El dios ateo

La palabra de Jesucristo es imperecedera, válida para siempre, ayer-hoy-mañana, y tan es así que cuanto dijo hace 2000 años sobre la creencia o el ateísmo, que se lee entren los días de ayer y hoy en las misas, se esclarece del porqué…

En la parte inferior pueden leer lo que dice la Palabra divina; ahora permítanos exponer a modo ilustrativo una anécdota (ya utilizada con anterioridad), que nos viene muy bien para el alentar la reflexión sobre el título del artículo.

         En cierta ocasión, un hombre adinerado y alejado de la fe discutía desafiante con un sacerdote; éste a la sazón no era otro que el futuro Cardenal Newman, ya convertido del anglicanismo al catolicismo.

         El rico se ufanaba de sus riquezas y de su indiferencia religiosa. Entonces Newman tomó una hoja de papel y escribió: «Dios».

        —¿Ve lo escrito en la hoja?

         El pudiente contestó afirmativamente.

         A continuación el sacerdote tomó una moneda y la situó sobre la palabra escrita, y preguntó:

        —¿Ve usted ahora lo que antes he escrito?

        —No, no lo veo; ahora sólo veo el dinero.

        —En efecto, la riqueza ciega; el dinero impide ver a Dios.

         Y el utilitarista inglés apegado al dinero enmudeció desconcertado.

 

Lecturas del evangelio de los días 18 y 19 de junio:

 Según san Mateo (6,19-23):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No atesoréis tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban. Atesorad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los coman ni ladrones que abran boquetes y roben. Porque donde está tu tesoro allí está tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Y si la única luz que tienes está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!»

Según san Mateo (6,24-34):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. Por eso os digo: No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos.»

 

Reflexión:

La contraposición entre los tesoros del cielo y los de la tierra, son dos aspiraciones entre las que optar. Jesús pide que optemos por las trascedentes e imperecederas. De modo que si donde está “tu tesoro allí está tu corazón“, éste que da determinado a correr el mismo destino que aquel.

“La lámpara del cuerpo es el ojo.La visión del alma queda comprometida si el ojo -como ocurre con el del cuerpo- está enfermo. En la anécdota, la enfermedad está clara: la moneda (tesoro del evangelio que ciega), “si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras”; es decir, la moneda, el dinero, el tesoro impide ver “Dios”, creer. Ese dinero al que se vincula el corazón, proviene de una mirada fija, neurótica, -tan hoy día- cuya única proyección vital, cosmovisión de la cultura materialista dominante de permite apartar la vista más allá que de esa ambición única y excepcional: ese dinero, tesoro, no es solo -que también- la consecución de riqueza financiera, sino cualquiera de otra aspiración vital, intrascendente, material, que como un ídolo ateiza a un falso dios, reducido a la inmanencia; y claro, donde ese ídolo esté está también el corazón de la persona, sujeto a su mismo perecer.

A Occidente, sumido en un materialismo cegador, le resulta muy complicado creer en Dios; sumido-fijado- en esa cultura -o concepción- estrictamente inmanentista de la existencia es, pues, “naturalmente” refractaría a ver a Dios.

Otra versión del tesoro cegador, pero en sentido negativo es el estar “agobiados por la vida”, las preocupaciones, las angustias, por el sobrevivir, pueden bloquear la libertad de la mirada cuyo ojo queda nublado para otra realidad que no sea el de salir adelante, como único objetivo inmediato y pre-ocupación en su vida. Esto obviamente genera ateísmo: “Los gentiles se afanan por esas cosas.” De modo que para creer se requiere desligarse de esa fijación materialista y “sobre todo buscad el reino de Dios”.

 

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