Sed compasivos

         «Sed ‑dice el Señor‑ misericordiosos, como nuestro Padre» (Lc 6,36).

         “Eres misericordioso, cuanto más lo seas, más bueno serás y por mejor serás tenido” (San Juan Crisóstomo)[1].

         «Aprenderán los siglos que no hay oposición invencible a la piedad» (F. Quevedo)[2].               

  

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            Fray Junípero sentía tanta piedad y compasión de los pobres, que cuando veía a alguno que fuese mal vestido o casi desnudo, súbitamente se quitaba los hábitos y se los daba; ora la túnica, ora la capa, ora la capucha, de modo que el guardián tuvo que mandarle, por la virtud de la santa obediencia, que no diese los hábitos enteramente.

           Sucedió por casualidad que, pasados algunos días, hallóse con un pobre casi desnudo, el cual le pidió limosna por amor de Dios. Fray Junípero, movido a compasión, le dijo:

          —Nada tengo que darte si no es mi túnica, y mi prelado, por la obediencia, me ha mandado que no la pueda entregar a nadie. Pero si tu me la quitas de encima, yo no te pondré obstáculo.

           No lo dijo a ningún sordo. El pobre le quitó la túnica al revés, dejando desnudo a fray Junípero.

           Y llegado fray Junípero al lugar, le preguntaron dónde estaba la túnica y contestó:

            —Una buena persona me la quitó de encima y se la llevó.

           Creció en él de tal modo la virtud de la piedad, que no sólo daba su túnica, sino también los libros, los ornamentos, el manto, o lo que tenía a mano a los pobrecitos. Y por esta razón los frailes no dejaban nada a la vista, porque fray Junípero todo lo daba por amor de Dios, y a su loor.[3] 

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          En la compasión «se patentiza hasta qué punto una persona es capaz de proyectarse sentimentalmente en la situación de otra»[4].

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          El conocimiento, el reconocimiento, la consideración, el pensar en y desde el otro, etc., otorga un sentimiento estimativo. Si él está padeciendo, tú, si estás en esa verdad sentiente, padecerás-con, te com-padecerás. Se siente compasivo quien ha descubierto, la grandeza de una presencia sacrificada. Y ello produce conmoción.  Aunque el «objeto» posea en sí ese valor profundo, si quien  tú, yocarece de la sensibilidad necesaria para captar la dignidad de esa realidad personal, no habrá estima, apreciación, consideración, y consiguientemente impacto emotivo.

         La compasión no es una cuestión intelectual, aritmética, no mide, no calcula… es un impulso del corazón conmovido.

         Conseguir responder espontáneamente, naturalmente, a las penas y a las desgracias de los demás, contagiándose con ellas; es la meta donde comienza el camino: la simple santidad.

       La compasión es uno de los sentimientos más profundos del hombre. Se halla inscrita en la naturaleza humana, porque Dios ha puesto en ella su impronta, su ser misericordioso:

          «Por ley de la naturaleza misma, sentimos cierta inclinación a la compasión y misericordia. De ahí que nos irritemos ante una injusticia, y al ver ejecutar a un criminal nos conmovemos, y lloramos a la vista de los que lloran”[5].

           Walter Savage Landor decía: «La compasión mantiene abierta la herida». El corazón abierto, que no puede dejar de conmoverse… Es el sentimiento de compasión el que mueve el corazón de Dios para liberar al hombre de su miseria.

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         La compasión, para que no resulte paternalista ni tenga connotaciones lastimeras ni we contamines de soberbia, ha de ir unida a la humildad:        

         “Estas dos virtudes de tal manera deben estar unidas entre sí que se ayudan y sustentan mutuamente, de suerte que la humildad que nos inspira respeto al prójimo no abandone nunca la misericordia y la piedad no se enorgullezca cuando socorre al prójimo. Así, pues, en relación a las necesidades del prójimo, la piedad sirve de apoyo a la humildad y la humildad a la piedad, a fin de que cuando vieres que carece de las cosas necesarias el que tiene tu misma naturaleza, ni por impiedad dejes de ayudarle, ni por soberbia dejes de tener respeto y consideración a quien socorres”[6].

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         «¿Qué excusa puede haber para el que no da limosna, qué disculpa para el que no hace o obras de misericordia?»[7].

         Los corazones misericordiosos encuentran cualquier medio para ser generoso; del mismo modo que los corazones embrutecidos encuentran «justificaciones» para no serlo. Razones y excusas siempre se encontrarán para ayudar o no a los demás, para hacer el bien o para dejar de hacerlo. De modo que lo que hagan o dejen de hacer, eso les define; es decir, es su humanidad, lograda o malograda.

…..

         Que seamos compasivos, como es él –«Dios clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad» (Ex 34,6)-, es voluntad suya; a cuya imagen hemos sido creados, y a cuya semejanza hemos de tender lo más posible, con la ayuda de su gracia.

         «Sed compasivos, fraternales, misericordioso, humildes, no devolváis mal por mal ni injuria por injuria, sino todo lo contrario: bendecid siempre, pues para esto habéis sido llamados, para ser herederos de la bendición.»  (1 Pe 8-9).

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[1] JC, n.528.

[2] Panegírico a la majestad del rey nuestro señor don Felipe IV, en Obras Completas”, Ed. Aguilar, Madrid 1932, p.580.

[3] ANONIMO, Florecillas de san Francisco de Asís, parte 3ª, cap. 4, Salvat 1969, p.156.

[4] ADLER, A., Conocimiento del hombre, Austral, Madrid 1957, p.219.

[5] JC, n.810.

[6] GM, n.1869.

[7] CA, n.608.

 

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