No esperemos fenómenos especiales, evidencias físicas, acciones extraordinarias a ojos vista, hechos tocables y mensurales que confirmen nuestra comunión con el Espíritu Santo. No, no hay apariencias ni aconteceres externos de ese tipo. Dios actúa sutil, imperceptiblemente, desapercibidamente entre los quehaceres del día a día, sin traspasar el ámbito de la fe, pero realmente y verdaderamente. Su actuar se «perderá» si no se le acepta y permite expresarse en nosotros y a través de nosotros, si no nos dejamos hacer, mover a su son, según su voluntad. Todo ocurre en el silencio del corazón, que es donde suceden los grandes milagros. Pero, a consecuencia esta su presencia, hay «signos perceptibles» para el ojo de la fe.
La experiencia del Espíritu tiene lugar allí donde se vive una vida normal. Así nos lo hace saber el padre K. Rahner con estos ejemplos concretos:
- Cuando nos hemos entregado y no nos pertenecemos a nosotros mismos.
- Cuando puede perdonar a pesar de no recibir recompensa alguna y de que su perdón silencioso es considerado por la otra parte como normal.
- Cuando hace bien a otro, sin que en éste vibre una sola nota de comprensión o gratitud, sin que ese bien ni siquiera redunde en la pequeña satisfacción de sentirse “altruista”, “honrado”, etc.
- Cuando calla, aunque podría defenderse al ser tratada injustamente; calla, sin gozar su silencio como soberanía de su inviolabilidad.
- Cuando ha tomado una decisión, movida puramente por la exigencia más íntima de su conciencia.
- Cuando se priva de algo sin esperar agradecimiento o que se lo reconozcan, sin ser reconocido pro los demás, incluso sin que su acto le proporcione siquiera una complacencia interna.
- Cuando una persona se queda completamente sola, y para esta persona palidecen los contornos coloreados de la vida y todas las seguridades se retiran a una lejanía sin fin. Sin embargo, no huye, sino que resiste en medio de esta soledad.
- Cuando una persona comprueba, no sin dolor, cómo se desmorona sus ideas más sólidas, y que, sin embargo, no tiene por lícito ni puede contentarse con lo ya sabido con claridad por sus experiencias particulares o por las ciencias.
- Cuando una persona se percata de que su vida es un como riachuelo insignificante, y, sin embargo, mantiene viva la esperanza.
- Cuando se acepta y asume libremente una responsabilidad sin que tenga ya claras perspectivas del éxito y de utilidad propia.
- Cuando se persiste en la oración en medio de la oscuridad silenciosa, sabiendo que siempre somos escuchados, aunque no percibimos una respuesta que se pueda razonar o disputar.
- Cuando el vivir diario, amargo, decepcionante y aniquilador se vive con serena y perseverancia hasta el final, sin falsos consuelos terrenos, aceptado por una fuerza cuyo origen no podemos abarcar ni dominar.
- Cuando uno se entrega totalmente, sin condiciones, y esta capitulación se vive como una victoria.
- Cuando el caer se convierte en un verdadero estar de pie.
- Cuando no olvidamos diariamente nuestra muerte e intentamos vivir como desearíamos morir: tranquilos y en paz.
¡Nada puede añadirse a algo así!

