«Ecce homo», dijo Pilato: «¡Aquí tenéis al hombre!» (Jn 19,5).
Como muchos se espantaron de él,
porque desfigurado no parecía hombre
ni tenía aspecto humano (…).
Lo vimos sin aspecto atrayente,
despreciado y evitado de los hombres (Is 52,13-14).
“No conozco a ese hombre” (Mt 26,72), dijo Pedro.
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Todo el mundo en la ciudad se sorprendió de forma extraordinaria al ver a su respetado y admirado filósofo Diógenes vagando sin rumbo aparente, a plena luz del día, por las calles atenienses con un candil en la mano.
Cuando le preguntaron, que qué hacía, que qué buscaba, el contestó:
—Busco un hombre
..ooOoo..
«En Italia he visto a los italianos, en Alemania a los alemanes, en Francia a los franceses; al hombre lo he visto en el Evangelio.» (Lacordaire)
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(Cristo) «Tu eres el hombre, la razón, la Norma, tu cruz la media del dolor que sublima» (Unamuno[1]).
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Decían los filósofos M. Scheller: «Dentro de la historia del hombre somos los primero en no saber qué es el hombre», y Heidegger: “Nunca se ha sabido tanto sobre el hombre como en nuestro tiempo, pero nunca se ha sabido menos qué es el hombre. A ninguna época ha parecido el hombre tan misteriosos como a la nuestra”.[2]
“El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado«. (Vaticano II[3]).
«Jesucristo es `metrum et mensura aequalis omnium hominum’, meta reasuntiva de toda especie humana. Nada humano le es extraño, todos los hombres coincidimos en su Humanidad con una coincidencia que borra todas las diferencias. En una palabra: Jesucristo es nuestra verdad ontológica. (Cusa)». (L. Cencillo).
Quien quiera encontrar al hombre que busque a Dios; quien quiera encontrar a Dios que busque al hombre. La revelación de Dios lleva aneja la revelación del hombre. Y la humanidad de Cristo es la luz que nos descubre la divinidad. A través de la humanidad de Cristo, Dios se nos ha manifestado; por El lo humano se ha convertido en la vía para llegar a lo divino. De ahí que quien rechaza a Cristo, rechaza a la humanidad, pues lo humano se ve atraído, fascinado, por la posibilidad máxima de su expresión.
Cuando Dios creó al hombre tenía en mente la imagen de su Hijo, no tanto a Adán; de ahí que Cristo sea el nuevo Adán, el hombre por antonomasia, el hombre verdadero y auténtico querido por Dios, al que quiso hacer «a su imagen y semejanza» (Gen 1,26-27).
Cristo es el arquetipo, el modelo ejemplar, el paradigma de hombre. En él se rotulan los rasgos humanos, según los cuales nosotros seremos en el último día. Cristo encarnado y resucitado presenta la características del hombre definitivo. El es la expresión de la realización cumbre de las posibilidades del ser humano. Lo que en el hombre está en potencia, en Cristo se actualiza. Y nosotros, estamos vocacionados, destinados, a ser lo que él ha llegado a ser.
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El hombre no «es» el hombre tal como se nos aparece en las condiciones actuales sino tal y como será mañana, según lo revelado en Cristo. En Cristo resucitado se da el ya hombre al que estamos llamados y que todavía no somos.
El hombre que vemos —tu, yo, el otro— no es el hombre, sino un apunte del mismo, estamos en estado de imperfección, de alienación, somos extraños a nuestra verdadera identidad. Se dice, por ejemplo, la condición humana es así, llena de defectos, pecados, errores,… es cierto; pero no del todo, porque habría que añadir que lo es en cuanto el estado actual —de pecado original—, de debilidad, de caída, pero el pecado no es propio del hombre, del verdadero hombre querido por Dios, es una desviación del hombre; el pecado le es extraño, violenta su humanidad; es más, es su antítesis, su deshumanización, su perversión. El hombre por tanto no es el que vemos, sino el que veremos, el hombre escatológico, el futuro de cada hombre está no ciertamente en la tierra, sino en la muerte y más allá de la muerte: donde tendrá lugar la beatitud, el ser colmado, plenificado según la imagen y semejanza de Cristo que caracteriza toda su existencia.
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«El hombre supera infinitamente al hombre» (Blas Pascal[4]).
«Cuando llegue allá (al cielo), entonces seré hombre» (San Ignacio de Antioquía[5]).
Sólo en el cielo seremos hombres tal como Dios nos quiso desde toda la eternidad, como imagen y semejanza perfecta de él (Gen 1,26). «El séptimo día (el del descanso) seremos nosotros mismos» (San Agustin[6]).
«Todos necesitaremos un día que se nos diga lo que más allá de lo que hayamos hecho, más allá de lo que hayamos sido, habríamos tenido que ser. Ortega ha dicho que «nuestra vida tiene una condición trágica, puesto que, a lo mejor, no podemos en ella ser le que inexorablemente somos». Pues bien, justamente eso, lo que habríamos tenido que ser y no hemos podido ser, es lo que —creo yo— eternamente seremos«[7].
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[1] En Rev. «Reinado Social» nº793, Octubre 1997, p.51.
[2] MARTIN VELASCO, J., El encuentro con Dios, Cristiandad, Madrid, 1976, pp. 197-8.
[3] GS, n.36,3.
[4] Pensamientos, núm. 131 (434).
[5] A los Romanos, 6,2.
[6] Ciudad de Dios, lib. 22, cap. 30, núm. 5; en «Obras de san Agustín», BAC, t. 17; Madrid, 2ª ed., 1965, p.778.
[7] ARANGUREN, J. L.: «Etica», Alianza Editorial, Madrid 1986, p.291.
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