Liberalismo y socialismo

El socialismo no refuta los principios liberales, sino que los hace propios y los desarrolla.

Una de las afirmaciones que más enervan a la gente enzarzada en los debates inanes de la demogresca (por eso yo disfruto como un enano repitiéndola) es que el liberalismo y el socialismo, con las infinitas escuelas o chiringuitos epigonales nacidos a su rebufo, comparten un mismo «núcleo místico». Y que lo mismo ocurre con las respectivas doctrinas económicas que prohijaron, capitalismo y comunismo.

La izquierda abraza y considera propios los principios del liberalismo, que a la postre -como nos enseña Castellani– son fundamentalmente idolatrías: idolatría del progreso, encargado de instaurar un nuevo paraíso terrenal; idolatría de la ciencia, con la cual el hombre quiere hacer otra torre de Babel que llegue hasta el cielo; idolatría de la carne, para convertir a los hombres (¡y mujeres, oiga!) en chiquilines sin prole, engolosinados con una sexualidad plurimorfa…. Idolatrías todas, en fin, que se resumen en una obsesión monomaníaca por la libertad, que -remata Castellani- «vino a servir maravillosamente a las fuerzas económicas y al poder del Dinero, que también andaban con la obsesión de que los dejasen en paz. Y los dejaron en paz: triunfaron sobre el alma y la sangre la técnica y la mercadería; y se inauguró en todo el mundo una época en que nunca se ha hablado tanto de libertad y nunca el hombre ha sido en realidad menos libre».

Marx dejó escrito que el comunismo procede del capitalismo y se desarrolla históricamente con él; y es que, en efecto, el comunismo -que es un epifenómeno reactivo a la libertad enloquecida del Dinero- es, como el propio liberalismo, hijo del racionalismo del siglo XVIII, que produjo el contrato social y el laissez faire. Capitalismo y comunismo, como nos enseña Chesterton, poseen una misma alma, que es el despojo de la propiedad; y sólo se distinguen en la identidad del ladrón, que en un caso es la plutocracia acaparadora y en otro el Estado Leviatán.

El liberalismo, con su «principio emancipador brutal», genera un espejismo euforizante de libertad política que termina siendo inestable, porque choca con la falta de libertad económica del capitalismo (que concentra la propiedad de los medios de producción en unas pocas manos, convirtiendo a la mayoría de la población en asalariados sin libertad económica). ¿Cómo salvar esta contradicción que, a la larga, haría inviable el capitalismo?

Para salvar su propia inestabilidad, el capitalismo podría recurrir a una solución drástica, la tradicional o distributista, consistente en poner la propiedad de los medios de producción en manos de una mayoría social; o bien a una solución «mitigada» (que es la que le conviene para sus mangoneos), consistente en que el Estado sea vigilante de los estragos del capitalismo. Así se alcanza esa simbiosis entre capitalismo y comunismo que Belloc denominaba «Estado servil» y que los modernos llaman «socialdemocracia» (si tiran hacia el negociado de izquierdas) o «social-liberalismo» (si tiran hacia el negociado de derechas). Y es que, a la postre, como señala Belloc, «el experimento colectivista se adapta completamente a la sociedad capitalista a la que se propone destituir. Trabaja con la maquinaria que le proporciona el capitalismo, habla y piensa con los mismos términos del capitalismo, invoca exactamente los apetitos despertados por el capitalismo y ridiculiza, calificándolas de fantásticas e inauditas, aquellas cosas de la sociedad cuya memoria mató el capitalismo en el alma de los hombres, allá donde llegó su flagelo».

El capitalismo, para corregir su equilibrio inestable, necesita que el comunismo asegure a las masas despojadas de los medios de producción «la satisfacción de unas necesidades vitales y un nivel mínimo de bienestar». Pero esta amalgama, para ser plenamente efectiva, necesita fomentar la «anarquía moral». Pues -prosigue Belloc- «siempre resulta ventajoso para el rico negar los conceptos del bien y del mal, objetar las conclusiones de la filosofía popular y debilitar el fuerte poder de la comunidad. Siempre está en la naturaleza de la gran riqueza (…) obtener una dominación cada vez mayor sobre el cuerpo de los hombres. Y una de las mejores tácticas para ellos es atacar las restricciones sociales establecidas». De ahí que en los Estados serviles (amalgama de capitalismo y comunismo) sean tan importantes los «derechos de bragueta», igualmente exaltados por liberales y socialistas.

Se sustituyó la solicitud amorosa del bien común, fin primordial de la política tradicional, por la devorante apetencia de derechos individuales que rompieron los vínculos comunitarios entre los hombres, que desde entonces se guiaron por la obtención del placer y de sus pretensiones egoístas. Esta disolución de los vínculos comunitarios dio lugar a una sociedad de individuos engreídos de su autonomía personal, ahítos de libertad, borrachos de derechos, que resultan muy mollares y manejables para las fuerzas del Dinero. Y esos individuos mollares y manejables terminan encumbrando a los políticos socialistas, que son los que más eficazmente reparten los placebos que aseguran la dominación del Dinero: subvenciones y subsidios por un lado; derechos de bragueta por otro. Así los pueblos se convierten en masas cretinizadas que hociquean en la pocilguita. 

A la postre, como explicaba Castellani, el liberalismo consigue que «un grupo de socialistas, bajo la coartada de la adoración del Hombre, gobiernen el mundo con poderes tan extraordinarios como no los soñó Licurgo». El socialismo no refuta los principios liberales, sino que los hace propios y los desarrolla.

por Juan Manuel de Prada

Publicado en ABC.

Fuente y texto completo: https://www.religionenlibertad.com/opinion/834313535/Liberalismo-y-socialismo-y-II.html