
El (Jesús) se retiraba a los lugares solitarios para orar (Lc 5,16).
Al orar, no hagáis como los gentiles, que se imaginan que serán escuchados por su mucha palabrería (Mt 6,7).
No seas impaciente en tu oración (Eclo 7,10a).
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Cuando estaba haciendo mis primeras observaciones en esta materia, recuerdo que me llamaba mucho la atención el ver a una catecúmena que se pasaba horas muertas arrodillada ante el Sagrario.
Llegaba a la capilla y avanzando con ese silencio peculiar de quien esta acostumbrado a andar descalzo y sin ruidos desde la infancia, se acercaba al Señor cuanto su respeto se lo permitía y allí permanecía indiferente a cuanto le rodeaba.
Un día nos tropezamos cuando ella salía. Empezamos a hablar y poco a poco, sin extorsiones ni violencias, arrastré el tema de la conversación hacia sus visitas al Santísimo.
En un momento en que me dio pie para ello con una de sus frases, le pregunté:
—¿Qué hace usted tanto tiempo ante el Sagrario?
Sin vacilar, como quien tiene ya pensada de antemano la respuesta, me contestó:
—Nada.
—¿Cómo que nada? —insistí—. ¿Le parece a usted que es posible permanecer tanto tiempo sin hacer nada?
Esta precisión de mi pregunta que borraba toda posible ambigüedad pareció desconcertarle un poco. No estaba preparada para este juicio de investigación. Por eso tardó mas en responder.
Al fin abrió los labios:
—¿Que qué hago ante Jesús? ¡Estar! —me aclaró.
Y volvió a callarse.
Para un espíritu superficial había dicho poco. Pero en realidad no había callado nada. En sus pocas palabras estaba condensada toda la verdad de esas horas sin fin pasadas junto al Sagrario. Horas de amistad. Horas de intimidades en las que nada se pide ni nada se da. Solamente se está.
Desgraciadamente son muy pocos los que saben comprender el valor de este “estar con Cristo”, pues para ser real “estar”, tiene que encerrar una entrega a Cristo en el Sagrario que no tenga otro objeto que estar —sin hacer nada, con el fin de acompañar—, si a esto se le puede llamar no hacer nada.
(Memorias de P. Arrupe).
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Algo así contó el Cura de Ars. Cuando vio a un parroquiano que pasaba mucho tiempo delante del Sagrario y le preguntó, que qué le decía tanto rato ahí delante del Señor. El feligrés le contestó que no le decía nada. ¿Nada?, le preguntó. Nada; yo le miro y Él me mira.
Paradójicamente, a esa «pasividad» de estar delante de la mirada de Dios, viene a ser la actividad suprema del hombre.
Todo creyente ha de aspirar a ese grado de oración: en que Dios es el que «pone todo», su presencia, gracia lo llena todo, y la persona orante tan solo tiene que estar acogiendo ese misterio de Amor, dejando hacer, recibiendo…»pasivamente», siendo sumergido en el Misterio divino que inflama con el fuego del Amor.
«La oración contemplativa o contemplación. Es una oración del corazón y la voluntad que tienen a lograr la presencia de Dios. Tanto los labios como la mete permanecen quietos; lo que hay es, sencillamente, un fijar la mirada en el Señor, mientras el corazón se ensancha en una silenciosa plegaria y la voluntad trata de alcanzar la unión con la voluntad de El.
«De un modo lento, pero seguro, la oración contemplativa conducirá a una maravillosa transformación de la persona humana. Es evidente que nuestra espiritualidad y nuestra oración deben tener “eficacia” para cambiarnos; de lo contrario, serán irrelevantes y constituirán un verdadero escándalo. No puedes “orar” día tras día, mes tras mes, y seguir siendo igual, porque entonces tu búsqueda y tu oración no son auténticas, sino que únicamente son una sutil forma de ocultarte del Dios vivos, de impedir que el espíritu invada tu vida. La verdadera oración contemplativa supone abrirse al Espíritu. Sus dones y sus frutos serán cada día más evidentes. A través de este tipo adoración experimentamos cada vez más la donación personal de Jesús a cada uno de nosotros, donación que consisten en Su paz.»[1]
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[1] BORST, J., Método de oración contemplativa, Sal Terrae, Santander, 1981, pp-53-54.
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