Los pequeñuelos

Hoy  4 de octubre celebramos  al poverello de Asís, san Francisco,  como el 1 celebrabamos a santa Teresita de Lixieux, Dos pequeñuelos de Dios. El Evangelio (Lc 10,17-24) de la liturgia de hoy hace referencia  a estas personitas humildes, sencillas, y lo que Dios puede hacer con aquellos que  se ponen a su disposición.

Lectura del santo evangelio según san Lucas (10,17-24):

En aquel tiempo, los setenta y dos volvieron muy contentos y dijeron a Jesús: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre
Él les contestó: «Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo
En aquel momento, lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar.»
Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron.»

 Santa Benedicta de la Cruz, filósofa judía, Edith Stein, que, antes de su conversión, fue tocada por un hecho pequeño de una persona sencilla: «Nos detuvimos en la catedral durante unos minutos; y, mientras mirábamos a nuestro alrededor en respetuoso silencio, una mujer que llevaba una cesta de mercado entró y se arrodilló en uno de los bancos para rezar brevemente. Esto era algo totalmente nuevo para mí: Había alguien que interrumpía sus compras cotidianas para entrar en esta iglesia, aunque no hubiera ninguna otra persona en ella, como si estuviera aquí para mantener una conversación íntima. Nunca podré olvidarlo».

Esa mujer «corriente» con un hecho cotidiano, pequeño -y sin pretenderlo-, conmovió a una intelectual. Una pequeña cosa tambaleó los esquemas de una persona culturalmente grande. Al Espíritu Santo con tan solo «un pequeño punto de apoyo», como el testimonio sencillo de una humilde feligresa, le bastó para mover de sitio la inmensa roca de quien se cree saberlo todo… y no necesitar de Dios. Por un momento Edith Stein percibió por gracia divina, lo que ha sido participado con las personas humildes y sencillas que viven santamente, y que no está al alcance de los expertos y entendidos, de los que van de sobrados por la vida, de los que saben todo pero no del saber que salva, de los soberbios, de los que se basta a sí mismos… Edith Stein entendió esto: «has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla«

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Palabras del papa Francisco hablando de los pequeños

(Ángelus, 3 octubre 2021)

Quien busca a Dios lo encuentra allí, en los pequeños, en los necesitados, necesitados no solo de bienes, sino también de cuidados y de consuelo, como los enfermos, los humillados, los prisioneros, los inmigrantes, los presos. Allí está Él, en los pequeños. He aquí por qué Jesús se indigna: cada afrenta hecha a un pequeño, a un pobre, a un niño, a un indefenso, se le hace a Él.

Hoy el Señor retoma esta enseñanza y la completa. De hecho, añade: «El que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él» (Mc 10,15). Esta es la novedad: el discípulo no solo debe servir a los pequeños, sino que también ha de reconocerse pequeño él mismo. Y cada uno de nosotros, ¿se reconoce pequeño ante Dios? Pensémoslo, nos ayudará. Saberse pequeños, saberse necesitados de salvación, es indispensable para acoger al Señor. Es el primer paso para abrirnos a Él. Sin embargo, a menudo nos olvidamos de esto. En la prosperidad, en el bienestar, vivimos la ilusión de ser autosuficientes, de bastarnos a nosotros mismos, de no tener necesidad de Dios. Hermanos y hermanas, esto es un engaño, porque cada uno de nosotros es un ser necesitado, pequeño. Debemos buscar nuestra propia pequeñez y reconocerla. Y allí encontraremos a Jesús.

En la vida, reconocerse pequeño es un punto de partida para llegar a ser grande. Si lo pensamos bien, crecemos no tanto gracias a los éxitos y a las cosas que tenemos, sino, sobre todo, en los momentos de lucha y de fragilidad. Ahí, en la necesidad, maduramos; ahí abrimos el corazón a Dios, a los demás, al sentido de la vida. Abrimos los ojos a los demás. Cuando somos pequeños abrimos los ojos al verdadero sentido de la vida. Cuando nos sintamos pequeños ante un problema, pequeños ante una cruz, una enfermedad, cuando experimentemos fatiga y soledad, no nos desanimemos. Está cayendo la máscara de la superficialidad y está resurgiendo nuestra radical fragilidad: es nuestra base común, nuestro tesoro, porque con Dios las fragilidades no son obstáculos, sino oportunidades. Una bella oración sería esta: “Señor, mira mis fragilidades…”; y enumerarlas ante Él. Esta es una buena actitud ante Dios.

De hecho, precisamente en la fragilidad descubrimos cuánto nos cuida Dios. El Evangelio de hoy dice que Jesús es muy tierno con los pequeños: «Los abrazó y los bendijo, imponiéndoles las manos» (v. 16). Las contrariedades, las situaciones que revelan nuestra fragilidad son ocasiones privilegiadas para experimentar su amor. Lo sabe bien quien reza con perseverancia: en los momentos oscuros o de soledad, la ternura de Dios hacia nosotros se hace —por así decir— aún más presente. Cuando somos pequeños, sentimos más la ternura de Dios. Esta ternura nos da paz, esta ternura nos hace crecer, porque Dios se nos acerca a su manera, que es cercanía, compasión y ternura. Y cuando nos sentimos poca cosa —es decir, pequeños— por cualquier motivo, el Señor se nos acerca más, lo sentimos más cercano. Nos da paz, nos hace crecer. En la oración, el Señor nos abraza como un papá a su niño. Así nos hacemos grandes: no con la ilusoria pretensión de nuestra autosuficiencia —esto no hace grande a nadie—, sino con la fortaleza de depositar en el Padre toda esperanza. Justo como hacen los pequeños, hacen así.

Pidamos hoy a la Virgen María una gracia grande, la de la pequeñez: ser niños que se fían del Padre, seguros de que Él nunca deja de cuidarnos.

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Catena Aurea

 

San Cirilo

Antes se ha dicho que el Señor envió a sus discípulos revestidos con la gracia del Espíritu Santo y que, constituidos ministros de la predicación, recibieron poder para dominar los espíritus inmundos. Ahora, cuando vuelven, confiesan el poder del que los ha honrado. Por lo que dice: «Volvieron los setenta y dos con gozo, diciendo: Señor, hasta los demonios se nos sujetan en tu nombre». ¡Parece que se alegraban más porque habían hecho milagros, que por haber sido destinados a la predicación! Mejor se hubieran alegrado en aquellos que hubieran convertido, como decía San Pablo a los llamados por él ( Flp 4,1): «Vosotros sois mi gozo y mi corona».
 

San Gregorio, Moralium 24, 7 super Job 32, 8

El Señor reprendió admirablemente el orgullo en el corazón de sus discípulos, recordándoles la perdición del maestro de la soberbia, para que en el autor de la soberbia aprendiesen lo que debían temer de ese vicio. De donde sigue: «Veía a Satanás que caía del cielo como un relámpago».
 

San Basilio in homen. quod Deus non sit auctor mali

Se llama satanás porque es enemigo de todo lo bueno (esto significa en hebreo), y se llama diablo porque coopera con nosotros al mal y después es nuestro acusador 1. Su naturaleza es incorpórea y habita en el aire.
 

Beda

No dice, pues: veo ahora; sino veía antes, cuando cayó. En cuanto dice: Como un relámpago, o significa la caída del cielo a los abismos, o bien que, después de su caída, se transforma todavía en ángel de luz.
 

Tito Bostrense

Dice que lo vio El, como juez que conoce los movimientos de los seres incorpóreos. Dice también como un relámpago, porque por naturaleza era refulgente como el relámpago, pero se hizo tenebroso como el pecado, porque lo que Dios hizo bueno, él lo alteró en malo.
 

San Basilio, adversus Eunomium, lib. 3

Las virtudes de los cielos no son santas por naturaleza, sino que, según la analogía del amor divino, reciben la medida de santificación. Y así como el hierro, puesto al fuego, no deja de ser hierro, pero por la vehemencia del fuego, tanto por el efecto como por el aspecto, se transforma en él; así las virtudes celestes tienen injerta la santificación por participación de aquel que es santo por naturaleza. Satanás no hubiera caído si por naturaleza hubiese sido incapaz de lo malo.
 

San Cirilo

O de otro modo: Veía a Satanás que caía del cielo como un relámpago; esto es, desde la virtud más perfecta, hasta la debilidad más extrema. Porque antes de la venida del Salvador había sometido todo el mundo a su dominio, era adorado por todos. Pero desde que el Divino Verbo bajó del cielo, cayó como un relámpago, porque es pisoteado por los que adoran a Cristo. Por lo que sigue: «Veis que os he dado poder para pisar sobre serpientes», etc.
 

Tito Bostrense

Alguna vez serpientes figurativas mordían a los judíos en el desierto y los mataban, porque eran infieles ( Núm 21); mas he aquí que vino la serpiente de metal crucificada a matar a aquellas serpientes, para que, si alguno la mira con fe, se libre de las mordeduras y se salve.
 

Crisóstomo

Después, para que no creyésemos que esto se decía de las bestias, añadió: «Y sobre todo el poder del enemigo».
 

Beda

Esto es, de expulsar de los cuerpos de los poseídos todo género de espíritus inmundos. Y en cuanto a ellos, añade: «Y nada os dañará». Aunque también se puede tomar a la letra, porque San Pablo, acometido por una víbora, no sufrió daño alguno ( Hch 28), y San Juan no se perjudicó (en su vida) con el veneno que tomó. Hay además, según creo, esta diferencia entre las serpientes que dañan con la boca y los escorpiones que hieren con la cola. Las serpientes que atacan abiertamente y los escorpiones que acechan a escondidas, significan ya a los hombres, ya a los demonios. O las serpientes representan a los que se oponen a las virtudes nacientes con el veneno de su persecución, y los escorpiones a los que intentan viciar al fin las virtudes ya consumadas.
 

Teofilato

O serpientes son los que dañan visiblemente, como el demonio de la fornicación y del homicidio; mas los que dañan invisiblemente, como sucede con los vicios espirituales, se llaman escorpiones.
 

San Gregorio Niceno ex homilis in Cant

La voluptuosidad se llama serpiente en la Escritura, porque tal es la naturaleza de la serpiente que si su cabeza llega a la rendija de un muro, atrae a sí todo el resto del cuerpo. Así la naturaleza concedió al hombre el domicilio necesario, pero la voluptuosidad, tocando el alma por esta necesidad, la atrae a cierto lujo inmoderado. Esto trae la subsiguiente avaricia, a la que sigue la impureza, esto es, el último miembro y cola de la bestialidad. Mas así como no se retrae a la serpiente por la cola, así no se debe empezar por las últimas para arrancar las pasiones, sino cerrar la primera entrada a la malicia.
 

San Atanasio, in serm de Passione et Cruce

Los niños triunfan ahora, por la virtud de Cristo, de la sensualidad que en otro tiempo seducía a los ancianos; y perseveran vírgenes hollando con los pies las falacias de la serpiente sensual. Y aun algunos, hollando el tormento, esto es, la muerte del escorpión (o sea del diablo), no temieron el suplicio; hechos mártires de Cristo, la mayor parte despreciaron las cosas de la tierra y habitan en el cielo sin temor al príncipe del aire.
 

Tito Bostrense

Mas como la alegría con que los veía satisfechos sabía a vanidad, pues se alegraban de haber sido elevados hasta hacerse temibles a los demonios y a los hombres, añade el Señor: «Mas en esto no gocéis, porque los espíritus os están sujetos», etc.
 

Beda

Se les prohibe, siendo carnales, alegrarse porque sujetan a los demonios. Porque arrojar los espíritus, así como obrar otros prodigios, no siempre procede del mérito del que obra, sino que la invocación del nombre de Cristo hace esto para condenación de aquellos que lo invocan o para la utilidad de aquellos que ven y oyen.
 

San Cirilo

Pero Señor, ¿por qué no dejas que se alegren en los honores que concedes, cuando está escrito: «En tu nombre se alegrarán todo el día?» ( Sal 88,17). Es que el Señor quiere elevarlos a un gozo mayor; por lo que dice: «Mas gozaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos».
 

Beda

Como diciendo: No os conviene alegraros de la humillación de los demonios, sino de vuestra exaltación. Debe entenderse, pues, que si alguno ejecuta buenas obras, ya sean terrenas, ya celestiales, queda anotado como con caracteres y fijo en la memoria de Dios eternamente.
 

Teofilato

Los nombres de los santos escritos están en el libro de la vida, no con tinta sino en la memoria y en la gracia de Dios. El diablo cae de lo alto, pero los hombres, viviendo abajo, son inscritos arriba en el cielo.
 

San Basilio, in Isaías cap. 4

Algunos hay también que se inscriben, no en el libro de la vida, sino según Jeremías ( Jer 17,13), en la tierra, para que, según esto, se entienda que hay una doble inscripción: de éstos para la vida, mas de aquéllos para la perdición. En cuanto a lo que se dice: «Bórrense del libro de la vida» ( Sal 68,29), entiéndese de aquéllos que eran considerados como dignos de ser inscritos en el libro del Señor y de quienes dice la Escritura que son borrados cuando caen de la virtud en el pecado; por el contrario son inscritos cuando se convierten del pecado a la virtud.
 

Notas

  1. satanaV, satanas, significa enemigo, adversario.

 

 

Teofilato

Así como un buen padre se alegra de ver bien dirigidos los hijos, así se regocija Cristo porque los apóstoles se han hecho dignos de tantos bienes. Por lo que sigue: «En aquella misma hora», etc.
 

San Cirilo

Vio la adquisición de muchos (o la sumisión de muchos a la fe) por la operación del Espíritu que había dado a los santos apóstoles. Por eso dice que se alegró en el Espíritu Santo; esto es, en los efectos que provienen del Espíritu Santo. Como amante de los hombres, consideraba como motivo de alegría la conversión de los pecadores, y de ella da gracias; por lo que sigue: «Confieso delante de ti, Padre».
 

Beda

La confesión no siempre significa penitencia, sino también acción de gracias, como leemos muchas veces en los Salmos.
 

San Cirilo

He aquí -dicen aquellos cuyos corazones están pervertidos o que tienen instinto perverso- que el Hijo da gracias al Padre como menor. ¿Pero qué impide que el Hijo, siendo consustancial al Padre, alabe a su Progenitor, que ha salvado al mundo por su mediación? Y si crees, porque le da gracias, que el Hijo es menor, observa que le llama su Padre y Señor del cielo y de la tierra.
 

Tito Bostrense

Todo lo demás fue creado de la nada por Cristo; pero sólo El es engendrado incomprensiblemente por el Padre, quien es Padre de solo el Unigénito como verdadero Hijo, por lo que sólo al Padre dice: «Confieso a ti, Señor Padre», esto es, te glorifico. Y no te admire que el Hijo glorifique al Padre, como las cosas que fueron hechas y los ángeles son gloria del Creador; mas como estas cosas son muy pequeñas respecto de la grandeza de El, sólo el Hijo (porque como Dios es igual al Padre) glorifica perfectamente al Padre.
 

San Atanasio

Además vemos al Salvador manifestarse muchas veces como hombre, porque la divinidad unió a sí la humanidad; no desconozcas, sin embargo, a Dios por el régimen del cuerpo. Mas ¿qué responden los que quieren que haya subsistencia del mal, formándose un Dios diferente del verdadero Padre de Cristo? Dicen que es ingénito, creador del mal, príncipe de la injusticia y fabricador de la máquina del mundo. Pero dice el Señor, aprobando la palabra de Moisés: «Confieso a ti, Padre, Señor del cielo y de la tierra».
 

San Epifanio

El Evangelio que escribió Marción, decía: «Te repito las gracias, Señor del cielo», callando lo que se dice: «y de la tierra», y lo que sigue: «Padre», para que no se entienda que Cristo llama Padre al Creador del cielo y de la tierra.
 

San Ambrosio

Finalmente, descubre el celestial misterio, por el cual plugo a Dios revelar su gracia a los pequeños, más bien que a los prudentes de este mundo. Por lo que sigue: «Porque escondiste estas cosas a los sabios y entendidos».
 

Teofilato

Puede referirse esto de los sabios a los fariseos y a los escribas que eran los intérpretes de la ley; y lo de los prudentes, a aquellos que eran instruidos por los escribas. Así sabio se llama al que enseña y prudente al que aprende. El Señor llama párvulos a sus discípulos, porque los eligió, no de entre los doctores de la ley, sino de entre la plebe y los pescadores; los cuales se llaman párvulos, porque no son malévolos.
 

San Ambrosio

O por párvulos debemos entender aquí el que no sabe ensalzarse, ni aparentar la habilidad de su prudencia con palabras rebuscadas, como hacen la mayor parte de los fariseos.
 

Beda

Da, pues, gracias de haber revelado los misterios de su advenimiento a los apóstoles, como párvulos, mientras que los escribas y fariseos, que se creían sabios y se miraban como prudentes, los ignoraron.
 

Teofilato

Quedan ocultos los misterios para aquellos que se creen sabios y no lo son; porque, si lo fuesen, también se les descubrirían.
 

Beda

A los sabios y a los prudentes no les opuso ignorantes e imbéciles, sino párvulos (esto es, humildes), para demostrar que condenaba la vanidad, no la penetración.
 

Orígenes

El sentimiento de lo que falta se hace preparación de la perfección que sobreviene. Pues todo el que no conoce que carece del verdadero bien y se satisface con apariencias, se priva del bien verdadero.
 

Crisóstomo in Mat. hom. 39

No se alegra y da gracias porque ocultaba los misterios a los escribas y fariseos (esto en verdad no era motivo de alegría, sino de tristeza); sino que da gracias porque los pequeños conocieron lo que los sabios habían ignorado. Por esto da gracias al Padre, con quien hace El esto a la vez, demostrando la excesiva caridad con que nos amó. Manifiesta también a continuación que la causa de esto es su voluntad y la del Padre, quien hacía todo esto por voluntad propia. Prosigue: «Así es, Padre, porque así ha sido de tu agrado».
 

San Gregorio in Moral. 25. cap. 13

En estas palabras nos da ejemplo admirable de humildad, para que no presumamos censurar temerariamente los eternos decretos acerca de la vocación de unos y de la repulsión de otros, pues no puede considerarse como injusto lo que agrada al justo. Así, pues, en todas las cosas que se ejecutan exteriormente, la causa de la razón manifiesta es la justicia de la voluntad oculta.
 

Crisóstomo, hom. 39, in Matth

Después de haber dicho: «Yo te doy gracias, porque revelaste estas cosas a los pequeñuelos», para que no se creyese que Cristo, privado de esta virtud, no podría hacer esto, añadió: «Todas las cosas me son entregadas por mi Padre».
 

San Atanasio

No entendiendo bien esto los sectarios de Arrio, deliran contra el Señor, diciendo: Si se le han dado todas las cosas (esto es, el dominio de las criaturas), hubo un tiempo en que no las tenía, y así no es consustancial al Padre. Porque, si lo fuese, no hubiera necesitado recibir; pero de esto resultaría más patente su demencia. En efecto, si antes de recibirlas no tenía criaturas el Verbo, ¿cómo se salvará aquella sentencia: «Todas las cosas subsisten en El» ( Col 1,17). Además, si le fueron dadas todas las criaturas al mismo tiempo que fueron creadas, no había necesidad de dárselas, porque «por El fueron hechas todas» ( Jn 7). No se trata aquí, como ellos piensan, del dominio de las criaturas, sino más bien de la obra de la encarnación, porque, después que el hombre pecó, se trastornaron todas las cosas, y el Verbo se hizo carne para restaurarlas todas. Luego le fueron dadas todas las cosas, no porque careciese de poder, sino para que, como Salvador, las enmiende todas; para que así como por el Verbo todo fue creado en el principio, así el Verbo, hecho carne, lo restaure todo en El.
 

Beda

O dice que le han sido entregadas todas las cosas, es decir, no los elementos del mundo, sino aquellos párvulos a quienes el Padre reveló por el Espíritu los misterios del Hijo y de la salvación, de los cuales se regocijó al hablar aquí.
 

San Ambrosio

O cuando lees: «Todas las cosas», lo reconoces omnipotente, no menor al Padre; y cuando lees «dadas», confiesas al Hijo, a quien pertenecen todas las cosas por derecho de su naturaleza consustancial, no por donación o gracia.
 

San Cirilo, in Thesauro

Después de haber dicho que el Padre le había dado todas las cosas, se eleva a su propia gloria y excelencia, demostrando que el Padre no lo supera en nada; por lo que añade: «Y ninguno conoce quién es el Hijo sino el Padre», etc. La capacidad de la criatura no puede comprender el modo de la sustancia divina, que supera a toda inteligencia, ni su hermosura, que está sobre toda concepción; pero la naturaleza divina conoce en sí misma lo que es. Y así el Padre, por lo que es, conoce al Hijo; y el Hijo, por lo que es, conoce al Padre, sin que intervenga diferencia alguna en cuanto a la naturaleza de la divinidad. Nosotros creemos que es Dios; mas lo que es en su naturaleza es incomprensible. Si, pues, el Hijo es creado, ¿cómo El sólo conocería al Padre?; o ¿cómo sólo lo conocería el Padre? Porque conocer la naturaleza divina es imposible a toda criatura; pero conocer la naturaleza de las cosas creadas, (cómo son) no excede los límites de la sana inteligencia, aun cuando supere a la nuestra.
 

San Atanasio

Habiendo dicho esto el Señor, ya no cabe duda alguna que los arrianos se le oponen cuando dicen que el Hijo no ve al Padre. Pero se demuestra la demencia de ellos cuando dicen que el Verbo no se conoce a sí mismo, siendo así que da conocimiento a todos de quién es El y quién es el Padre. Prosigue, pues: «Y aquel a quien lo quisiere revelar el Hijo».
 

Tito Bostrense

Revelación es la comunicación de una noticia, según la proporción de la naturaleza y virtudes de cada uno. Donde la naturaleza es semejante, allí hay conocimiento sin enseñanza; pero aquí abajo la enseñanza es por revelación.
 

Orígenes

Como Verbo quiere revelar, no sin razón y con justicia, que conoce dignamente el tiempo de revelar y la medida de la revelación. Revela, removiendo el velo puesto al corazón (2Cor 3) y las tinieblas que lo ocultan ( Sal 17). Mas como los disidentes piensan establecer de esto su dogma impío, a saber, que el Padre de Jesús era desconocido a los santos antiguos, debe decírseles que estas palabras: «Y aquel a quien lo quisiere revelar el Hijo», no sólo se refieren al tiempo posterior a aquél en que el Salvador dijo esto, sino también al tiempo pasado. Y si no quieren admitir el pretérito del verbo revelar, debe decírseles que conocer no es lo mismo que creer; a unos se les da por el Espíritu la ciencia, a otros la fe en el mismo Espíritu ( 1Cor 12,8-9). Eran, pues, primero creyentes, no conocedores.
 

San Ambrosio

Para que sepas que así como el Hijo revela al Padre a quienes quiere, también el Padre revela el Hijo a quienes le place. Oye al Señor que dice: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Juan, porque la carne y la sangre no te ha revelado eso, sino mi Padre que está en los cielos ( Mt 16,17)».

 

 

Teofilato

Como antes había dicho: «Nadie conoce lo que es el Padre, sino sólo el Hijo, y aquél a quien el Hijo quiere revelarlo», llama ahora bienaventurados a sus discípulos, a quienes el Padre se da a conocer por su mediación. Por lo que dice: «Y volviéndose a sus discípulos, dijo: Bienaventurados los ojos», etc.
 

San Cirilo

Se vuelve hacia ellos, porque rechazando a los judíos, sordos, que llevaban la ceguera en la inteligencia y no querían ver, se daba todo entero a los que le amaban. Y llama bienaventurados los ojos que ven lo que ellos veían antes que otros. Debe advertirse que ver no representa exclusivamente la acción de los ojos, sino también la recreación de la inteligencia en los beneficios recibidos; como cuando decimos: Este ha visto los buenos tiempos, esto es, se ha alegrado en los bienes de esta vida, según las palabras ( Sal 127,5): «Veas los bienes de Jerusalén». Muchos de los judíos vieron al Señor (con los ojos del cuerpo) hacer milagros y, sin embargo, no a todos convino la beatificación porque no todos creyeron ni vieron su gloria con los ojos del alma. Son, pues, beatificados nuestros ojos en que vemos, por medio de la fe, al divino Verbo hecho hombre por nosotros, imprimiéndonos la hermosura de su divinidad, para hacernos conformes a El por medio de la santificación y de la justicia.
 

Teofilato

Beatifica simplemente a todos los que ven con los ojos de la fe, porque los antiguos profetas y los reyes desearon ver y oír a Dios. Por lo que sigue: «Porque muchos Profetas y Reyes», etc.
 

Beda, cap. 43 in fine

San Mateo llama más claramente a los profetas, reyes justos ( Mt 13). Son, en efecto, grandes reyes, porque no cedieron a los movimientos de las pasiones, sino que reinaron sobre ellas.
 

Crisóstomo, ex homiliis in Joanes

De aquí deducen algunos que los profetas no tuvieron noticia de Cristo. Pero sí desearon ver lo que los apóstoles vieron; conocieron que vendría a los hombres y les dispensaría las gracias que les dispensó. Ninguno desea lo que no conoce; luego habían conocido al Hijo de Dios. Por lo que no dice simplemente: «Quisieron verme», sino «lo que vosotros veis»; ni «oírme», sino «lo que vosotros oís». Lo habían visto, en efecto, aunque no ya encarnado, ni tratando con los hombres, ni hablándoles con tanta majestad.
 

Beda

Ellos, viéndolo a lo lejos, lo vieron en espejo y en enigma; los apóstoles, teniendo presente al Señor y aprendiendo de El cuanto querían, no necesitaban ser instruidos por los ángeles ni por revelaciones de otras especies.
 

Orígenes

Y ¿por qué dice que muchos profetas, y no todos, desearon? Porque se dice de Abraham ( Jn 8) que vio el día de Cristo, y se alegró. Esta visión no todos tuvieron, sino pocos. Los otros profetas y justos no fueron tan grandes que alcanzasen la visión de Abraham y la ciencia de los apóstoles; dice que éstos no vieron, sino que desearon.

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