Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído. Dios es amor y el que está en el amor está en Dios y Dios en él. (1 Jn 4,16)
Románovich Raskólnikov, un joven estudiante universitario cuya aguda inteligencia es solo comparable a su absoluta falta de principios, es el protagonista de un la magistral obra de «Crimen y castigo» de Fiódor Dostoievski.
Tras varios días sin apenas comer ni dormir, Raskólnikov entra en una taberna y pide un vaso de aguardiente y una empanada. Al salir, pasea por unos jardines de la ciudad. El calor del día de verano, junto al efecto del alcohol, hacen que sienta sueño. Se tumba en la hierba y queda profundamente dormido. Tiene entonces un sueño en el que recuerda como siendo niño acompañaba a su padre de la mano, y al pasar por una ruidosa calle observó una escena que se le quedó hondamente grabada. Un hombre bebido, junto a otros compañeros, maltrataba a un pequeño caballo viejo y flaco que apenas podía mover el gran carromato al que estaba uncido, pues llevaba una carga desproporcionada para sus fuerzas. El hombre, de grueso cuello y rostro carnoso color zanahoria, invitaba a sus amigos a que se subieran al carromato, con lo que hacía aún más difícil moverlo. Mientras, insistía a gritos en que haría galopar a ese caballo, mientras lo golpeaba una y otra vez, primero con un látigo, después con un palo y por último con una barra metálica. El pobre animal, que hacía angustiosos intentos para mover el carro, acabó lleno de heridas y totalmente rendido. Fue entonces, ante el espectáculo de tanta crueldad, cuando un anciano que contemplaba la escena comentó: «En verdad, este hombre no cree en Dios».
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Una persona que cree en Dios jamás hará cosas semejantes. La maldad no le es propia, o pertenece a su ser. Quien ejercita el mal, nada tiene que ver con Dios. El ser humano de hoy, en general, no está tan lejos de este arquetipo, el de la insensibilidad y soberbia, que le hace ajeno al parecido de amor con que fue hecho, y con el que nada tiene y que ver. Tan desconocido es el verdadero amor como les es el Amor mismo. Cuando se pierde la cualidad de noble -la nobleza de marca del alma- se pierde todo, a Dios. Distanciarse de Dios, no acaece sin consecuencias. Dios es Amor, y allí donde no hay amor… No hay nada que se oponga más a la fe que el no amor. Otro tanto cabe decir de la bondad, de la misericordia, de la ternura… Un corazón duro es refractario a Dios. «Como es Él, así somos nosotros en este mundo.» (1 Jn 4,17b).
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