El evangelio de la liturgia de hoy, 27 de noviembre, sin duda alguna nos lleva a esos momentos finales, de los que habla el libro del Apocalipsis sobre lo que supondrá la apertura del último sello, el séptimo, donde Dios se decide a tomar medidas ante la maldad reinante en la tierra, y salvarla. El séptimo sello conlleva el toque de las 7 trompetas y el consiguiente derramamiento de las copas, las temidas copas que pondrán a la tierra al borde de su destrucción, durante tres días de oscuridad, de espanto y terror. Tras los cuales Jesucristo glorioso vendrá vencedor para reivindicar el ser el Señor Salvador de la Historia Humana, expulsando a Satanás, derrotado, a infierno.
Lectura del santo evangelio según san Lucas 21,20-28:
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando vean a Jerusalén sitiada por un ejército, sepan que se aproxima su destrucción. Entonces, los que estén en Judea, que huyan a los montes; los que estén en la ciudad, que se alejen de ella; los que estén en el campo, que no vuelvan a la ciudad; porque esos días serán de castigo para que se cumpla todo lo que está escrito.
¡Pobres de las que estén embarazadas y de las que estén criando en aquellos días! Porque vendrá una gran calamidad sobre el país y el castigo de Dios se descargará contra este pueblo. Caerán al filo de la espada, serán llevados cautivos a todas las naciones y Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que se cumpla el plazo que Dios les ha señalado.
Habrá señales prodigiosas en el sol, en la luna y en las estrellas. En la tierra las naciones se llenarán de angustia y de miedo por el estruendo de las olas del mar; la gente se morirá de terror y de angustiosa espera por las cosas que vendrán sobre el mundo, pues hasta las estrellas se bambolearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad. Cuando estas cosas comiencen a suceder, pongan atención y levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación’’.
Pensemos que la Jerusalén representa a la tierra, la humanidad que la llena, que se ha prostituido, la Gran Babilonia del Apocalipsis, de la que habla la primera lectura de hoy, Ap18,1-2. 21-23; 19,1-3. 9ª (ver al final).
Está próximo a caer sobre el mundo una descomunal catástrofe, que excederá a cuanto haya acontecido en la historia de la humanidad. Este terrible desastre será más tremendo que el diluvio universal y en una dimensión jamás vista.
Es una catástrofe vaticinada por muchos profetas del Antiguo Testamento y descrita en San Mateo 24, San Marcos 13 y Lucas 21; 2 San Pedro 2 y 3 y en el Apocalipsis, y posteriormente anunciada por la Virgen María o el mismo Jesucristo, en muchas apariciones y mensajes transmitidos a muchos santos.
El cáliz está lleno y ha llegado el momento que reclamaban los justos martirizados: “¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia y sin tomar venganza por nuestra sangre de los habitantes de la tierra?” (Ap 6,10). Ha sonado la trompeta del ángel que anuncia la irrupción del día del Señor (Sof 3,14-18), el día en que Dios hará justicia en la tierra. Es grande el Día de Yahvé, y muy terrible: ¿quién lo soportará? (Joel 2,11). ¿Quién podrá soportar el Día de su venida? ¿Quién permanecerá de pie cuando aparezca? Porque él es como el fuego del fundidor y como la lejía de los lavanderos (Mal 3,2). Porque llega el Día, abrasador como un horno. Todos los arrogantes y los que hacen el mal serán como paja; el Día que llega los consumirá, dice el Señor de los ejércitos, hasta no dejarles raíz ni rama (Mal 3,19).
En los aires aparecerá una cruz esplendorosa que anunciará el advenimiento del Salvador, derramando su gracia para que los corazones se abran a Dios y se conviertan. Desgarrad vuestro corazón y no vuestros vestidos, volved a Yahvé vuestro Dios, porque él es clemente y compasivo, tardo a la cólera, rico en amor, y se ablanda ante la desgracia (Joel 2,13).
Inmediatamente después de que el Señor haya atraído hacía sí a cuantos hayan querido ser salvados por su divina misericordia, la hoz será pasada sobre la faz de la tierra, porque la mies está madura (Joel 4,13): Salió del Santuario otro Ángel gritando con fuerte voz al que estaba sentado en la nube: “Mete tu hoz y siega, porque ha llegado la hora de segar; la mies de la tierra está madura.” (Ap 14,15).
En su Discurso Escatológico, el Señor dice que “habrá en diversos lugares hambres y terremotos…, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo” (Mt 24,7.29).
Sobrevendrá sobre la tierra un cataclismo primordialmente cósmico, signo de una particular intervención de Dios, de dimensiones inauditas, que estremecerá el universo entero. ¡Ante él tiembla la tierra, se estremecen los cielos, el sol y la luna se oscurecen, y las estrellas retraen su fulgor! (Joel 2,10). El cielo será invadido por una oscuridad espesa. El sol se apagará y la luna no emitirá resplandor alguno, las estrellas se borrarán. Las fuerzas del cielo se tambalearán; pues las leyes de los movimientos de los cuerpos celestiales parecerán suspendidas. La tierra se verá sacudida por terremotos espantosos, su corteza parecerá resquebrajarse y romperse en pedazos; habrá una profunda turbación en el mar, un gran estrépito de olas gigantescas; globos de llamas convertirán la tierra en una tea, y el aire abrasador estará infectado de gases asesinos. Grandes ciudades serán sacudidas y engullidas por terremotos o inundadas por el mar.
Las esclusas de lo alto han sido abiertas, y se estremecen los cimientos de la tierra. Estalla, estalla la tierra, se hace pedazos la tierra, sacudida se bambolea la tierra, vacila, vacila la tierra como un beodo, se balancea como una cabaña; pesa sobre ella su rebeldía, cae, y no volverá a levantarse. (Is 24,18-20).
Miré a la tierra, y he aquí que era un caos; a los cielos, y faltaba su luz. Miré a los montes, y estaban temblando, y todos los cerros trepidaban. Miré, y he aquí que no había un alma, y todas las aves del cielo se habían volado. Miré, y he aquí que el vergel era yermo, y todas las ciudades estaban arrasadas delante de Yahvé y del ardor de su ira. Porque así dice Yahvé: Desolación se volverá toda la tierra, aunque no acabaré con ella. (Jer 4,23-27).
Una intensa oscuridad, que durará tres días y tres noches, cubrirá toda la tierra. Los hombres, enloquecidos, no sabrán dónde refugiarse para huir de tantísimo terror.
Los impíos serán aplastados y aniquilados, y muchos se perderán porque permanecerán en la obstinación de sus pecados. Se pudrirá su carne estando ellos todavía en pie, sus ojos se pudrirán en sus cuencas, y su lengua se pudrirá en su boca (Zac 14,12). Los dictadores del mundo, gente infernal, que destruyeron iglesias, profanaron la Eucaristía, martirizaron a los justos y perdieron a la humanidad serán arrasados. Todo lo que esté contaminado por la maldad y el pecado quedará reducido a cenizas. Entonces se verá el poder de la luz sobre el poder de las tinieblas. Se verá la gloria de Yahvé, el esplendor de nuestro Dios (Is 35,2).
Todos los enemigos de la Iglesia y cuantos habían apostatado, ocultos o aparentes, perecerán en las tinieblas, con excepción de algunos que se les brindará la conversión después…
La iglesia, tras la victoria, irradiará como el sol. Se tendrá la sensación de ser cumplida la plegaria: “Venga a nosotros tu reino”.
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Lectura del libro del Apocalipsis 18,1-2. 21-23; 19,1-3. 9ª
Yo, Juan, vi un ángel que bajaba del cielo. Su poder era inmenso y con resplandor iluminó la tierra. Gritó con voz potente y dijo:
“Ha caído ya la gran Babilonia
y ha quedado convertida en morada de demonios,
en guarida de toda clase de espíritus impuros,
en escondrijo de aves inmundas y repugnantes”.
Otro ángel poderoso levantó una piedra del tamaño de una rueda de molino y la arrojó al mar, diciendo:
“Con esta misma violencia será arrojada Babilonia, la gran ciudad,
y desaparecerá para siempre.
Ya no se volverán a escuchar en ti
ni cantos ni cítaras, ni flautas ni trompetas.
Ya no habrá jamás en ti artesanos de ningún oficio,
ni se escuchará más el ruido de la piedra de molino;
ya no brillarán en ti las luces de las lámparas
ni volverá a escucharse en ti el bullicio de las bodas.
Esto sucederá porque tus comerciantes llegaron a dominar la tierra
y tú, con tus brujerías, sedujiste a todas las naciones’’.
Después de esto oí algo así como una inmensa multitud que cantaba en el cielo:
“¡Aleluya!
La salvación, la gloria y el poder pertenecen a nuestro Dios,
porque sus sentencias son legítimas y justas.
Él ha condenado a la gran prostituta,
que corrompía a la tierra con su fornicación
y le ha pedido cuentas de la sangre de sus siervos”.
Y por segunda vez todos cantaron:
“¡Aleluya!
El humo del incendio de la gran ciudad
se eleva por los siglos de los siglos”.
Entonces un ángel me dijo: “Escribe: ‘Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero’ ”.
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Palabras del papa Francisco
(Ángelus, 1 diciembre 2024)
El Evangelio de la liturgia de hoy (Lc 21,25-28.34-36), primer domingo de Adviento, nos habla de trastornos cósmicos y de angustia y miedo en la humanidad. En este contexto Jesús dirige a sus discípulos una palabra de esperanza: «Tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación» (v. 28). La preocupación del Maestro es que sus corazones no se apesadumbren (cfr v. 34) y que esperen vigilantes la venida del Hijo del hombre.
La invitación de Jesús es esta: levantar la cabeza hacia lo alto y tener el corazón ligero y despierto.
En efecto, muchos contemporáneos de Jesús, ante los eventos catastróficos que ven acaecer a su alrededor – persecuciones, conflictos, calamidades naturales –, son embargados por la angustia y creen que está por llegar el fin del mundo. Tienen el corazón pesado por el temor. Pero Jesús quiere liberarlos de las angustias presentes y de las falsas convicciones, indicando cómo estar prevenidos en el corazón, como leer los eventos a partir del proyecto de Dios, que actúa la salvación también dentro de las circunstancias más dramáticas de la historia. Por esto les sugiere dirigir la mirada hacia el Cielo para entender las cosas de la tierra: «levántense y alcen la cabeza» (v. 28). Es bello… «levántense y alcen la cabeza».
Hermanos y hermanas también para nosotros es importante el consejo de Jesús: «Que sus corazones no se apesadumbren (v. 34). Todos nosotros, en tantos momentos de la vida, nos preguntamos: cómo hacer para tener un corazón “ligero”, ¿un corazón despierto, libre? ¿Un corazón que no se deja aplastar por la tristeza? La tristeza es fea… Es fea. De hecho, puede pasar que las ansias, los miedos y los afanes por nuestra vida personal o por todo lo que hoy acontece en el mundo, pesen como rocas sobre nosotros y nos empujen al desánimo. Si las preocupaciones cargan al corazón y nos inducen a encerrarnos en nosotros mismos, Jesús nos invita en cambio a levantar la cabeza, a confiar en su amor que nos quiere salvar y que se hace cercano en cada situación de nuestra existencia, a hacerle espacio para volver a encontrar la esperanza.
Y, entonces, preguntémonos: mi corazón está cargado por el miedo, por las preocupaciones, ¿por las ansias en el futuro? Sé observar los eventos cotidianos y las circunstancias de la historia con los ojos de Dios, en la oración, ¿con un horizonte más amplio? ¿O más bien me dejo tocar por el desánimo? Que este tiempo de Adviento sea una ocasión preciosa para levantar la mirada hacia Él, que aligera el corazón y nos sostiene en el camino.
Ahora invoquemos a la Virgen María, que también en los momentos de prueba ha estado lista a acoger el proyecto de Dios.
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Catena Aurea
Beda
Hasta aquí todo lo que sucedería en el espacio de cuarenta años (antes que viniera el fin). Ahora, con las palabras del Señor, se expone la destrucción que causaría el ejército romano, cuando dice: «Pues cuando viereis a Jerusalén cercada de un ejército», etc.
San Eusebio
Dice la desolación de Jerusalén, porque no volverá a ser edificada por sus habitantes ni según lo prescrito en la ley, así que nadie debe esperar que podrá renovarse después de su sitio y de su destrucción, como sucedió en tiempo del rey de los persas, del ilustre Antioco, y en tiempo de Pompeyo.
San Agustín, ad Hesychium epist 80
Estas palabras del Señor las refirió San Lucas en este lugar para dar a conocer que la abominación de la desolación anunciada por Daniel, de la que hablan San Mateo ( Mt 24) y San Marcos ( Mc 13,15), acaeció cuando fue invadida Jerusalén.
San Ambrosio
Los judíos, pues, creyeron que la abominación de la desolación tuvo lugar cuando los romanos, burlándose de los ritos de los judíos, habían arrojado la cabeza de un cerdo en el templo.
San Eusebio
Previendo el Señor el hambre que había de padecerse en la ciudad, aconsejó a sus discípulos que no se refugiasen en ella durante el sitio, como en lugar seguro y protegido por Dios, sino que más bien se marchasen y huyesen a los montes. Por esto sigue: «Entonces los que están en Judea huyan a los montes».
Beda
Refiere la historia de la Iglesia que todos los cristianos que se encontraban en la Judea, al hacerse inminente la ruina de Jerusalén, advertidos por Dios, salieron de allí y fueron a habitar a la otra parte del Jordán en una ciudad que se llama Pella, mientras se consumó la destrucción de Judea.
San Agustín, ad Hesychium epist 80
Por esto dijeron San Mateo y San Marcos, «que los que están sobre el techo no bajen a la casa» ( Mc 13,16), añadiendo «ni entren a tomar algo de la casa»; en vez de lo cual añade San Lucas: «Y los que estén dentro de ella sálganse».
Beda
¿Pero cómo podrían salirse de la ciudad los que estaban dentro de ella, si ya estaba sitiada por un ejército? A no ser que dijera esto no refiriéndose al tiempo mismo del sitio, sino al próximo de él, cuando el ejército romano empezara a invadir las fronteras de Galilea y de Samaria.
San Agustín, ut sup
En cuanto a lo que dijeron San Mateo y San Marcos: «Y el que esté en el campo no vuelva atrás a tomar su vestido», lo dice San Lucas con más claridad: «Y los que están en las regiones no entren en la ciudad, porque han llegado los días del castigo», y han de cumplirse todas las profecías.
Beda
Estos son los días del castigo, esto es, los días que piden venganza por la sangre del Señor.
San Agustín, ad Hesychium epist 80
Después continúa San Lucas diciendo como los otros dos evangelistas: «¡Mas ay de las preñadas y de las que dan de mamar en aquellos días!» Y así manifestó San Lucas lo que podía ser incierto, a saber: que lo que se ha dicho acerca de la abominación de la desolación, no se refiere al fin del mundo sino a la destrucción de Jerusalén.
Beda
Dijo, pues: «Ay de las preñadas» (a causa del cautiverio) «y de las que alimentan o dan de mamar» (como algunos interpretan), porque ya sea que sus entrañas o sus manos estén cargadas con el peso de sus hijos, hallarán gran dificultad para poder huir.
Teofiactus
Dicen algunos que el Señor dio a entender con esto que se comerían a sus hijos, como refiere Josefo.
Crisóstomo
Después expone la causa de cuanto va dicho, diciendo: «Porque habrá grande tribulación sobre la tierra e ira para este pueblo». Fueron tales las desgracias que les cupieron, que ninguna otra pudo compararse con ellas, según refiere Josefo.
San Eusebio
Gran número de judíos pereció por la espada cuando vinieron los romanos y tomaron la ciudad. Por esto sigue: «Y caerán a filo de espada»; pero incluso murieron muchos más de hambre. Todo esto sucedía primero bajo el dominio de Tito y Vespasiano, y después de éstos, en tiempo de Adriano, emperador de los romanos, cuando fueron expulsados de su patria los judíos. De donde sigue: «Serán conducidos cautivos a todas las naciones». En efecto, los judíos fueron dispersados por todo el orbe llegando hasta los confines de la tierra, y en tanto que los extranjeros ocupan su tierra, se ha hecho ésta inaccesible para ellos solos. Prosigue, pues: «Jerusalén será hollada por los pies de los gentiles hasta que se cumpla el tiempo de las naciones».
Beda
Esto es lo que refiere el Apóstol cuando dice: «Una parte de Israel ha quedado ciega hasta que entre la plenitud de las gentes y sea salvo así todo Israel» ( Rom 11,25-26). Cuando alcance la salud prometida es de esperar que volverá a su suelo patrio.
San Ambrosio
Místicamente, la abominación de la desolación es la venida del Anticristo, porque manchará el interior de las almas con infaustos sacrilegios, sentándose en el templo, según la historia, para usurpar el solio de la divina majestad. Esta es la interpretación espiritual de este pasaje; deseará confirmar en las almas la huella de su perfidia, tratando de hacer ver por las Escrituras que él es Cristo. Entonces se aproximará la desolación, porque muchos desistirán cansados de la verdadera religión. Entonces será el día del Señor, porque como su primera venida fue para redimir los pecados, la segunda será para castigarlos, a fin de que no incurra la mayor parte en el error de la perfidia. Hay otro Anticristo, que es el diablo, el cual trata de sitiar a Jerusalén (esto es, al alma pacífica), con la fuerza de su ley. Así, pues, cuando el diablo se halla en medio del templo, es la abominación de la desolación. Pero cuando brilla en nuestros trabajos la presencia espiritual de Cristo, huye el enemigo y empieza a reinar la justicia. El tercer Anticristo es Arrio y Sabelio y todos los que nos seducen con mala intención. Tales (los que desistan cansados de la verdadera religión) son las embarazadas, de quienes se dijo: ¡ay de ellas! las cuales prolongan la ruina de su carne y disminuyen la velocidad de su marcha en lo íntimo de sus almas, de modo que son incapaces para la virtud y fértiles para los vicios. Pero ni siquiera aquellas embarazadas que se hallan fundadas en el esfuerzo de las buenas obras, y que todavía no han producido ninguna, están libres de la condenación. Algunas conciben por temor de Dios; pero no todas dan a luz; algunas hacen abortar la palabra antes de dar fruto; y otras tienen a Cristo en su seno, pero sin que llegue a formarse. Por tanto, la que da a luz la justicia, da a luz a Cristo. Así, pues, apresurémonos a destetar a nuestros niños, para que no nos sorprenda el día del juicio o de la muerte antes de que estén formados. No sucederá así, si conserváis en vuestro corazón todas las palabras de justicia y no esperáis al tiempo de la vejez, y si concebís luego en la primera edad la sabiduría y la alimentáis sin la corrupción del cuerpo. Al fin del mundo se someterá toda Judea a las naciones creyentes por la palabra espiritual, que es como una espada de dos filos ( Ap 1,16; Ap 19,15).
Beda
Anuncia después lo que sucederá cuando se cumpla el tiempo de las naciones, diciendo: «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas».
San Ambrosio
Estas señales son expresadas con más claridad por San Mateo de este modo: «Entonces se oscurecerá el sol, no dará luz la luna y caerán del cielo las estrellas» ( Lc 24,29 ).
San Eusebio
Entonces, pues, cuando se consuma la vida corruptible, y pase, según el Apóstol, la especie de este mundo y suceda un nuevo siglo en el que en vez de astros luminosos brillará Cristo como el lucero y rey de un siglo nuevo, será tanto el brillo de su poder y de su gloria, que el sol que brilla ahora, y la luna y las demás estrellas, se eclipsarán a la venida de mayor luz.
Crisóstomo
Así como en este siglo desaparecen la luna y las estrellas en cuanto sale el sol, así en la gloriosa aparición de Cristo se oscurecerá el sol y no dará luz la luna, y caerán las estrellas del cielo, el cual se despojará de su manto primitivo para vestirse otro de luz mucho mejor.
San Eusebio
Manifiesta a continuación lo que sucederá al orbe después que se oscurezcan los astros, y cuál será la angustia de las gentes, diciendo: «Y se abatirán las naciones en la tierra por la confusión del rugido del mar», etc., en donde parece enseñar que el principio de la trasmutación del universo habrá de venir por la falta de la sustancia húmeda. Esta será, pues, consumida o helada, de modo que no se oirá ya el ruido del mar, ni sus olas tocarán la arena a causa de la extremada sequía, y las demás partes del mundo sufrirán una transformación, no recibiendo ya el vapor que constantemente le enviaba la sustancia húmeda. Y así, como la aparición del Salvador debe combatir los prodigios opuestos a Dios, esto es, el Anticristo, tomarán principio sus venganzas de la sequía, de suerte que no se oirá ya la tempestad ni el ruido del mar, y entonces será el momento de la angustia de los hombres que sobrevivan. Continúa, pues: «Y los hombres estarán sedientos: es decir, se consumirán por el temor y la expectación de lo que debe suceder en todo el universo». Manifiesta luego lo que sucederá, diciendo: «Porque las potestades de los cielos se conmoverán».
Teofilactus
O de otro modo, cuando se trastorne el orbe superior, los elementos inferiores sufrirán el mismo trastorno. Así dice: «Y se abatirán las naciones de la tierra», etc. Como si dijera: Bramará terriblemente el mar y la tempestad agitará sus costas, de tal suerte que se abatirán los pueblos, esto es, la miseria será común, hasta que se consuman por el temor y la expectación de los males que asaltarán al mundo. Y continúa: «Y los hombres se abatirán por el temor y la expectación de lo que va a suceder en todo el universo».
San Agustín, ad Hesychium epist 80
Pero diréis: estos males nos obligan a reconocer que ha llegado ya el fin, puesto que se cumple lo predicho. Porque es cierto que no hay nación ni lugar que no se halle hoy en la aflicción y la tribulación. Pero si los males que sufre ahora el género humano son indicios ciertos de que ha de venir el Señor, ¿por qué dice el Apóstol: «Cuando dijeren: paz y seguridad?» ( 1Tes 5,3). Veamos, pues, si debe entenderse más bien que no se cumplirá de este modo lo predicho en estas palabras, sino que sucederá cuando la tribulación se extienda sobre la Iglesia, que será afligida en todo el universo; no sobre los que la afligirán, puesto que ellos son los mismos que han de decir: Paz y seguridad. Ahora bien, estos males, que se creen como sumos y extremos, vemos que son comunes a uno y otro reino, al de Cristo y al del diablo. Los buenos y los malos los sufren igualmente, y en medio de tanta calamidad se entregan por todas partes a escandalosas orgías. ¿Es esto, por ventura, amilanarse por el temor, o más bien arder en apetitos de lujuria?
Teofiactus
No sólo temblarán los hombres cuando se altere el mundo, sino que hasta los ángeles quedarán pasmados de espanto por tan terribles alteraciones del mundo. Dice, pues: «Porque las virtudes de los cielos se conmoverán».
San Gregorio, in evang. hom. 1
¿Y a qué se llama virtudes de los cielos, sino a los ángeles, dominaciones, principados y potestades? Ellos aparecerán visiblemente a nuestros ojos a la llegada del severo juez, para exigirnos rigurosamente lo que ahora nos pide con misericordia nuestro invisible Creador.
San Eusebio
Y como el Hijo de Dios ha de venir en gloria y ha de confundir la soberbia tiranía del hijo del pecado, sirviéndole los ángeles del cielo, se abrirán las puertas cerradas en el siglo para que aparezca lo excelso.
Crisóstomo, ad Olympian epistola 2
O bien, se conmoverán las fortalezas de los cielos, aunque inconscientes; y al ver las infinitas muchedumbres que se condenan, no podrán estar allí tranquilas.
Beda
Por esto se dice en el libro de Job que tiemblan las columnas del cielo y se amedrentan a su mandato ( Job 26,11). Y ¿qué sucederá a las tablas, cuando tiemblan las columnas? ¿qué no sufrirán los arbustos del desierto cuando el cedro del paraíso es desgajado?
San Eusebio
Las potestades de los cielos son las que rigen las partes materiales del universo. Las cuales entonces se conmoverán para adquirir un estado más perfecto, por lo tanto, quedarán libres en la nueva vida del servicio que vienen prestando a Dios respecto de los cuerpos sensibles en cuanto a su estado de corrupción.
San Agustín, ut sup
Pero el Señor, para que no parezca que exageró todo esto que predijo acerca de la aproximación de su segunda venida, lo cual ya acostumbraba a suceder en este mundo antes de su primera venida, y no nos burlemos de lo mucho que todo esto que dijo se lee ya en la historia de los pueblos, creo que debe entenderse mejor respecto de la Iglesia; pues la Iglesia es el sol, la luna y las estrellas ( Cant 6,9), a quien se ha llamado hermosa como la luna, escogida como el sol, la cual no brillará entonces por la furiosa persecución.
San Ambrosio
También se oscurecerá la brillante antorcha de la fe por la nube de la perfidia para muchos que se separen de la religión; porque aquel sol de justicia se aumenta o se disminuye para mí, según mi fe. Y así como en las fases periódicas de la luna, esto es, en las menguantes de cada mes, la luna se oscurece porque tiene la tierra en frente, así la Iglesia santa, cuando se le oponen los vicios de la carne a la luz del cielo, no puede reflejar el resplandor de la luz divina, de los rayos de Cristo. Y en las persecuciones apaga también el brillo del sol divino el amor de esta vida. Caen también las estrellas, esto es, la gloria del hombre que resplandece, cuando prevalece el furor de la persecución, lo que conviene que suceda hasta que se llene el número de los elegidos. Así se prueban los buenos y se manifiestan los débiles.
San Agustín, ut sup
Respecto de lo que se ha dicho: «y en la tierra consternación de las gentes», quiso designar con la palabra gentes, no las que serán benditas en la descendencia de Abraham, sino las que estarán a la izquierda.
San Ambrosio
Y será tan abrasadora la angustia de las almas por el recuerdo de la multitud de sus delitos (y el temor del juicio que ha de venir) que secará en nosotros el rocío de la fuente divina. A la manera, pues, que se espera la venida del Señor para que todo lo llene su presencia, ya en el mundo respecto del hombre, ya respecto del mundo, lo cual sucede en cada uno de nosotros cuando recibimos a Cristo con todo amor, así también las virtudes de los cielos alcanzarán aumento de gracia a la venida del Señor y se conmoverán por la plenitud de la divinidad que las penetrará más de cerca. Hay también virtudes de los cielos, que cantan la gloria de Dios, y que también por mayor comunicación se conmoverán al ver a Jesucristo.
San Agustín, ut sup
También se conmoverán las potestades de los cielos, porque los fieles más fuertes se turbarán por la persecución de los impíos.
Prosigue: «Y entonces verán al Hijo del hombre venir sobre una nube».
Teofiactus
Lo verán tanto los fieles como los infieles. Brillará entonces más que el sol, tanto El como su cruz, por lo que será conocido de todos.
San Agustín, ad Hesychium epist 80
En cuanto a lo que dice que vendrá sobre una nube, puede entenderse de dos maneras: o viniendo en su Iglesia como en una nube, como ahora no cesa de venir, pero en ese entonces lo hará con gran poder y majestad por la gran fortaleza que brillará en los santos para que no sean vencidos en tan grande persecución, y así realzará su majestad; o bien porque vendrá en el mismo cuerpo con que está sentado a la diestra del Padre, y con razón es de creer que vendrá no sólo en el mismo cuerpo, sino también en la nube; porque así vendrá como se subió al cielo, pues una nube lo arrebató de la vista de sus discípulos ( Hch 1,9).
Crisóstomo, in cat. graec. Patr
El Señor siempre se aparece en la nube según lo del salmo ( Sal 96,12): «La nube y la oscuridad en su derredor». Por lo que el Hijo del hombre vendrá en las nubes como Dios y Señor, no ocultamente, sino en la gloria digna de Dios; y por esto añade: «Con gran poder y majestad».
San Cirilo
Conviene entender las palabras «con grande poder y majestad». En su primera venida apareció con nuestra humilde flaqueza; pero en la segunda lo verificará con todo su poder.
San Gregorio, in evang. hom. 1
Los que no quisieron oírlo en su abatimiento tendrán que contemplarlo en su poderío y majestad para que sientan entonces tanto más su fortaleza cuanto más resistieron doblar su cerviz y su corazón ante su misericordia.
San Gregorio, ut sup
Como todo lo que va dicho se refiere a los réprobos, habla ahora para consuelo de sus escogidos. Por esto añade: «Cuando comenzaren, pues, a cumplirse estas cosas, mirad y levantad vuestras cabezas, porque cerca está vuestra redención». Como diciendo: Cuando las plagas abruman al mundo, levantad vuestras cabezas, esto es, alegrad vuestros corazones, porque mientras el mundo (de quien en realidad no sois amigos) se acaba, se aproxima vuestra redención, que tanto habéis buscado. En la Sagrada Escritura se toma muchas veces la cabeza en vez de la inteligencia; porque así como los miembros son gobernados por la cabeza, los pensamientos se rigen por la inteligencia. Por tanto, levantar nuestras cabezas equivale a levantar nuestra inteligencia hacia los goces de la patria celestial.
San Eusebio
Cuando hayan pasado todas las cosas materiales aparecerán las inteligibles y celestiales, a saber: el reinado de aquel siglo que nunca habrá de concluir, y entonces se concederán las promesas ofrecidas a los dignos. Por esto dice: «Cuando comenzaren, pues, a cumplirse estas cosas, mirad», etc. Una vez recibidas las promesas que esperamos del Señor, seremos reanimados los que antes andábamos abatidos, y levantaremos nuestras cabezas, en otro tiempo humilladas, porque viene nuestra redención que tanto esperábamos; esto es, aquella que toda criatura desea.
Teofiactus
Esto es, la perfecta libertad del cuerpo y del alma, así como la primera venida del Salvador tuvo por objeto la reforma de nuestras almas, la segunda tendrá lugar para la reforma de nuestros cuerpos.
San Eusebio
Dice todo esto también a sus discípulos, no porque ellos hubiesen de durar en este mundo, hasta su término, sino (como subsistiendo en un solo cuerpo) no sólo para ellos sino para nosotros y para todos los demás, que habrán de creer en Jesucristo hasta la consumación de los siglos.

