Testimoniar a Dios a los pobres

Según está escrito: «¡Qué hermosos los pies de los que anuncian la Buena Noticia del bien!» (Rom 10,15b)

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              Decía la Madre Teresa de Calcuta:

            Una vez vino a «Nirmal Hriday» un hombre que no tenía fe. Unos minutos antes de su llegada, nos habían traído a un hombre recogido de la calle, cubierto de gusanos, sacado probablemente de una alcantarilla. Una hermana lo estaba atendiendo, totalmente olvidada de todo lo demás, en tanto el recién llegado a la observaba atentamente: su cariño hacia el enfermo, la manera de sonreírle, de curarlo. También yo coincidí por allí. El ateo me dijo:

          —Llegué aquí sin Dios, con el corazón repleto de odio. Me voy lleno de Dios. A través de la ternura, el amor de esa hermana hacia el moribundo, he podido observar el amor de Dios en acción. Llegué ateo, me voy creyendo.

           Por mi parte, ni conocía aquel hombre ni, menos aún, sabía que fuese ateo. Creo que jamás seré capaz de olvidarlo.

…..

             Un día me encontré con un hombre agonizando en unos escombros. Tenía el cuerpo lleno de úlceras, cubiertas de sangre y de pues. Lo recogí, lo llevé a casa, lo lavé y traté de curarle las heridas una por una. Aceptó mis cuidados con paciencia, sin decir palabra. Tuve la impresión de que estaba agonizando. antes de cerrar los ojos, me sonrió y me dijo:

           —He pasado toda mi vida en las calles, como un animal. Voy a morir como un ángel, atendido y querido. Gracias.

           Jamás olvidaré la serenidad de aquella sonrisa con que fue al encuentro de Dios.

…..

          Un día recogimos por la calle a un hombre plagado de insectos. Lo llevamos a la casa del Moribundo abandonado y lo lavamos. Necesitamos tres horas. Al final, aquel hombre nos miró y dijo:

           —He vivido por las calles como un animal. Ahora voy a morir como un ser humano, bien atendido y cuidado.

 …..

       Mi primer contacto con los moribundos abandonados ocurrió mientras un día, en los primeros tiempos de la obra, había salido en busca de los pobres. De repente, descubrir y tomé en brazos a una persona abandonada en la calle. Se trataba de una mujer que estaba agonizando, medio comida ya por la ratas. La llevé al hospital más próximo, pero los encargados rehusaron admitirla. Insistí y la acogieron a regañadientes. En aquel momento decidí buscar un lugar para ofrecer a personas como aquélla los cuidados que necesitan. Acudí al ayuntamiento y solicité un local, prometiendo ocuparme yo del resto. Me llevaron a Kalighat, y me ofrecieron un lugar de descanso, destinado a los peregrinos. Hemos permanecido allí durante todos estos años. Por las calles de Calcuta hemos recogido a miles y miles de personas.

 …..

            Lo contó alguien.

      En su recorrido, la Madre Teresa había tropezado con un moribundo abandonado por todos al borde de un camino.

          Se detuvo para atenderlo con todo el amor que pudo.

      Al poco tiempo, el moribundo recobró el conocimiento, la miró y le dijo, sonriendo agradecido:

           —Tú no eres de aquí; la gente de aquí no hace esto.

           La madre Teresa siguió prestándole sus cuidados.

           El moribundo le sonrió de nuevo y le preguntó:

           —¿Por qué lo haces?

           El moribundo murmuró quedamente:

           —Salve, forastera.

           Cerró los ojos, y ya no los volvió a abrir. [1]

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[2] GONZALEZ-BALADO, J. L., Madre Teresa de Calcuta, Acento Ed., Madrid 1998, p.141, p.133, p.21, p.75, p.12.

 

 


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