Pasteur, ciencia y creencia

  La ciencia hincha, mas la caridad edifica  (1 Cor 8,1b).

         Sí, Dios es tan grande que supera nuestra ciencia (Jb 36,26).

El químico y bacteriólogo francés Luis Pasteur, gran sabio que tanto bien hizo a los hombres, no ocultó nunca su fe ni su devoción a la Virgen. Y es que tenía, como sabio, una gran personalidad y se consideraba consciente y responsable de sus convicciones religiosas.

De él se cuenta esta sabrosa anécdota:

   *****

      Un joven universitario se sentó en el tren frente a un señor de edad, que devótamente pasaba las cuentas del rosario. El muchacho, con la arrogancia de los pocos años y la pedantería de la ignorancia, le dice:

       —Parece mentira que todavía cree usted en esas antiguallas…

       —Así es. ¿Tú no? —le respondió el anciano.

     —Yo! —dice el estudiante lanzando una estrepitosa carcajada—. Créame: tire ese rosario por la ventanilla y aprenda lo que dice la ciencia.

     —¿La ciencia? —pregunta el anciano con sorpresa¾. No lo entiendo así. ¿Tal vez tú podrías explicármelo?

     —Deme su dirección —replica el muchacho, haciéndose el importante y en tono protector—. Le mandaré algunos libros que le podrán ilustrar.

      El anciano saca de su cartera una tarjeta de visita y se la alarga al estudiante, que lee asombrado:

      “Louis Pasteur. Instituto de Investigaciones Científicas de París.”

      El pobre estudiante se sonrojó y no sabía dónde meterse. Se había ofrecido a instruir en la ciencia al que, descubriendo la vacuna antirrábica, había prestado, precisamente con su ciencia, uno de los mayores servicios a la humanidad.

   *****

 

Entre la fe y la razón o la ciencia no hay ni tiene que haber incompatibilidad; al contrario, han de colaborar y complementarse para un mayor desarrollo y plenitud humana. Son muchos los científicos que se han que han declarado ser creyentes, o al menos, no negar a  Dios. Algunos de ellos: Einstein, Darwin, Copérnico, Edison, Newton, Marconi, Kepler…

El hombre psíquico no acepta las cosas del Espíritu de Dios; son locura para él y no puede entenderlas, ya que hay que juzgarlas espiritualmente (1 Cor 2,14).

 


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