Que todos sean una sola cosa. Como Tú, Padre, en mí y yo en Ti, que también ellos sean una sola cosa en Nosotros (Jn 17,21-22).
La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma, y nadie llamaba propia cosa alguna de cuantas poseían, sino que tenían en común todas las cosas (Hch 4,32).
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Las bodas de Canaá no son un acontecimiento acaecido en el año 30 de Cristo: tienen lugar hoy, y nosotros somos sus actores: hace una semana ocurrió en casa de Isidro, uno de los más pobres de la comunidad campesina de Monte Carmelo. Isidro estaba festejando el cumpleaños de su hijo menor, «resucitado» después de largos meses pasados en enfermedad, en desastres indefinibles, en idas y venidas del médico sin resultado; había que celebrar su cumpleaños, ahora cuando, finalmente, se encontraba vigoroso, tenía buen color y habían pasado los meses angustiosos. Había que dar gracias a Dios y manifestar a los amigos toda la alegría que había vuelto a esta casa. El banquete era pobre: dos gallinas, frijoles, ensalada, arepas abundantes. Una botella de algún licor de segunda categoría, que iba pasando por todas las bocas masculinas. Nunca he deseado tanto tener poderes para multiplicar comidas y bebidas, pues llegaba gente de todas partes: en esta fiestas no hay invitados, pues todos saben que están invitados. No vienen los enemigos, los que tienen algo pendiente y no han tenido ocasión de reconciliarse. Pero Isidro me decía con cara muy alegre, que él no sabía si tenía algún enemigo, y por tanto el que no viniera era porque no podía venir.
Pienso que algún ángel insensible renovó el milagro de la multiplicación de los panes, pues todos comieron, si no pantagruélicamente, por lo menos sí todos. Tal vez los que no comieron fueron Isidro y su mujer quienes, de pie, detrás de los huéspedes que se alternaban en grupos de nueve o diez en la pequeña mesa de la casa, trataban de poner algo en los platos. No sentían pena por lo poco que tenían, estaban felices por la comunión: disfrutaban evidentemente de la amistad. Me vinieron a la mente aquellas palabras de la carta a los hebreos: «No dejen de practicar la hospitalidad; ustedes saben que, al hacerlo, algunos sin saberlo dieron alojamiento a ángeles» (Hebr 13,2). Me parece una alusión clara a la transfiguración contemplativa que se adquiere en este compartir, que es el comportamiento constante sugerido por Cristo, mediante el cual se realiza aquella comunión que es la única razón de ser de nosotros hombres. «Dieron alojamiento a ángeles», quiere decir, traspasaron la barrera de lo visible, anticiparon un mundo nuevo, aquél al que tendemos y que todavía no se da ahora aquí. Los discípulos de Emaús, que pensaban que invitaban a cenar a un desconocido, vieron a Cristo en la partición del pan. Isidro y su esposa «veían al Señor» de aquel modo que nos está permitido a los mortales, que no podemos ver a Dios «cara a cara», pero sí podemos verlo, tocarlo, sentirlo, gozarlo en la comunión.
El momento contemplativo de Isidro y de una esposa como la suya, era este: el pobre rancho se hacia universal, abarcaba el mundo, en esa paz que la sociedad de las nociones y todos los congresos no podrán alcanzar, porque, aunque el grupo de personas presentes en la cena no era, ciertamente la humanidad, ciertamente sí era universal, pues a nadie le venía a la mente, y mucho menos a los dueños de casa, discriminar: tu no, porque no eres de mi clase, tu no porque vistes mal, tu no porque no me has invitado a tu casa, tu no porque no puedo esperar de ti ningún favor.
Gente que esta liberada de la angustia del mañana, y que acoge con absoluta disponibilidad a «Dios que viene». Estos saltos de alegría al descubrir cómo se manifiesta verdaderamente Dios a los pequeños y a los oprimidos, son nuestra manera —de nosotros que no somos ni pequeños ni pobres— de «tocar a Dios». Se iluminan las palabras de Jesús que hacen del indigente «su sacramento», el que lo lleva y lo revela.[1]
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De todos dice bien, bendice, no hay excluidos, todo el mundo, el universo entero está reconciliado, entrado en comunión.
«Decir bendición no es bendecir el pan, sino situarlo en esa corriente vital que viene de Dios: Dios es la vida; con la bendición empalmamos con esa vida. Ese pan cargado de vida divina es partido y distribuido a los comensales que, al comerlo, se ve arrastrados a esa corriente de vida divina«[2].
Cuando comulgamos, no comulgamos solamente con Dios, sino también con todos los que están unidos a él, con los que se encuentran, como nosotros, en su cuerpo. No hacemos comunión ni nos salvamos aceptando tragar a Dios; es menester que «traguemos» también a los demás. Es inútil decir: a ése no, a ése yo no lo trago, a ése yo no lo puedo sufrir, no lo soporto. ¿Cómo es que pretendamos comulgar con el cuerpo de Cristo, si rechazamos a sus miembros?
Si no vivimos de la Eucaristía, si no dejamos que Dios nos alimente, que nos siente a su mesa y nos de su pan, seremos incapaces de hacer lo propio, de compartir nuestro pan con los demás.
Uno se pregunta a veces si los cristianos hemos escuchado de verdad el siguiente texto como palabra de Dios:
Perseveraban en la enseñanza de los Apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. (…) Y todo los creyentes vivían unidos y tenían todo en común, vendían las posesiones y haciendas y las distribuían entre todos, según la necesidad de cada uno. Todos los días, con un solo corazón, frecuentaban asiduamente el Templo, partían el pan en las casas, tomaban juntos el alimento con alegría y sencillez de corazón (Hch 3,42ss).
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«El amor fraternal es el amor a todos los seres humanos; se caracteriza por su falta de exclusividad. Si he desarrollado la capacidad de amar, no puedo dejar de amar a mis hermanos. En el amor fraternal se realiza la experiencia de unión con todos los hombres, de solidaridad humana, de reparación humana. El amor fraternal se basa en la experiencia de que todos somos uno»[3].
Todos somos uno en Dios Padre que nos constituye en familia suya, en Dios Hijo que nos confraterniza, en Dios Espíritu Santo que nos ciñe en un mismo amor de que vivimos, nos movemos y existimos.
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[1] PAOLI, A.: «La Contemplación», Paulinas, Bogotá 1983, pp.69-72.
[2] CHARPENTIER, E.: «Para leer el Nuevo Testamento», Verbo divino, Estella (Navarra), 1982, p.101
[3] FROMM, E.: «El arte de amar», Ed. Paidos, Barcelona 1986, p.53.
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