Necesitamos a Dios

Necesitamos de Dios. Y no ya por la fragilidad de la vida humana, experimentada en momentos de pandemias, o la conocida expresión de desespero de “sólo un Dios nos puede salvar” de Martin Heidegger en 1966, que pronunciara ante lo dantesco del siglo XX, con sus horrorosas de las guerras mundiales consecuencias de un hombre convertido en alimaña, y que “dejado de la mano de Dios”, y el destino amenazador de la potencia tecnología, sería capaz de destruir el mundo entero; sino y principalmente por la responsabilidad del quehacer(se) cotidiano de cada uno de nosotros, en que nos jugamos algo muy importante: nuestro destino definitivo, la condenación o salvación eternas.

Hay tanto en juego que se convierte en verdadero drama el error peligrosísimo de no comprender hasta qué punto necesitamos de Dios. En su soberbia, irresponsabilidad, ignorancia e irreflexión el hombre de hoy prescinde de Dios, como si no necesitara ser salvado…; incapaz de comprender en conciencia los peligros y males que le acechan sobrevenidos por el hecho natural de la existencia, con todos los eventos que se suceden traduciéndose en tragedias, o provocados por la mano del mismo hombre, desecha a Dios de su vida como algo innecesario. El Dios creador, providente y salvador parece no tener lugar en la vida del hombre actual. 

Por mucho que se empeñe, el hombre no puede decir, como si nada: “me basto a mi mismo”. Y ya desde lo más nimio osa alegar —asomando la patita de la soberbia—: “yo para ayudar a un ciego a cruzar la calle no necesito la gracia de Jesucristo o de la ayuda divina”. Pero ya apuntaba el pensador y escritor francés Camus de que tal cosa no era del todo tan simple e incluso era seriamente relevante: “tan sólo conozco un problema para el hombre cómo ser santo sin Dios”. Más contundente resulta el filósofo español Zubiri cuando advertía que suponía “el fracaso radical de una vida y de una persona que han intentado sustantivarse”. Algo así ya lo intento Adán, ¿y en qué acabó?: fuera del paraíso.

Tanto en el plano corto como en el largo, la realidad es otra. 

El voluntarismo, el impuso basado en las propias fuerzas, a base de puños, no resulta suficiente, al menos a la larga y en la intensidad; es decir, dada su prolongada exigencia de integridad en el periodo de la vida y de sus momentos puntuales, importantes y comprometedores, acaba por torcer el pulso a cualquiera. Sólo la gracia de Dios, que da fortaleza y rehabilita, que sana y sostiene, puede mantener a cada uno y a todos y a la creación entera, a salvo de desfallecer y, posiblemente, perderse… irremisiblemente.

Sólo de la fe religiosa, que se abre y expone a la acción de la gracia, a la fuerza de la presencia divina, que sobrepuja los impulsos interiores, de pura honradez, que llevan a la cooperación y al sacrificio, puede llevar a ser bueno de forma permanente y en las circunstancias que sean, aunque contradigan esta verdad o la pongan un precio. Esa acción divina en el alma humana sucede también a nivel puramente físico: Dios cuida también de la creación, del mundo, obra gratuita salida de sus manos, y que providente vela y anima, y en lo que implica a ser humano llamándolo a ser responsable y no ponerlo en riesgo..

Sin Dios nada subsiste. Sin Dios no habría ya mundo ni ser humano. Si Dios no dejara de hacer oído sordos a los desplates y ofensas de los hombres, y en tal desconsideración se alejara un poco de ellos, la especie humana desaparecería de inmediato; el ser humano, dada su precariedad y contingencia, su naturaleza caída, entraría en una deriva de asilvestramiento hasta convertirse en un salvaje feroz, aniquilador de todo, poseído por las fuerzas del mal. 

Ah, y ni que decir tiene, que los que afirmaban y siguen haciéndolo esta especie “de buen salvaje“, de altruismo y nobleza del hombre por sí mismo…, resulta que en la actualidad han venido a ser paradójicamentelos que niegan la naturaleza propia del ser humano, con su ley y orden prescrito, que le guiaría a aquel supuesto buenismo. Pero, aún así, siguen y seguirán cabalgando, como si tal cosa, su fragante contradicción.

En su día afirmaba el existencialista ateo Sartre “aun en el caso de que Dios existiera, seguiría todo igual”. Pero no, si Dios no existiera, nada seguiría igual, pues justamente el mundo dejaría de ser. Como bien dijo san Ireneo de Lyon: “si Dios faltara completa­mente al hombre, el hombre dejaría de existir”. 

Una cosa tenemos clara y nos reafirmamos en ella: El ser humano ha sido creado a “imagen y semejanza de Dios” (Gn 1,27), es decir, según Cristo. Sin El nadie de la tierra llegará a ser verdadera y plenamente lo que está llamado a ser: humanidad salvada, perfecta, eternamente santa…

En conclusión: ante el Dios ausente, desaparecemos. Pero, tranquilos, Dios es “el supremo amante de la vida” (Sab 11,24), y ya tenemos pruebas sobrada de ello: ha dado su vida, por salvar la de todos.

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