Mártires de la guerra civil española (IV)

profanacion de una iglesia en Barcelona

Cuando se echa la mirada a momentos de la historia humana en que se han cometido atropellos de una magnitud extraordinaria, no se atina a comprender cómo se han podido cometer semejantes atrocidades. Solo cabe interpretarlos, dada la dimensión de la maldad, en claves que superan lo estrictamente humano; es decir, producidos por personas -que perdieron tal condición- por estar bajo el dominio invenciblemente de una influencia diabólica. Ante tales extremos de violencia tan atroz, el papa Pio XII, en 1936, habló del “odio de Satanás”.

No encuentro otras explicaciones a tanta ferocidad, que llevó no sólo al asesinato de miles de cristianos (11.000), sino también a la profanación de tantísimas (17.000; casi la mitad de las iglesias del país fueron convertidas en los escombros). Estas fueron las cifras de los asesinados: casi 8000 personas de las  iglesias con 12 obispos, 283 monjas violadas anteriormente, 5255 sacerdotes, 2492 monjes y 249 novicios; más 3.000 seglares fieles practicantes católicos. Todas ellas inocentes, desarmadas y sin juicio alguno.

“Antes y durante la Guerra Civil de 1936, las persecuciones antieclesiales alcanzaron las cimas del genocidio, superando en terror y sangre a las persecuciones de siglos anteriores: martirios de obispos, sacerdotes, religiosos y seglares que fueron asesinados por el simple hecho de ser católicos, por ser hijos de Dios y de la Iglesia Católica, por ser españoles católicos comprometidos con la sociedad civil más necesitada.” (Diego Quiñones Estévez).

Azogue del mal tenía poseídos a toda aquella gente. La inhumanidad se había instalado definitivamente en aquellos corazones. Llegado un momento, el deterioro moral y espiritual puede ser de tal magnitud que incluso los motivos nobles se conviertan sin extrañarnos en acciones perversas e inhumanas. Asía pasó, se convirtieron en animales, y hasta intelectuales o que habían convivido con las víctimas, se volvieron totalmente insensibles y justificaban tales salvajadas; el caso más fragante fue el de Azaña[1], presidente de la república. Un personaje, claro exponente de la soberbia humana y la ingratitud que hoy en muchísimas poblaciones tiene dedicada alguna calle.

¿Por qué de esa animadversión a la Iglesia, a la religión, a los sacerdotes y a los católicos? Se había envenenado la sangra[2] con “odium fidei” y “odium Ecclesiae”. Los milicianos tenían obsesión enfermiza por todo lo religioso, obsesión por los frailes y las monjas, odio a todo lo que oliese a religión; bastaba en ocasiones que alguien señalara “ese es un beato” para ser apresado y asesinado. Las víctimas fueron sencillas monjas de clausura, sacerdotes dedicados a la atención de la gente humilde, al cuidado de niños abandonados; otros eran docentes de de gente sin recursos o estaban comprometidos con la clase obrera. Más que un episodio de la lucha de clases, pues el origen de la mayoría de los sacerdotes asesinados era de extracción humilde y carecían de adscripción política, se trató realmente de una persecución religiosa. Se incitaba en estos términos: “Hay que extirpar a esa gente. La Iglesia ha de ser arrancada de cuajo de nuestro suelo… Tratándose de sacerdotes ni piedad ni prisioneros: matarlos a todos sin remisión… y los que tenéis como mejores y más santos, los primeros.”[3] La clave del odio a la Iglesia que prendió en una gran masa de la población fue inducida por la maldad de cabecillas políticos y por una larga y brutal propaganda de algunos medios de comunicación que nos hizo creer que el clero era el culpable de los males inveterados de España. Así acontenció lo que advertiera Jünger: “si los lobos contagian a la masa, un mal día el rebaño se convierte en horda”. Habíamos sido “achuchados” por un anticlericalismo y un anticatolicismo mucho tiempo fomentado y que se había instalado como un torvo rencor en el imaginario social en el que la Iglesia se convirtió en objeto de las iras de la ignorancia popular manipulada, cuyo origen principal estaba una Organización secreta que se valía de las fuerzas políticas para propalar esa animadversión, con todo tipo de infundios… Un bulo de larga tradición, iniciada en la primera mitad del siglo XIX con el bulo de que los frailes envenenaban las fuentes públicas; otro, que las iglesias y conventos servían de polvorines o de fortalezas desde las que curas y frailes, etcétera[4]. Y claro, luego asaltában los monasterios y templos buscando ansiosamente las armas ocultas; pero nunca las encontrábamos, porque nunca las había habido; y en cambio, ellos sí que usuaron sus sedes sindicales y de los partidos políticos para eso mismo. ¡Con qué cegada convicción -fanatismo homicida- disparaban destruyendo el absoluto de una vida, creyendo que conseguían el absoluto de bien, que esperábamos pronto alcanzar! Ebrios de triunfo, los milicianos iban de un lado a otro, matando, apresando gente, hasta abarrotar las cárceles y las checas. Gangsterismo puro. ¿Qué crimen cometieron? Ninguna de estas víctimas empuñó un arma ni mató a nadie; en cambio, los milicianos exgterminaron a miles.

¡Fue verdaderamente algo satánico! La guerra, la revolución y la miseria del mundo entero se abatieron como una especie de diluvio del mal. La guerra abrió las esclusas de la madad y lo inundó todo. Las responsabilidades alcanzaron dimensiones insospechadas. Una muestra clara de fanatismo es cuando se trata de justificar el horror, cuando se pretender salvaguarda el mal -y de la manera más vil-: ante los crímenes como estos, por persecuciones regiosas, se ha tratado incluso de echar la culpa a las victimas, además de matarla físicamente también moral y humanamente. La estrategia ha sido mezquina: se ha pretendido lavar la mala conciencia del verdugo, atribuyendo al adversario las propias culpas. Es satánico lo que impide a una sociedad verse a sí misma, la que hace que los hombres se alíen contra el más débil y justifiquen su crueldad y su violencia, diciendo: la víctima merece el castigo que se le inflige, o con el silencio cómplice de los que se lavan las manos, con la excusa de que no saben, pero que se encogen de hombros a la vez que dicen “algo habrían hecho”.

Se pretendió someter sus conciencias y hacerles blasfemar de Dios y negar a Jesucristo. Muchos podrían haber salvado la vida abjurando de su fe. Pero la fe cristiana de España mostró el arraigo y la vitalidad que poseía: con una entereza extraordinaria, sin temblar ni dudar, nadie apostató. Es más, las últimas palabras de muchas estas víctimas, dirigidas a quienes les estaban arrebatando la vida, eran de misericordia y al perdón, a imitación del ejemplo dado por Cristo en la cruz. Hemingway tenía razón: la guerra lo afila todo, el amor, la lealtad, el heroísmo… y el odio, la envidia, las traiciones, las venganzas, el egoísmo. Lo mejor y lo peor.

ACTUALIDAD CATÓLICA

 

 

[1] Entre otras muchas cosas propició una Constitución no laica, sino anticatólica, hostil a los sentimientos y creencias de la mayoría, que vulneraba las libertades de conciencia, expresión, y asociación, y reducía a los religiosos a ciudadanos de segunda. Cuando Azaña, apenas llegada la república, amparó desde el gobierno la oleada de incendios de iglesias, conventos,  bibliotecas, obras de arte y centros de enseñanza por el único delito de ser católicos.

[2] El socialista Julián Besteiro denunciaba precisamente esto: “Estáis envenenando la conciencia de los trabajadores con una propaganda falsa, que solo puede llevar a un baño de sangre y luego a luchas entre las propias izquierdas.”

[3] El diario socialista-anarquista, Solidaridad Obrera, el 15 de agosto de 1936. Y Mundo Obrero (Órgano Central del Partido Comunista), el 10 de agosto de 1936, en portada: “LA CONSIGNA ES: EXTERMINIO”.

[4] Basta repasar la prensa de entonces para encontrar noticias sobre supuestas requisas de cantidades de dinero millonarias en los conventos, bulos como el de los caramelos envenenados que repartían las religiosas a los niños, o acusaciones como la del sacerdote que había querido envenenar con tabaco a los soldados, o la de la comunidad entera que quería arrojar sobre la población civil una piedra enorme desde el campanario, o que los monjes raptaban y mataban a los niños, y las monjas se entregaban a las perversiones sexuales.