Hay cosas que se comentan solas; pero que no calan en las conciencia hasta que uno se detiene aunque sea brevemente a pensar en ellas.
La manta de la seguridad y la libertad:
El equilibrio de la seguridad y la libertad es sumamente importante, costoso y lleno de grandeza. En estos días de pandemia, de estado de alarma, que obliga a tomar medidas preventivas y restrictivas, son de carácter puntual, limitadas, acotadas al momento; sin embargo, es peligroso lo tentativo de sacar partido de una situación así. El poder político siempre tiende a acaparar más y más poder -ya lo dijo Hobbes-, de modo que es fácil de que restrinja la libertad de los gobernados a cambio de adquirir mayor poder.
No tememos que nunca retornará a punto de libertad en que estaba cuando esto empezó. El gusto por mandar sobre la gente, someterla, hacerla hacer lo que se quiere, etc., no es fácil de desprenderse, y máxime teniendo los medios tecnológicos para cumplimentarlo. Hace falta mucha grandeza; de la que hoy se carece. Y siempre, incluso se podrá recurrir a la dicotomía de seguridad o libertad, que para tener una hay que hacer renuncias en la otra. Es como la manta: si nos arropamos demasiado la cabeza, dejamos los pies al aire, y viceversa.
Un peligroso precedente contra la libertad religiosa:
La intromisión del poder político en lo tocante al culto (especialmente el católico) se diría que ha sido desmedido. A la luz de ciertos hechos como: las normas establecidas que en algunos casos han llegado demasiado lejos, hasta dictar la brevedad de la duración de la ceremonia; el trato dispensado a otros cultos, como el islámico; la irrupción de la policía en las celebraciones, que respetaban la legislación de estado de alarma, pero, en fin, se actuaba para intimidar, demostrar quién manda, o algo así, pero en todo caso, abusando y humillando a la Iglesia. En fin, una intromisión del poder político ha sobrepasado los límites de lo razonable, dando la razón a lo que ha manifestado el obispo Schneider: “Los gobiernos usan la pandemia para perseguir a la Iglesia”
La inmoral discriminación de las personas de edad:
Los hospitales han dado prioridad a los pacientes más jóvenes. El abandono a que se ha sometido por a nuestros abuelos o personas de más de 70 años, en pro de los más jóvenes, ha sido vergonzoso y moralmente reprochable. A nadie parece chocarle esa arbitrariedad e injusticia; es tremendo que se vea con tan pasmosa naturalidad.
Pero no solo ha sido en el trato hospitalario, sino también en residencias, donde abandonados a su suerte, han muerto a porrillo; sin medicación ni atención, a los que tan solo se les suministraba morfina…, como una especie de eutanasia pseudoconsentida.
Algunos obispos europeos han levantado la voz, afirmando que «las personas mayores tienen los mismos derechos a la vida y a la salud que todos los demás». La Comisión de Conferencias Episcopales de Europa (COMECE) ha denunciado la situación de la población de más edad en el continente ante la pandemia por coronavirus Covid-19. Muchos ancianos han muerto al no recibir la atención médica requerida, ya que ante la falta de recursos, dicha atención ha sido destinada a personas de menos edad.
La fraternidad y solidaridad en la adversidad:
Son muchos, más de los que se ven o hacen notar, que están llevando a cabo esa labor excelsa, generosa, heroica, santa. Es un momento extremo para practicar la solidaridad y el amor fraterno que no volverá con tal urgencia, por su crudeza, riesgo y número.
Son infinidad los miles y miles de personas, millones, que están viviendo estos momentos de manera dramática. No son solo los que aparecen en las largas colas de los comedores sociales o bancos de alimentos; son los que se han quedado, de repente, sin trabajo, colgados de deudas, en situación comprometidísima, etc.
Y junto, por detrás de esas personas que están en primera línea, se encuentran -muchos- los que aportan dinero, alimentos, etc., rezan, respaldan, animan… a paliar tanto sufrimiento de hermanos nuestros; inspirados y movidos por la responsabilidad que surge de la fe (“¿Dónde está tu hermano?” (Gn 4,9). “¿Y quién es mi prójimo?” (Lc 10, 29ss)). E incluso, aquellos que se dicen agnósticos y colaboran, han forjado su personalidad en una sociedad edificada sobre valores cristianos.
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