dicho: A donde yo voy, vosotros no podéis venir». Palabras necias. Pues qué, ¿no podían ellos ir a donde el Señor iría si se matase? Pues ellos ¿no habían de morir también? Dijo «a donde yo voy», y no adonde se va por medio de la muerte, sino adonde iría el Señor después de su muerte.
 

Teofilacto

Por estas palabras dio a entender que resucitaría revestido de gloria, y se sentaría a la derecha de Dios.
 

Orígenes, ut sup

Examinemos si los judíos decían esto del Salvador con alguna mira elevada. Porque ellos solían explicarse muchas cosas, ya por la tradición, ya por medio de escritos apócrifos. Pero, en realidad, lo que sabían acerca del Cristo, lo sabían por las más sanas tradiciones, como eran los escritos de los profetas, en los que leían que Jesús nacería en Belén. También sabían, acerca de su muerte, que debía pasar de esta vida en la forma que el Señor dice: «Ninguno me quita el alma, mas yo la pongo por mí mismo» ( Jn 10,18). Mas como aquí dicen acaso se matará, no lo dicen en vano los judíos, sino según alguna tradición que tendrían acerca del Cristo. Y aparece el poder del Salvador, cuando dice: «yo me voy», porque en ello se ostenta el poder que tenía de morir voluntariamente, dejando el cuerpo cuando quisiese. Mas yo creo que lo dijeron por burla, en virtud de lo que sabían por algunas tradiciones que hasta ellos habían llegado acerca de la muerte de Jesús. Y no dijeron por darle honra: «¿por ventura, se matará a sí mismo?». Si lo hubieran dicho con ánimo de darle gloria, se hubiesen expresado así: ¿Acaso el alma de Este abandonará su cuerpo cuando a El le plazca?

Mas el Señor habla a los apegados a la tierra, como a hombres terrenos. Por esto sigue el Evangelista: «Y les decía: vosotros sois de abajo», esto es, sabéis a tierra, y no tenéis el corazón elevado hacia lo alto.
 

Crisóstomo, in Ioannem, hom.52

Como diciendo: «No me llama la atención que penséis de este modo, porque sois carnales, y nada entendéis en el orden espiritual, pero yo soy de arriba».
 

San Agustín, ut sup

¿Qué quiere decir de arriba? Del mismo Padre, sobre el cual nada hay. Pero vosotros sois de este mundo, y yo no, ¿cómo había de ser del mundo el mismo que lo había creado?
 

Beda

Ni el que existía antes que el mundo. Mas los judíos eran del mundo, porque fueron creados después que el mundo ya existía.
 

Crisóstomo, ut sup

También pudo decir el Señor que no era de este mundo, en atención a las vanidades y deseos de los mundanos.
 

Teofilacto

Y como no aparentaba cosa alguna que pareciese mundana, no podía decirse que llegaría a tal demencia que pensara en matarse. Mas Apolinar, interpretando mal este relato, dice que el cuerpo de Jesús no era de este mundo, sino que lo trajo de lo alto, del cielo 1. ¿Acaso también los apóstoles, a quienes dijo el Señor: «Vosotros no sois de este mundo» ( Jn 15,19), obtuvieron el cuerpo del cielo? Así pues, debe entenderse este concepto en el sentido de que cuando dice el Señor, «yo no soy de este mundo», quiere decir no soy del número de los vuestros, que tanto os cuidáis de las cosas de este mundo.
 

Orígenes, ut sup

No son equivalentes las frases de abajo y de este mundo. Cuando se dice «de abajo», se entiende que se habla de un lugar determinado. Pero el mundo material puede decirse que se entiende en diversos lugares, todos los cuales respecto de lo inmaterial e invisible, están abajo. Mas si comparamos los diversos sitios que en el mundo se encuentran, podemos decir que unos están más elevados y otros más bajos. Donde está el tesoro de cada cual, allí está su corazón ( Mt 6), de modo que si alguno atesora en la tierra, puede decirse que es de abajo, mas si atesora para el cielo, pertenece a arriba, y si se eleva sobre todo lo creado, se le encontrará en lo último, entre los bienaventurados. Además, el que ama las cosas del mundo procura complacer al mundo, pero el que no ama al mundo ni las cosas del mundo, no pertenece a él. Hay otro mundo fuera de este visible, en donde se encuentra todo lo invisible, de cuyo aspecto y hermosura disfrutarán los que sean limpios de corazón. También puede llamarse mundo Aquél mismo que existía ya antes que ninguna criatura, en cuanto es la suprema sabiduría, por quien han sido hechas todas las cosas. En El estaba todo el mundo, pero un mundo que se diferenciaba de éste material en tanto cuanto difiere la razón prototipo purificada de toda materia del mundo material. Por consiguiente, el alma de Jesucristo dice «yo no soy de este mundo», porque en realidad no vive en él.
 

San Agustín, in Joannem, tract. 38

Nuestro Señor explicó el sentido en que dijo: «Vosotros sois de este mundo». Eran pecadores, puesto que todos nacemos en pecado, y cuando vivimos añadimos nuevos pecados a aquél con el que hemos nacido. Toda la infidelidad de los judíos consistía no en tener pecado, sino en morir en sus pecados. Por esto añade el Salvador: «Por eso os dije, que moriréis en vuestros pecados». Creo que habría muchos de los que oían al Salvador que creerían en El, y que no diría para todos aquella sentencia terrible: «moriréis en vuestro pecado». Si fuera así, quitaría también la esperanza a aquéllos que creerían en El. Pero les dio esperanza añadiendo: «Porque si no creyereis que yo soy, moriréis en vuestro pecado»; luego, si creéis que yo soy, no moriréis en vuestro pecado.
 

Crisóstomo, ut sup

Y si había venido a destruir el pecado y no podía conseguirlo por medio de la purificación, no podría suceder que el que no cree pueda salir de esta vida teniendo el hombre viejo, o sea el pecado, no sólo por no haber creído, sino porque conservando sus anteriores pecados volvió hacia atrás.
 

San Agustín, ut sup

Y cuando dice «si no creyereis que yo soy», aunque nada añadió, dio a entender mucho; porque también Dios dijo a Moisés: «yo soy el que soy» ( Ex 3,14). ¿Y cómo oigo, «yo soy el que soy», y «si no creyereis que yo soy», como si no existieran otros seres? Considerando que cualquier otro ser, por grande que sea su mérito, si es mudable, en realidad no es. Examinemos el cambio de las cosas, y veremos que ellas fueron, y que serán. Pero fíjate en Dios y encontrarás que es, y en El no cabe tiempo pasado. Mas para que tú existas has de traspasar el tiempo. Y eso que añadió: para que no muramos en nuestros pecados, no parece que quiere decir otra cosa que: «si no creyereis que yo soy», esto es, si no creéis que yo soy Dios. Demos gracias a Dios, que dijo si no creyereis, y no dijo si no comprendiereis. ¿Quién comprendería esto?
 

Orígenes, in Ioannem, tom. 18

Es bien sabido que el que muere en sus pecados, aunque diga que cree en Jesucristo, no cree en realidad, porque quien cree en su justicia, no comete ninguna injusticia. El que cree en su sabiduría, no hace ni dice cosa inconveniente. Y así, si se examinan los demás atributos de Jesucristo, te convencerás de que el que no cree en Jesucristo, muere en sus pecados, porque inclinándose a lo contrario de lo que admitimos en Cristo, muere en sus pecados.
 

Notas

  1. «Apolinar de Laodicea afirmaba que en Cristo el Verbo había sustituido al alma o al espíritu. Contra este error la Iglesia confesó que el Hijo eterno asumió también un alma racional humana». ( Catecismo de la Iglesia Católica, 471)

 

 

San Agustín, in Joannem, tract. 39

Como el Señor había dicho ya: «Si no creéis que yo soy, moriréis en vuestros pecados», le preguntaban para saber en quién deberían creer, para no morir en su pecado. Por esto sigue el Evangelista: «Y le decían: ¿tú quién eres?». Porque cuando has dicho «si no creéis que yo soy», no has añadido quién eres. Sabía el Señor que allí habría algunos que habían de creer, y por esto, cuando le dijeron: «¿tú quién eres?», para que supiesen que debían creer en El, les contestó: «Yo soy el principio, que os hablo». No como diciendo soy el principio, sino creed que soy el principio, como aparece terminantemente en el texto griego, en donde la palabra «principio» es del género femenino. Por lo tanto, creed que soy el principio, no sea que muráis en vuestros pecados; porque el principio es inmutable, subsiste por sí, y renueva todas las cosas. Y además parece que es un absurdo llamar principio al Hijo y no al Padre; no puede haber dos principios, como no hay dos dioses. El Espíritu Santo es espíritu del Padre y del Hijo, y no es ni el Padre ni el Hijo. Sin embargo, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, son un solo Dios, una sola luz, un solo principio. Y añade el Salvador: «El mismo que os hablo», porque habiéndome humillado por vosotros, he descendido a hablar en estos términos. Por tanto, creed que soy el principio. Porque para que creáis esto no sólo soy el principio, sino quien hablo con vosotros. Porque si el principio, tal y como es, permaneciese con el Padre y no hubiera tomado la forma de siervo, ¿cómo le habían de creer, siendo así que las almas débiles no pueden percibir la palabra, sin el eco sensible de la voz?
 

Beda

Y en verdad que se encuentra escrito en algunos ejemplares: «Y el que os hablo». Pero es más conveniente leer de otro modo, para que sea éste el sentido: «creed que yo soy el principio, y que por vosotros he descendido a hablar en esta forma».
 

Crisóstomo, in Ioannem, hom.59

Pero debe verse aún la necedad de los judíos, quienes, después de tanto tiempo, tantos milagros y tanta predicación, aun preguntan: «¿Tú quién eres?» ¿Y qué les contestó el Salvador? «Desde el principio os lo vengo diciendo», como si dijera: «No sois dignos de escuchar mis palabras; ¿merecéis, acaso, que os diga quién soy? Vosotros todo lo decís con el fin de tentarme, y yo podría argüiros sobre ello y castigaros». Por esto sigue: «Muchas cosas tengo que decir de vosotros, y que juzgar».
 

San Agustín, in Joannem, tract. 39

Antes había dicho el Salvador que El no juzgaba a nadie. Así aparece cierta contradicción entre «no juzgo» y «tengo que juzgar». «No juzgo», lo dice refiriéndose al tiempo presente, y cuando dice que tiene que juzgar se refiere al porvenir. Que es como si dijera: «seré verdadero en el juicio, porque como soy hijo del que es veraz, soy la misma verdad». Por esto sigue: «Mas el que me envió es verdadero». El Padre es veraz, no por participación, sino engendrando la verdad. ¿Acaso podemos decir, más es la verdad que el que es veraz? Si dijéramos esto, empezaríamos por decir que el Hijo era mayor que el Padre.
 

Crisóstomo, ut sup

Y dice esto, para que no crean que a pesar de oír tantas cosas Nuestro Señor, no castiga porque no puede o porque no conoce las intenciones y los insultos que contra El se dirigen.
 

Teofilacto

Como había dicho Jesús: «Muchas cosas tengo que decir de vosotros y que juzgar», da a entender que se reserva su juicio para la otra vida, por lo que añade: «Mas el que me envió, es veraz», como diciendo: «Y si vosotros sois infieles, mi Padre es verdadero y tiene prefijado el día en que os dará lo merecido».
 

Crisóstomo, ut sup

Me ha enviado el Padre no a que juzgue al mundo, sino a que salve al mundo. El Padre es veraz, por esto no juzgo ahora a ninguno, mas digo lo que afecta a vuestra salvación, y no lo que puede influir en vuestra condenación. Por esto sigue: «Y yo, lo que oí de El, eso hablo en el mundo».
 

Alcuino

Haber oído del Padre es tanto como ser del Padre; ha oído a Aquél de quien ha recibido la esencia.
 

San Agustín, ut sup

El Hijo, siendo igual al Padre, le da gloria, como lo insinúa cuando da a entender que da gloria a Aquél de quien es Hijo; ¿cómo tú te ensoberbeces contra Aquél de quien eres siervo?
 

Alcuino

Cuando los judíos le oyeron decir: «es veraz el que me ha enviado», no comprendieron de quién hablaba. Por esto sigue: «Y no entendieron que llamaba Padre a Dios». Aún no tenían bien abiertos los ojos de su alma, y por ello no podían comprender la igualdad que existe entre el Padre y el Hijo.

 

 

San Agustín, in Joannem, tract. 49

Habiendo dicho el Señor: «El que me envió es verídico», no comprendieron los judíos que les decía esto refiriéndose a su Padre. Mas veía allí algunos que habrían de creer después de su pasión, y por esto sigue: «Cuando alzareis al Hijo del hombre, entonces entenderéis que yo soy. Recordad aquello del Exodo: ‘Yo soy el que soy’ ( Ex 3,14), y comprenderéis lo que quiere decir ‘Yo soy’. Dejo para entonces vuestro conocimiento, para que así pueda realizarse mi pasión. Según vuestro modo de entender, comprenderéis quién soy yo, cuando levantéis en alto al Hijo del hombre». Habla de la exaltación de la cruz, porque en ella fue exaltado cuando pendió de ella. Y convenía que esto se realizase por manos de aquéllos mismos a quienes ahora dice esto, pero que luego habían de creer en El. ¿Y por qué, sino para que nadie desesperase por grave que fuese el delito que cometiese, recordando que el Señor había perdonado a aquéllos el homicidio que cometieron, matando al mismo Cristo?
 

Crisóstomo, in Ioannem, hom.52

También porque como no podía convertirlos a fuerza de tantos milagros y de predicaciones tan sublimes, les habla de la cruz, diciéndoles: «Cuando levantéis», etc. Como diciendo: «creéis que os libraréis de mí particularmente cuando me matéis, y yo digo que entonces conoceréis, tanto por los milagros cuanto por mi resurrección y por vuestro cautiverio, que yo soy el Cristo Hijo de Dios, y que no soy enemigo de Dios». Por lo que añade: «Y que nada hago de mí mismo: sino como mi Padre me mostró», etc., dando a conocer en esto la igualdad de esencia y que nada decía sin que el Padre lo supiere. «Porque si yo fuese contrario a Dios, no hubiese excitado tanto la indignación en contra de los que no creen en mí».
 

San Agustín, ut sup

Como había dicho el Salvador: «Entonces conoceréis quién soy yo», y dado que toda la Trinidad participaba de la misma esencia, para no dar margen al error de los sabelianos añadió a continuación: «Y nada hago de mí mismo», como diciendo: «no he nacido de mí mismo; porque el Hijo es del Padre, y es Dios. Y por esto añade: «Mas lo que mi Padre me mostró, esto hablo». A ninguno de vosotros se le debe ocurrir la idea de que esto lo decía según se entiende entre los humanos. No os imaginéis que tenéis a la vista dos hombres, el Padre y el Hijo, y que el Padre habla al Hijo como haces tú cuando dices alguna cosa a tu hijo. ¿Y qué palabras podía decir al único Verbo? Mas si el Señor habla a nuestros corazones sin que se aperciba el eco, ¿cómo hablará a su Hijo? De una manera espiritual habla el Padre al Hijo, como le había engendrado también de una manera espiritual. Y no le enseñó como si le hubiera engendrado ignorante, sino que le enseñó del mismo modo que le engendró, ya sabio. Si es única la naturaleza de la verdad, del mismo modo es propio del Hijo saberlo todo. Así pues, de la misma manera que el Padre dio la existencia al Hijo engendrándole, le dio también al engendrarle el poder de que lo supiese todo.
 

Crisóstomo, ut sup

Después dio el Salvador otro giro más humilde a su discurso. Por esto sigue: «Y el que me envió está conmigo». Y para que no se creyera que cuando dijo: «me envió» hablaba de que su naturaleza era inferior, dijo: «está conmigo»; porque lo uno indica humildad, lo otro divinidad.
 

San Agustín, ut sup

Uno y otro son iguales, y sin embargo uno es el enviado y otro el que envía. Porque la misión es la Encarnación misma, y la Encarnación es propia del Hijo y no del Padre. Luego dijo: «El que me envió», esto es, Aquél por cuya autoridad paterna, me he encarnado. Por tanto, el Padre envió al Hijo, y el Padre había dicho por boca de Jeremías: «lleno el cielo y la tierra» ( Jer 23,24). Y por qué no le dejó lo explica a continuación: «Porque hago siempre lo que a El agrada», y no desde cierto principio, sino sin principio ni fin, porque la generación divina no tiene principio de tiempo.
 

Crisóstomo, ut sup

Y como siempre estaban diciendo que no procedía de Dios, y que no guardaba el sábado, dijo contra esto: «Porque hago siempre lo que a El agrada», manifestando que lo que ellos entendían por quebrantar el sábado agradaba a Dios. En muchas ocasiones pone toda su intención en manifestar que nada hacía en contra de la voluntad del Padre. Y como dijo esto con más claridad, añade el Evangelista: «Diciendo El estas cosas muchos creyeron en El». Como diciendo: «no os llame la atención oír algunas expresiones que revelen humildad, cuando habla Jesucristo, porque los que no se convencieron después de tanta predicación, escuchan palabras más humildes, y se persuaden». Luego creyeron algunos, pero no como debían, sino sencillamente como alegrándose y descansando en la humildad de las palabras. Y esto es lo que demuestra el Evangelista en las palabras siguientes, en que se refiere que le injuriaban otra vez.

 

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