Simone Weil, «La gravedad y la gracia»

Simone Weil, «La gravedad y la gracia» 

Fragmentos de «La gravedad y la gracia»   (2/3)

El avaro, por ansía de su tesoro, se priva de él. Si se puede poner todo el bien de uno en algo que se esconde en la tierra, ¿por qué no en Dios?

Pero cuando Dios llega a estar tan lleno de significación como el tesoro para el avaro, repetirse intensamente que no existe. Advertir que se le ama aunque no exista.

Él es quien, mediante la noche oscura, se retira para no ser amado como el tesoro por el avaro.

Si uno desciende dentro de sí mismo, se encontrará con que posee eternamente lo que desea.

Negación de san Pedro. Decirle a Cristo: yo te seré fiel, era negarlo, porque era suponer que la fuente de la fidelidad residía en uno mismo, y no en la gracia. Por suerte, como era un elegido, esa negación se hizo manifiesta para él y para todos. En cuántos otros se dan parecidas baladronadas -”y no llegan nunca a comprender-.

Era difícil serle fiel a Jesucristo. Se trataba de una fidelidad en vacío. Mucho más fácil serle fiel hasta la muerte a Napoleón. Mucho más fácil parara los mártires, más tarde, ser fieles, porque ya existía la Iglesia, una fuerza con promesas temporales. Se muere por lo que es fuerte, no porque es débil, o al menos por lo que, aún siendo momentáneamente débil, conserva una aureola de fuerza. La fidelidad a Napoleón en Santa Helena no era una fidelidad en vacío. Morir por la que es fuerte hace que la muerte pierda su amargura. Y, al mismo tiempo, todo su valor.

Suplicar a un hombre constituye un intenso desesperado de traspasar, a fuerza de intensidad, el propio sistema de valores al espíritu del otro. Suplicar a Dios es lo contrario: un intento de traspasar los valores con los que uno está comprometido, aquí se trata de crear un vacío interior.

Nada poseemos en el mundo -porque el azar puede quitárnoslo todo-, salvo el poder de decir yo. Eso es lo que hay que entregar a Dios, o sea destruir. No hay en absoluto ningún otro acto libre que nos esté permitido, salvo el de la destrucción del yo.

Ofrenda: no se puede ofrecer otra cosa más que el yo, y cuanto denominamos ofrenda no es más que una etiqueta puesta a un desquite del yo.

Nada en el mundo puede quitarnos el poder de decir yo. Nada, salvo la desgracia extrema. Nada hay peor que la extrema desgracia que desde fuera destruye el yo, puesto que luego resulta ya imposible destruírselo uno mismos ¿Qué les ocurre a aquéllos cuyo yo ha sido destruido desde fuera por la desgracia? Sólo cabe imaginar para ellos un anonadamiento en términos de concepción atea o materialista.

Aunque hayan perdido su yo no significa que carezcan de egoísmo. Al contrario. Aunque ciertamente así ocurre en algunas ocasiones, cuando se produce una lealtad canina; en otras, en cambio, el ser queda reducido a egoísmo desnudo, vegetativo. Un egoísmo sin yo.

Dolor redentor. Cuando un ser humano se halla en estado de perfección, cuando ha destruido completamente en sí mismo su yo mediante el auxilio de la gracia y cae en un grado de desgracia igual al que le correspondería a la destrucción de su yo desde el exterior, aparece entonces la plenitud de la cruz. L a desgracia no puede ya destruir en él su yo, porque su yo no existe ya, al haber desaparecido por completo y haber dejado su sitio a Dios. Peor la desgracia produce un efecto equivalente, en el plano de la perfección, al de la destrucción exterior del yo. Produce la ausencia de Dios. “Dos mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 26,46).  ).

Dolor redentor es el dolor por el cual el padecimiento posee la plenitud del ser en la media, siempre, en que puede recibirlo.

Mediante el dolor redentor, Dios se halla presente en el padecimiento extremo. Pues la ausencia de Dios es el modo de presencia divina que corresponde al padecimiento  –la ausencia sentida. Quien no tiene a Dios en sí mismo no puede sentir su ausencia.

Por desgracia, cualquier obra de caridad corre el riesgo de tener como clientes a una mayoría de gente sin escrúpulos, o, sobre todo, de seres a los que se les mató el yo.

Los fariseos eran gente que contaba con su propia fuerza para ser virtuosa.

La humildad consiste en saber que en lo que se denomina “yo” no hay ninguna fuente de energía que permita elevarse.

Nos mendiga perpetuamente esa existencia que nos da. Nos la da para mendigrnosla.

Elevación y rebajamiento. Una mujer se mira el espejo y se arregla no sin vergüenza de reducirse a sí misma, a ese ser infinito que mira todas las cosas, a un pequeño espacio. De igual manera, por mucho que ascienda el yo (el yo social, psicológico, etc.), cuantas veces ocurra, acabará uno degradándose infinitamente, reduciéndose a no ser más que eso. P.82

No se posee más que aquello a lo que se renuncia. Aquello a lo que no se renuncia se nos escapa. En ese sentido, no se puede poseer nada sin pasar por Dios.

Una vez que se ha comprendido que no se es nada, el objetivo de todos los esfuerzos es convertirse en anda. Con ese fin se sufre con conformidad,  con ese fin se actúa,  y con ese fin se reza.

Dios mío, concédeme que me convierta en nada.

Encontrar una dificultad extraordinaria para realizar una acción ordinaria es un favor por el que hay que estar agradecido. No hay que pedir la desaparición de esa dificultad; hay que implorar la gracia de utilizarla.

En general, no desear la desaparición de ninguna de las propias miserias, sino la gracia que las transfigura.

 Convertirse en nada hasta un grado vegetativo; es entonces cuando Dios se convierte en pan.

No hay más que dos instantes de desnudez y de pureza perfectas en la vida humana. El nacimiento y la muerte. A Dios no se le puede adorar bajo su forma humana sin manchar su divinidad si no es como recién nacido o agonizante.

Solamente ocultándose ha podido Dios crear. De otro modo, sólo él existiría.

También la santidad debe, pues, ocultarse, ocultarse en cierta medida incluso a la consciencia. Y debe hacerlo dentro del mundo.

Ser y haber. El hombre carece de ser, sólo tiene haber. El ser del hombre está situado por detrás del telón, por la parte de lo sobrenatural. Lo que puede conocer de sí mismo es únicamente lo que las circunstancias le dejan. El yo está oculto para mí (y para el prójimo); está por la parte de Dios, está en Dios, es Dios. Ser orgulloso es olvidar que se es Dios… El telón es la miseria humana: incluso para Cristo hubo un telón.

Dios me permite existir fuera de él. Soy yo quien ha de rechazar esa autorización.

La humildad es la negativa a existir fuera de Dios. La reina de las virtudes.

El yo no es más que la sombra proyectada por el pecado y el error, los cuales se interponen ante la luz de Dios, y a los que yo todo por un ser.

Aunque pudiéramos ser como Dios, más valdría formar parte del barro que le obedece.

 Aunque sea hacia el bien, no dar ni un paso del margen de aquello a lo que irresistiblemente empuja Dios, ni en la acción, ni en la palabra, ni en el pensamientos. Y estar dispuesto a ir con la fuerza de su empuje adonde sea, hasta el extremo (la cruz…).  Estar dispuesto a lo máximo es rogar por ser empujado, sin saber adónde.

Si mi salvación eterna se hallara en esta mesa bajo la forma de un objeto, y no tuviera más que alargar la mano para cogerla, yo no lo haría sin haber recibido la orden.

Cualquier acto, considerado desde el lado no del objeto, sino del impulso. No adónde va, sino de dónde viene.

“Estaba desnudo y me vestisteis” (Mt 25,36).   Ese don es sencillamente el signo del estado en que se encontraban quienes actuaron así. Se hallaban en un estado tal que no podían dejar de dar de comer a los que tenían hambre, y de vestir a los que estaban desnudos; y no lo hacían en absoluto por Cristo, no podían dejar de hacerlo porque la compasión de Cristo estaba en ellos. Igual que san Nicolas que, cuando junto con san Casiano atravesaba la estepa rusa para su cita con Dios, no pudo dejar de faltar a los misma por ayudar a un mujik a sacar su carromato del barro. El bien operado de ese modo, casi a pesar de uno, casi con vergüenza y remordimiento, es puro. Todo bien absolutamente puro escapa por completo a la voluntad. El bien es trascendente. Dos es el Bien.

No acudir al prójimo por Dios, sino ser empujado por Dios hacia el prójimo como la flecha hacia el blanco por el arquero.

¿Cómo conocer la voluntad de Dios? Si uno logra el silencio dentro de sí, si logra acallar todos sus  deseos, todas sus opiniones, y con amor, con toda su alma y sin palabras, piensa: “Hágase tu voluntad” (Mt 6,10), entonces lo que uno siente inmediatamente sin incertidumbre que debe hacer (aun cuando, en ciertos aspectos, sea una equivocación) es la voluntad de Dios. Pues si se le pide pan, no da sino piedras.

En la oración no hay que tener presente ninguna cosa particular, a menos que su inspiración se haya recibido sobrenaturalmente. Pues Dios es el ser universal. Claro que desciende a lo particular. Ha descendido y desciende en el acto de la creación, igual que en la Encarnación, en la Eucaristía, en la Inspiración, etc. Pero se trata de un movimiento descendente, nunca ascendente, un movimiento de Dios, no nuestro. Nosotros no podemos realizar una conexión como ésa mientras Dios no nos la dicte. Nuestro papel consiste en estar de cara a lo universal.

Nunca puede saberse si Dios ordena algo. La intención orientada hacia la obediencia a Dios salva, hágase lo que se haga, si se coloca infinitamente  a Dios por encima de uno, y condena, hágase lo que se haga, si uno llama  a Dios a su propio corazón. En el primer caso, nunca se piensa que lo que se ha hecho, lo que se hace o lo que vaya a hacerse pueda ser un bien.

Respuesta del grumete bretón al periodista que le preguntaba cómo había podido hacer aquello: “¡Había que hacerlo!”. El más puro heroísmo. Donde más se da es en el pueblo.

La obediencia es el único móvil puro, el único que no encierra en grado alguno la recompensa por la acción y deja la recompensa en manos del Padre que está en lo oculto, y ve en lo oculto.

Uno tiende hacia algo porque cree que es bueno, y queda encadenado a ello porque se convierte en necesario.

Para el avaro, su tesoro es la sombra de un remedo de bien. Es doblemente irreal. Porque un medio (el dinero), en cuanto tal, es ya cosa distinta de un bien. Pero tomado al margen de su función de medio, constituido en fin, todavía está mas lejos de ser un bien.

Así el desapego perfecto sólo permite ver las cosas desnudas, fuera de la bruma de valores engañosos. Por eso fueron precisas las úlceras y el basural para que Job se le revelara la belleza del mundo. Porque no hay desapego sin dolor. Y no ha dolor que se soporte sin odio y sin metiera si no hay también desapego.

Transposición: creer que uno se eleva porque mientras conserva las mimas bajas inclinaciones (por ejemplo: el deseo de imponerse sobre otro), las ha asignado fines elevados.

Muy al contrario, uno se elevaría atribuyendo a objetos bajos unas inclinaciones elevadas.

En todas las pasiones se dan prodigios. Un tahúr es capaz de estar en vela y de ayunar casi como un santo, tiene corazonadas, etc.

Constituye un gran peligro amar a Dios como el tahúr ama el juego.

Temor de Dios en san Juan de la Cruz. ¿No se da ahí el temor de pensar en Dios mientras se es indigno de él? ¿De ensuciarlo al pensarlo mal? Merced a ese temor, los elementos bajos se alejan de Dios.

De nada vale una ciencia que no nos acerque a Dios.

Pero si nos acerca mal, es decir, si lo hace a un Dios imaginario, entonces es peor…

La cruz de Cristo es la única puerta del conocimiento.

Contemplar cada uno de los pecados que he cometido como un favor de Dios. Un favor es que la imperfección esencial que se encuentra disimulada en el fondo de mí se manifieste parcialmente ante mí un día cualquiera, a una hora circunstancia determinada. Yo deseo, suplico que mi imperfección se manifieste ante mí por entero, tanto como sea capaz de aguantar la mirada del pensamiento humano. No para que se cure, sino, aún cuando no haya de curarse, para que yo esté en la verdad.

Todo lo que carece de valor rehuye la luz. Aquí abajo, podemos escondernos bajo la carne. En la muerte, ya no se puede. Quedamos desnudos expuestos a la luz. Eso es, según los casos, infierno, purgatorio o paraíso.

Lo que para la parte carnal del alma resulta mortal es ver a Dios cara a cara.

Esa es la razón de que huyamos del vacío interior, puesto que Dios podría meterse en él.

No son la búsqueda de placer y la aversión al esfuerzo las que producen el pecado, sino el miedo a Dios. Sabemos que no podemos verlo cara a cara sin que muramos, y no queremos morir. Sabemos que el pecado nos preserva eficacísimamente de tener que verlo cara a cara.

De todos los seres humanos, sólo reconocemos la existencia de aquéllos a los que amamos.

La creencia en la existencia de otros seres humanos como tales es amor.

No se tiene la experiencia del bien si no es realizándolo.

No se tinte la experiencia del mal si no es impidiéndose su realización, o, si ya se ha realizado, arrepintiéndose de ello.

Una vez hecho, al mal ya no se le conoce, porque el mal rehuye la luz.

El pecado que llevamos dentro de nosotros sale de nosotros y se propaga por fuera, extendiendo su contagio en forma de pecado. De esa manera, cuando nos irritamos, nuestro entorno se irrita. O aún más, de superior a inferior: la cólera provoca el miedo. Pero en el contacto con un ser perfectamente puro, se produce una transmutación, y el pecado se convierte en sufrimiento. Ésa es la función del justo en Isaías (52,13-15 y 53), la función el cordero de Dios. Ése es el sufrimiento redentor. Todo la violencia criminal del Imperio Romano topó con Cristo, y dentro de él se convirtió en puro sufrimiento. Los seres malvados, en cambio, transforman un simple sufrimiento (como la enfermedad, por ejemplo) en pecado.

A lo mejor resulta que el dolor redentor tiene que ser de origen social. Tiene que ser injusticia, violencia ejercida por seres humanos.

El falso Dios vuelve el sufrimiento violencia. El verdadero Dios vuelve la violencia sufrimiento.

El sufrimiento expiatorio es el golpe de rebote del mal que se ha hecho. Y el sufrimiento redentor es la sombra del bien puro que se desea.

Aceptar el mal que se nos hace como remedio al mal que nosotros hemos hecho.

El verdadero remedio no es el sufrimiento que uno se impone a sí mismos, sino el que se sufre de fuera. Aunque sea injusto. Cuando se ha pecado por injusticia, no basta sufrir justamente, hay que sufrir la injusticia.

La pureza es, como pureza, absolutamente invulnerable, en el sentido de que no existe violencia alguna que la vuelva menos pura. Pero es eminentemente vulnerable en el sentido de que cualquier embate del mal la hace sufrir, y cualquier pecado que la afecta se vuelve en ella sufrimiento.

Si me causan un mal, he de desear por amor a quien me lo inflige que ese mal no me degrade, con el fin de que a la postre no cause mal.

Los santos (los medios santos) están más expuestos al diablo que los demás, porque el conocimiento real que tienen de su miseria les hace casi intolerable la luz.

El pecado contra el Espíritu consiste en conocer algo como bueno y odiarlo en cuanto bueno. Sentimos su equivalente en forma de resistencia cada vez que nos orientamos hacia el bien. Porque todo contacto con el bien da lugar a un conocimiento de la distancia entre el mal y el bien y al inicio de un penoso esfuerzo de asimilación. Se trata de un dolor, y tenemos miedo. Ese miedo es tal vez el indicio de la realidad del contacto. El consiguiente pecado no puede producirse más que cuando la falta e esperanza hace que la conciencia de la distancia resulte intolerable, y cambie el dolor por odio. La esperanza es un remedio para ello. Pero un remedio mejor es la indiferencia de uno mismo, y el sentirse satisfecho de que el bien sea el bien, por mas que esté lejos, o incluso en el supuesto de que estemos destinados a alejarnos infinitamente el mismo.

Bien y mal. Realidad. Es bien aquello que da más realidad a los seres y a las cosas, y mal, aquello  que se la quita.

Los romanos causaron el mal cuando expoliaron a las ciudades griegas de sus estatuas, porque las ciudades, los templos, la vida de aquellos griegos tenían menos realidad sin las estatuas, y porque era imposible que las estatuas tuvieran tanta realidad en Roma como en Grecia.

 El pecado y el prestigio de la fuerza. Como el alma entera no ha podido conocer y aceptar la miseria humana, creemos que existen diferencias entre los seres humanos, y faltamos de se modo a la justicia, bien estableciendo una diferencia entre nosotros y el prójimo, bien haciendo acepción de personas entre los demás.

Y todo porque ignoramos que la miseria humana constituye una cantidad constante e irreductible en cada hombre, la mayor posible, y que la grandeza procede de un único Dios, de tal manera que existe una identidad entre un hombre y otro.

No tratar de no sufrir ni de sufrir menos, sino de no alterarse por el sufrimiento.

La extrema grandeza del cristianismo procede del hecho de que no busca un remedio sobrenatural contra el sufrimiento, sino un uso sobrenatural del sufrimiento.

   

 

 


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