La Gran Ciudad del libro del Apocalipsis representa a la Tierra, en cuanto a la Humanidad. La Gran Babilonia —ciudad de los hombres impíos— simboliza a la Humanidad prostituida por la mujer, es decir, por la sinagoga de Satanás, madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra (Cf. Ap 17,3.5). Recordemos que en Babilonia tuvieron cabida las idolatrías, allí anidó el Maligno… En principio, Dios purificó la Tierra de la infección de las brujerías satánicas, con el diluvio universal, dejando vivo a Noé y su familia. Posteriormente, la corrupción y la idolatría en Babilonia llegó a tal nivel, que Dios optó por elegir un pueblo que le fuera fiel, y comenzó eligiendo a Abraham, y haciéndole salir de allí, camino de la Tierra Prometida…
Donde alumbró su «sinagoga de Satanás» o iglesia del diablo, que ha criado a las demás rameras: perversiones ideológicas, seudorreligiones, sectas heréticas, esotéricas… La Ciudad del Mundo, la ciudad moderna, desacralizada, laicista, del espíritu del tiempo, a través de los actuales intentos de homogeneización internacional en la inmanencia (la new are y su espiritualidad autogestionaria y sin Dios verdadero).
Bestia que tenía siete cabezas y diez cuernos (Cf. Ap 17,3), que poseía la gnosis, 7 cabezas con títulos blasfemos (ideologías inhumanas o sectas, ideologías anticristianas), y el poder absolutos, siete colinas o reyes sobre los que se asienta (Cf. Ap 17,9), uno de ellos consumará todo el potencial de la Bestia encarnándose en la figura concreta y real de la Bestia (Cf. Ap 17,11), y satisfacía su sediento odio embriagándose con la sangre de los santos y con la sangre de los mártires de Jesús (Cf. Ap 17,6). Ramera que asentará su poder absoluto sobre la Humanidad y la Tierra, nombrando a diez reyes o gobiernos serviles (Cf. Ap 17,1-2). La Humanidad prostituida -idolátrica y apóstata- será la ramera a la que luego aborrecerán (Cf. Ap 17,11), los reyes bestializados de la tierra y tratarán de destruir en la batalla o conflagración atómica de Armagedón.
Gran Ciudad, el mundo está en posesión de mercaderes, idólatras del dinero, financieros sin escrúpulos, de gente materialista de todo layo, de corruptos, de seres perdidos, espíritus inmundos y satánicos. Seres que prestan su voluntad a los deseos del príncipe de los demonios y señor de la tinieblas. Han encanallado toda la tierra con el vino de su prostitución, idolatría, hechicería, con la sangre de los degollados. Vino de su prostitución es la corrupción abyecta y desoladora: amar el mal y la adoración del maligno, ha corrompido del espiritismo satánico a toda la tierra. Dios pide a los suyos, a sus fieles, como a Abraham en su día, que salgan… «Sal de tu tierra» (Gen 12,1)[1]. ¡Salid! No os acomodéis al espíritu del siglo; no contaminarnos, aceptar compromiso, componendas con el mundo, y contaminarnos con sus ídolos…, reino de tinieblas. «Salid de ella, pueblo mío», pues todo el mundo «está sujeto al Maligno». Sed fieles y oíd la voz de Cristo, que les manda: «Salid de ella, pueblo mío, no sea que os hagáis cómplices de sus pecados y os alcancen sus plagas» (Ap 18,4)?
La Gran Ciudad, la ciudad mundana, la Humanidad prostituida, endemoniada, convertida en morada de toda clase de espíritus inmundos (Cf. Ap 18,2), embriagada de abominaciones, iniquidades y pecados, será consumida por el fuego. Bajará fuego del cielo; Dios vendrá como fuego devorador. Porque poderoso es el Señor Dios que la ha condenado (Cf. Ap 18,8). “Porque tus mercaderes eran los magnates de la tierra, porque con tus hechicerías se extraviaron todas las naciones; y en ella fue hallada la sangre de los profetas y de los santos y de todos los degollados de la tierra” (18,23-24). “Alégrate por ella, cielo, y vosotros, los santos, los apóstoles y los profetas, porque al condenarla a ella, Dios ha juzgado vuestra causa” (Ap 18,20). “Después oí en el cielo como un gran ruido de muchedumbre inmensa que decía: «¡Aleluya! La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios, porque sus juicios son verdaderos y justos; porque ha juzgado a la Gran Ramera que corrompía la tierra con su prostitución, y ha vengado en ella la sangre de sus siervos. Y por segunda vez dijeron: «¡Aleluya! La humareda de la Ramera se eleva por los siglos de los siglos.»” (19,1-3).
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[1] Yahveh dijo a Abram: «Sal de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra». (Gen 12, 1-3). Jardín del Edén y a la condición de vida de nuestros primeros padres se ubica en Mesopotamia. El paraíso terrenal se halla entre el río Tigris y el Éufrates, allí se manifestó la serpiente; allí se le dio cabida entre los seres humanos… Y Dios pidió a Abraham que saliera de allí. Ur de Caldea. Ciudad natal de Abraham (Génesis 11:28,31; 15:7; Nehemías 9:7), situada en la desembocadura del río Éufrates, en Sumer, país más tarde llamado Babilonia (alrededor del 2070-1960 a.C.).
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