Si anteriormente hemos propuesto como posible katéjon, al Orden Romano en la civilización occidental, luego a la Iglesia y después a la Eucaristía; ahora y en otro próximo artículo continuamos con la enumeración de posibles factores que ejercen esa función de obstaculizar el que el Impío se manifieste presente con toda su virulencia.
La caída de Satanás, por su expulsión tras la derrota infringida por San Miguel, es para los ángeles y para los bienaventurados motivo de inmensa alegría (Ap 12,12), mientras para los hombres lo es de grandes lamentos, ya que la tierra y el mar se han convertido ahora en el escenario de la persecución… Satanás según parece ejercía funciones de «fiscal» o acusador de los hombres ante Dios. Tal aparece en el libro de Job (1,1ss), y sobre todo en el de Zacarías (3,1ss), donde acusa al sumo sacerdote Josué. También para el Apocalipsis Satanás ocupa un puesto en el cielo, donde actúa como censor, acusando ininterrumpidamente a nuestros hermanos (los justos) de infidelidad delante de Dios y sometiéndolos a duras pruebas (Lc 22,31). De ello, pues, se deduce como posible katéjon que lo que imposibilitaba a Satanás, Príncipe de este mundo, de ejercer su influencia maléfica en grado sumo y su poder persecutorio de feroz tribulación en la tierra, vendría a ser esa actividad «en el cielo» que le retenía ocupado acusando a los hermano ante Dios.
De modo que –cabría pensar– en los orígenes, el querubín Santán o Lucifer, por su rebelión sufrió la primera derrota y expulsión (limitada). Por motivos que se nos escapan y que pertenecen a un misterio que hasta el final de los tiempos no sabremos, y que ahora no nos es necesario, Dios ha permitido está «presencia» del Ángel Rebelde «en el cielo» haciendo labores de acusador… ¿Era quizá para que no atentara a los seres humanos aquí en la tierra con su maléfico poder espiritual? No lo sabemos; lo dejamos en las manos del Señor.
En el quinto sello del Apocalisis Cristo dice a los justos sacrificados que tengan paciencia hasta completar el número de los mártires, que se producirán durante la gran tribulación, es decir, durante los 1.290 días. A raíz de entablarse la batalla de expulsión del cielo de Satanás y sus seguidores, se quita el katéjon, para que actué durante 42 meses en la tierra.
El caso es, que llegado un momento, el que narra el Apocalipsis en su capítulo 12, se acabó el tiempo de Satanás de ejercer esa función acusadora, y San Miguel, de nuevo ahora, le derrota y expulsa definitivamente, viniendo a caer a la tierra, donde perseguirá a la Iglesia y a los fieles a Cristo. Ocurrirá una gran y dolorosa persecución, tanto que si Jesucristo no acelerara la asunción de su poder ganado con su sangre e hiciera acto de presencia —Parusía— para vender y expulsar a Satanás y sus secuaces, encerrándolos en el infierno, quizá no encontrara fe ni un justo sobre la tierra. Al final, al abrir el séptimo sello, Cristo asumirá este su poder.

