Desafío a Dios

           Dice en su corazón, el insensato:         

           “¡No existe Dios!”

           Corrompidos están, pervertidos,

           no hay quien haga el bien (Sal 14,1).

 

         «¡Suele decirse que sólo entre los sabios y los truhanes se dan librepensadores, que no creen en nada!»[1].

 

*****

           Como es sabido, años atrás, en un popular parque londinense donde, como si de un areópago se tratara, se solían improvisar tribunas públicas, un orador se subió sobre un banco de piedra y trató convencer a sus oyentes de la no existencia de Dios.

            Para ello, aquel hombre duro y ateo se valió de la misma estratagema de que se valiera Voltaire y que luego más tarde utilizara el dictador Mussolini. Levantó la voz y con un gesto quiso captar la atención de los que allí se hallaban, sacó su reloj y exclamó:

            ¡Desafío a Dios, si existe, que me fulmine con un rayo dentro de dos minutos!

 …..

 

             Pasó el tiempo y no hubo nada.

         El fascista Benito Mussolini, en su momento no fue fulminado, sino que como matizara Giovanni Guareschi, “efectivamente cayó fulminado años después”, porque “Dios no tiene prisa”.

            Dios “no tiene prisa”, porque la eternidad es suya, ¡hay tiempo!           

 

*****

         No fue fulminado. Afortunadamente no hubo rayo alguno. Si así hubiera ocurrido Dios nos hubiera decepcionado a muchos. Efectivamente dios no existe, estamos con el orador improvisado, no existe ese dios. Como dijera en cierta ocasión el cardenal Máximo IV, el anciano patriarca oriental: «Muchos ateos no creen en un Dios, en el que yo tampoco creo». Yo tampoco creería en ese Dios que responda a un advenedizo con un rayo por unas palabras desafiantes.

         Pedir a Dios alardes de fuerza, de demostraciones,… es lo mismo que decía el centurión romano pidiendo a Cristo que si era Dios bajara de la cruz. Nosotros también hacemos —a veces inconscientemente— lo mismo. Pero Él seguirá, afortunadamente, clavado. Pues él permanecerá fiel, ya que no puede negarse a sí mismo (2 Tim 2,13).

          Quien no cree en Él, así, en silencio, le falta fe.

 

..ooOoo..

 

          Puede que detrás del escéptico y ateo se esconda, al negar que Dios exista, la pretensión de hacerse creer que el bien y lo bueno en grado elevado no exista; es decir, justificar sus miserias con las miserias de todos, y muy posiblemente, la oculta desesperanza de la decepción…

         A nadie le agrada lo que le deja en evidencia. Por eso ante la conducta dudosa, Dios es con quien cotejarse, espejo que pone ante los ojos de cada uno lo que es, y no gusta, y por ello se reniega de Él. El que escoge como estilo de vida el camino del mal rechaza esta confrontación y «dice en su corazón: ‘no hay Dios’», esto es, «‘no quiero confrontar mi conducta con Dios’». Dios se opone a los propósitos de los malvados. Por lo tanto no es extraño que le detesten, y a la par todos los que se hallan en esa tesitura.

         «El malvado ni siquiera se pregunta por la existencia de Dios, porque no la desea. Para él la pregunta misma carece de sentido, porque no necesita una respuesta positiva. Sin embargo, para quien se interesa por la virtud, para quien se compromete a realizarla en el mundo buscando la felicidad de los demás hombres, es moralmente absurdo que Dios no exista[2].

         Si a los malos les repugna la posibilidad de la existencia de Dios, porque les supone un toque a la responsabilidad, y por eso lo desechan de sus vidas; también -y esto es más penoso, si cabe- el que son incapaces de vislumbrar la misericordia de un Dios tierno y cariñoso dispuesto a rescatarles de vivir una vida de maldad y perdición.

 

………………………

[1] ANÓNIMO, El peregrino ruso, Ed. Espiritualidad, Madrid 1984, p.80.

[2] CORTINA, A., Ética mínima, Tecnos,  Madrid 1986, p.125.

ACTUALIDAD CATÓLICA

 

 


Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.