Muchas mentalidades científicas, admiradoras de Stephen Hawking, hacen alarde -como él hiciera- de increencia, pretendiendo explicar el cosmos. Pero les diríamos que no hace falta que se vayan tan lejos para hablar de los inexplicable, por mucho que se esfuercen, sobre todo en intentar explicar el porqué, el porqué del universo, y sobre todo del ser humano, imagen de Dios.
Sin necesidad de ir tan lejos, «perdiendonos» en galasias remotas, y en el espacio e incluso en el tiempo «infinitos», y de teorías indemostrables; quedémonos aquí, en los misterios cercanos, en algo tan próximo y nuestro, e inimaginable, como son la Sábana Santa y la Tilma de Virgen de Guadalupe.
Son los «acheiropoietos», imágenes que, según la etimología griega del término, «no son hechas con las manos». En algunos casos -como es el de estas dos imágenes-, la ciencia todavía no ha conseguido explicar su origen.
A los científicos de la increencia, les pedimos, pues, que no se vayan tan lejos, y que nos digan quién, cómo y por qué, se han producido estás dos imágenes. (Lo de el cuándo, lo dejamos a un lado, pues asaltan muchas dudas en lo controvertido del carbono 14, en el caso de Sábana de Turín).
Los hechos son los que son. Y como tales, desafiantes.
Estas dos obras -las únicas realidades existentes en el mundo- no han sido hechas por mano humana alguna. Son un testimonio que conserva la Iglesia cristiana-católica; como tantísimos milagros que han desafiado a la ciencia, la cual ha tenido que reconocer su inexaplicabilidad. Y que a la luz de esa evidencia sobrenatural muchos de científicos comenzaron a creer.
Estas realidades son prenda de nuestra fe; o sea, demostración. Los científicos ateos deberían de demostrar pruebas así de irrefutables, como prenda de su «fe» científica; de lo contrario, no serán creíbles, o dignos de fe atea.
Lo penoso de esto y hasta dramático es que aunque la ciencia demostrara que estas dos estampaciones fueran sobrenaturales, milagrosas, de origen celeste; nada cambiaría para un mundo descreído, hedonista, materialista, ciego y creciente en maldad. Ya lo advierte la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro (Lc 16,19-31): «replicó Abrahán: «Tienen a Moisés y a los Profetas. ¡Que los oigan!». Él dijo: «No, padre Abrahán; pero si alguno de entre los muertos va a ellos, se convertirán». Y le dijo: «Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se convencerán aunque uno resucite de entre los muertos». (Lc 29-31).
Ah, alguno ha pensando ¿y en caso contrario?… Pues, bien, decir que la fe los fieles practicantes y verdaderos no sostiene en esos milagros y en otros…, sino en Cristo: camino, verdad y vida.
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P.D.: Curiosamente, estas dos imágenes hacen referencia al Señor Jesucristo y a la Santísima Virgen María.
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