Estos son otros momentos en que experimentamos la maravillosa presencia en nuestras vidas del Espíritu Santo:
- Cuando un hombre o una mujer experimenta la hondura del amor que pueden sentir los seres humanos, en las relaciones amorosas de donación y recepción capaces de recrear a las personas.
- Cuando se ha tenido el valor de descubrir la llamada de la propia conciencia, aunque sea vacilante, y de seguir sus profundos impulsos incluso con riesgo de perder algo.
- Cuando una persona, en el lugar cotidiano de trabajo y en la vida en libertad con sus decisiones sopesadas, acepta con responsabilidad su propia vida y su impacto sobre la de los demás.
- Cuando una persona asume la profundidad del pecado en la aceptación del perdón y en el gusto de concederlo sin recompensa alguna.
- Cuando ha sido habitado por el miedo, la desesperación y el vacío y no se haya dejado atrapar por ellos.
- Cuando hace las paces con su finitud y mortalidad, cuando descubre sus limitaciones.
- Cuando se espera contra toda esperanza a pesar de lo inevitable de la opresión, el sufrimiento o la muerte.
- Cuando se estás alegre a pesar de los sinsabores de la vida. Cuando pierde su precioso tiempo por favorecer a alguien.
- Cuando se alegra con la felicidad del otro.
- Cuando es amable, cálido y acogedor con cualquier ser humano, sin esperar nada a cambio.
- Cuando se es fiel a unos valores éticos, a pesar de las condiciones duras y amargas de la vida que le estarían provocando a abandonarlos.
- Cuando sale de sus preocupaciones para socorrer generosamente las de otros. Cuando no se responde al mal como mal, e incluso con bien.
- Cuando somos tratados con dureza e injustamente, y a imitación de Cristo, guardamos silencio.
- Cuando las tentaciones no tienen tanta fuerza provocativa como pensabas, cuando son inopinadamente evitadas o esquivadas, sin que caigamos en ellas.
- Cuando las críticas, difamaciones, los desprecios, las faltas de los demás, no te afectan tanto.
- Cuando te descubres llevado a un estado de piedad.
- Cuando eres suave y tierno en el trato con los demás. Cuando te conduces con nobleza, sin dobles intenciones.
- Cuando nuestro carácter da una tonalidad amable y cierta calidad de discreción.
- Cuando nos hacemos disponibles, siendo impulsados a salirse de nosotros para darnos a los demás.
- Cuando permanecemos en paz al no ser tenidas en cuenta nuestras opiniones y no se considerados como deseábamos, e incluso se relegados a un segundo plano o al últimos lugar.
- Cuando renunciamos a las pequeñas cosas, a los deseos, a los caprichos, lujos… Cuando descubres la belleza de la naturaleza de este hogar llamado Tierra, y sientes el impulso de dar gracias…
- Cuando usamos de la ascética de las mortificaciones de tales cosas como quebrantamos nuestra voluntad, siempre dispuesta a salirse con la suya; en callar una palabra de réplica, en prestar pequeños servicios sin hacerlos valer.
- Cuando somos comprensivos, tolerantes y soportamos con mansedumbre las deficiencias ajenas y propias también.
- Cuando estás delante del Santísimo y sientes una gran paz, el «salem» de Cristo, que te dice no tengas miedo.
Como decía G.K.Chesterton: “Todo pasará, sólo quedará el asombro, y sobre todo el asombro ante las cosas cotidianas”. Porque se han convertido en eternas por la presencia en ellas de la Gracia. Y exclamar con santa Teresa de Lisieux: “¡Todo es gracia!”.

