Preferir a todo la vida consagrada

Porteria de convento, y Felipe III, rey de España

 

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             La Historia nos cuenta que:                                            

          Poco antes de morir D. Juan II, decía al bachiller de Ciudad Real, que le asistía:

           —Bachiller, naciera yo hijo de un artesano y fuera fraile en un convento y no rey de Castilla…

           Y

           Felipe III, en su angustiosa agonía, exclamaba repetidamente:

           —¡Oh, quién hubiera sido portero de un convento en vez de ser rey!

          

           Reflexionando a la luz de esto alguien se preguntaba:

           —¿Por qué será que a la hora de la muerte los reyes desean ser frailes y ningún fraile sabemos que haya deseado ser rey?

  

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Estas son algunas palabras del papa Francisco[1] dedicada a la vida sencilla, callada y de oración de las personas de vida consagrada, reflexionando sobre la visión del Señor por Simeón a la entrada del Templo:

«Mis ojos han visto a tu Salvador» (Lc 2,30). Simeón podía irse en paz: había visto la gracia que vale más que la vida (cf. Sal 63,4), y no esperaba nada más.

También vosotros, queridos hermanos y hermanas consagrados, sois hombres y mujeres sencillos que habéis visto el tesoro que vale más que todas las riquezas del mundo. Por eso habéis dejado cosas preciosas, como los bienes, como formar una familia. ¿Por qué lo habéis hecho? Porque os habéis enamorado de Jesús, habéis visto todo en Él y, cautivados por su mirada, habéis dejado lo demás. La vida consagrada es esta visión. Es ver lo que es importante en la vida. Es acoger el don del Señor con los brazos abiertos, como hizo Simeón. Eso es lo que ven los ojos de los consagrados: la gracia de Dios que se derrama en sus manos. El consagrado es aquel que cada día se mira y dice: “Todo es don, todo es gracia”. Queridos hermanos y hermanas: No hemos merecido la vida religiosa, es un don de amor que hemos recibido.

La mirada mundana. Es la mirada que no ve más la gracia de Dios como protagonista de la vida y va en busca de cualquier sucedáneo: un poco de éxito, un consuelo afectivo, hacer finalmente lo que quiero.

Para tener la mirada justa sobre la vida, pidamos saber ver la gracia que Dios nos da a nosotros, como Simeón. El Evangelio repite tres veces que él tenía familiaridad con el Espíritu Santo, que estaba con él, lo inspiraba, lo movía (cf. vv. 25-27). Tenía familiaridad con el Espíritu Santo, con el amor de Dios. La vida consagrada, si se conserva en el amor del Señor, ve la belleza.

Mis ojos han visto a tu Salvador. Simeón ve a Jesús pequeño, humilde, que ha venido para servir y no para ser servido, y se define a sí mismo como siervo. Dice, en efecto: «Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz» (v. 29). Quien tiene la mirada en Jesús aprende a vivir para servir.

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[1] Homilía del Papa en la misa por los consagrados, El sábado, 1 de febrero de 2020, en la víspera de la fiesta de la Presentación del Señor y de la XXIV jornada de la vida consagrada.

 

 


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